Entre agosto de 1808 y
mediados de 1813, Portugalete sufrió la ocupación de las tropas francesas
durante la Guerra de la Independencia.
Un Ayuntamiento a la fuga y treinta y
cinco vecinos valientes.
La tensión estalló la
tarde del 17 de agosto de 1808.
Apenas 35 vecinos tuvieron que dar la cara y,
bajo evidente coacción, se vieron obligados a nombrar un gobierno municipal
improvisado. El cargo de alcalde y juez ordinario
recayó en José de Sarria, quien tuvo la ingrata y peligrosa tarea de hacer de
intermediario entre las exigencias de un enemigo que, de forma permanente,
mantenía un destacamento fijo de entre 55 y 60 soldados acantonados en la Villa.
El ir y venir de tropas: cuando hubo
más franceses que portugalujos.
El verdadero drama no era solo la guarnición
fija, sino el incesante trasiego de tropas transeúntes. Los documentos revelan cifras asombrosas: solo en el mes de
junio de 1810, el Ayuntamiento tuvo que registrar un gasto de 116 reales para
pagar las camas de 3.297 plazas de infantería alojadas en tránsito.
Para poder comunicarse
con semejante marea humana, el Ayuntamiento tuvo que contratar intérpretes
oficiales, como Ignacio de Arana o José de Amesti, cuyos salarios supusieron un
costoso e imprevisto mordisco a las arcas públicas.
El negocio de la guerra y los
caprichos del invasor.
Como bien nos
recuerdan las guerras sacan lo peor de la sociedad, y también son el escenario
donde algunos encuentran su fortuna. Mientras la mayoría padecía miseria, la
ocupación francesa fue el trampolín económico de la familia Castet. Juan
Bernardo Castet y su hijo Juan Claudio se convirtieron en los mayores
proveedores de pan, carneros, leña y suministros médicos para las fuerzas
francesas, amasando un importante patrimonio.
Paralelamente, la Villa tenía que costear las
exigencias de la oficialidad. Los libros de cuentas
detallan el gasto en botellas de vino de Málaga destinadas al comandante de
turno (entre ellos un oficial polaco de apellido indescifrable, Horowitzeky),
Detrás de las grandes
fechas de los libros nuestra verdadera historia la escribieron quienes tuvieron
que buscar comida en una Villa colapsada por miles de soldados, los que
mediaron para evitar fusilamientos y quienes, a pesar de todo, lograron que la
Villa sobreviviera a la bota napoleónica.

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