Sunday, May 17, 2026

JUEGOS INFANTILES DE POSGUERRA

 


El 26 de diciembre de 2008 anunciamos con esta entrada un artículo que luego publicaríamos en el nº 13 de CUADERNO PORTUGALUJOS con recuerdos de la posguerra: El ingenio y el riesgo en los juegos infantiles. 

Evocar la infancia en los años de la guerra y la posguerra es navegar entre recuerdos de hambre, racionamiento y frío. Sin embargo, como bien relata nuestro recordado amigo Marcos Merino Martínez, la necesidad agudizaba el ingenio. A falta de juguetes comerciales, la calle del Ojillo (su calle) se convertía en un escenario de creatividad pura donde el "pasarlo bien" era un acto de resistencia.
   Juguetes nacidos de la nada.
   En aquellos veranos interminables, la escasez de dinero obligaba a inventar. Los juegos más comunes se construían con lo que se tenía a mano:
   Las chapas y el champlón: utilizando tapones de botellas o madera.
   La goitibera: fabricada artesanalmente con tres pequeños rodamientos.

   Pelotas de papel o lana: cosidas o amarradas con cordel para jugar en los pórticos de las iglesias.
   Habilidades naturales: desde aprender a nadar en el Muelle Viejo usando vejigas de res como flotadores, hasta fabricar cerbatanas con cañas y agujas.
   La picaresca y las "venganzas" infantiles.
   El relato nos traslada también a las travesuras en los portales durante el invierno. Era común el uso de hilos amarrados a las aldabas de las puertas para gastar bromas a los vecinos, o el uso de botes de hojalata estratégicamente colocados para recibir a los inquilinos con sorpresas poco agradables.
   El peligro a la vuelta de la esquina.
Lamentablemente, la posguerra también dejó una huella trágica. El acceso a materiales peligrosos, como restos de pólvora, proyectiles abandonados o incluso explosivos reales confundidos con juguetes, transformó en ocasiones la diversión en tragedia. Marcos recuerda con tristeza accidentes mortales provocados por armas artesanales o granadas olvidadas que marcaron para siempre a las familias de la calle.

Estos recuerdos, que hoy parecen lejanos, forman parte de nuestra memoria colectiva. Son el testimonio de una generación que aprendió a jugar entre las grietas de una época difícil, donde la frontera entre la diversión y el peligro era, a menudo, demasiado delgada.

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