Al comenzar el siglo XX el barrio de Abaro se extendía entre el escarpe de la cornisa sobre el mar y el Casco Viejo. Su privilegiada situación como mirador sobre la entrada de la ría, hizo que la burguesía fuera construyendo sus casas, distribuyéndose a cada lado de la carretera nueva a Santurce por donde circulaba el tranvía. La primera se levantó en 1853 y fue la de Lexarza, con un amplio y frondoso jardín junto a su hermoso palacete.
El
parque que ahora disfrutamos se asienta en lo que fueron aquellos jardines y
lleva el nombre de uno de los portugalujos más universales. Al igual que el
propio espacio físico, los árboles que hoy encontramos son fruto de esa
evolución histórica, un legado que debemos proteger. En el parque tenemos gran
variedad de árboles, algunos centenarios. Entre ellos destacan los plátanos de
sombra.
El plátano
de sombra (Platanus hybrida) es un árbol
de crecimiento rápido, que puede llegar a ser muy longevo. Algunos ejemplares
lucen majestuosos. Cuenta Herodoto que marchaba el rey persa Jerjes I con un
ejército de 100.000 hombres para luchar contra los griegos y vengar la derrota
de Maratón, cuando al llegar a la región de Lidia (en la actual Turquía)
encontró un ejemplar gigantesco de plátano. Quedó deslumbrado por la belleza y
magnitud del árbol, por lo que ordenó a su ejército detenerse y acampar. Al día
siguiente, hizo rodear su tronco con una cadena de oro y protegerlo con una
guardia. Este episodio inspiró “Ombra mai fu”, el aria de apertura de la ópera
Jerjes, de Georg Friedrich Händel, en la que el rey persa canta a ese
fantástico plátano.
También
en el parque Ellacuria podemos admirar estos árboles centenarios, y oír su
música, mecidos por el viento.
Joseba Martínez Huerta.


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