Revisar los archivos parroquiales siempre nos depara sorpresas sobre la vida cotidiana, las costumbres y las estructuras sociales de épocas pasadas. Hoy compartimos una interesante recopilación fruto de las muchas horas que Pedro Heredia dedicó a revisar el valioso Archivo de la Iglesia de Santa María de Portugalete (custodiado actualmente en el Archivo Diocesano de Derio), analizando las partidas de nacimiento extendidas entre los siglos XVI y XX.
Dentro de las minuciosas estadísticas que confeccionó, Heredia prestó atención
a un apartado tan humano como complejo: el de los hijos de "padres
incógnitos" y los llamados "hijos naturales", es decir, aquellos
bautizados en cuyos registros no figuraba el nombre del progenitor o nacían de
padres no casados
En el siglo XVI, la única anotación de esta índole que se conserva se
redactó el 2 de noviembre de 1596. En ella, el cura Alonso Cordero de Loredo
hacía constar el bautizo de un niño llamado Juan, definiéndolo literalmente
como "hijo de fulano y de Mari San Pedro, mujer libre vecina de
esta villa" Como bien apuntaba Heredia en sus notas, si el milagro de
nacer encierra ya un misterio, no lo era menos el verse inscrito legalmente
como el hijo de un desconocido "fulano".
Avanzando en el tiempo, en 1624, encontramos el registro de Antonio, un
esclavo perteneciente al General Martín de Vallecilla. Al carecer de filiación
paterna, se le asignó el apellido "Moreno" haciendo alusión directa a
su color de piel. Curiosamente, la documentación demuestra que la inmensa
mayoría de estos niños eran apadrinados por personalidades distinguidas de la
sociedad jarrillera de la época.
La fórmula para rellenar estas partidas también sufrió curiosas variaciones
morales. Durante una época, se permitía a las madres cierto desahogo
interpretativo: el párroco, por cumplir con el expediente, preguntaba la
identidad del padre, y la mujer solía responder señalando a algún vecino
relevante o de alta alcurnia, quedando anotado por escrito expresiones como
"quien dijo ser su padre el capitán...".
Esta total transparencia no debió de ser del agrado de los caballeros de la
Villa -especialmente de aquellos que ya estaban casados-, por lo que la fórmula
no tardó en desaparecer. En su lugar, se impuso una solución mucho más ambigua
y discreta, anotando que la madre señalaba como progenitor a una "persona
privilegiada". Bajo este hábil eufemismo, el verdadero nombre del padre
quedaba sepultado para siempre en el anonimato como bajo una losa sepulcral.

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