miércoles, 7 de noviembre de 2018

HISTORIA DEL COLEGIO-ACADEMIA SAN ANTONIO (1)




Antonio Puente Pablos nació el 27 de Septiembre de 1921 en el pequeño pueblo de Cegoñal (León) y tras pasar una época de su vida en un convento, recaló en Portugalete con su título de Maestro de Primera Enseñanza, residiendo en el barrio de Pando nº 19 en casa de unos tíos. Antes de lanzarse a la aventura de abrir la academia en el Ojillo, se ganó la vida dando clases particulares en el Bar Allende de la calle del Medio.

A la edad de 28 años, el 15 de Septiembre de 1950 se lanza a la difícil empresa de montar un Colegio-Academia. Digo difícil, porque la Junta Municipal de Primera Enseñanza, formada por los directores de los colegios existentes (Zubeldia, Santa María, Agustinos, el Carmen, etc.) no estaba por la labor de compartir el pastel y puso sus pegas al local y a la necesidad de su apertura al estimar cubiertas las necesidades de la Villa en cuanto a centros de enseñanza.

El local donde instalaría la academia era una lonja de unos 80 m2 sita en los bajos de la casa nº 12 del Ojillo, propiedad de Alejandro López, vecino de la misma casa. El 15-9-50 solicita la instalación y tras el informe favorable del arquitecto municipal J. I. Gorostiza comienzan los trámites de Arquitectura, Sanidad, Instrucción Pública sorteando el informe previo negativo  de la Junta Municipal de Enseñanza.

La lonja necesitó labores de revoco y blanqueado, así como la construcción de un único lavabo-retrete de 2 x 1,5 m. Contaba además de la mampara-puerta acristalada al Ojillo, con dos ventanas al patio trasero lindante con las monjas y otras tres al patio interior. La lonja medía unos 14 x 5 m. más un rincón de unos 3 x 7 m. Colocó sobre la mampara de entrada un rótulo con la leyenda: “COLEGIO-ACADEMIA SAN ANTONIO”.

La autorización municipal fue concedida el 11-12-50, pero indicando que se debería dirigir para autorizar su funcionamiento a la Autoridad Universitaria. Pasó el trámite y es de suponer que las clases comenzasen en el curso 1951-52.

En los años iniciales solo había un aula quedando todo bajo el mando único de D. Antonio. Años después, una mampara acristalada dividía la lonja en dos aulas y sobre ella había colocado, creo, un Sagrado Corazón. La más cercana al Ojillo era la de los txikis y la trasera de los mayores. Unas pizarras gigantes de las que colgaban una regla, compás, escuadra y cartabón, todos de madera, ocupaban toda la pared. Txundo Arostegi nos inició en su manejo para el dibujo lineal. En la parte inferior, la repisa para las tizas y borradores que periódicamente había que sacudir en el exterior a base de golpes contra la pared con el consiguiente blanqueo del encargado ocasional de su limpieza. Por supuesto, el crucifijo presidía las clases y en otra pared colgaba algún mapa con los ríos, mares, países, capitales, etc. Unas largas mesas con sus tinteros individuales de cerámica blanca y bancos corridos era todo el mobiliario. Al fondo, en un rincón, la mesa del profesor y unas baldas en las que se apilaban ordenados boletines de notas, forros azules para los boletines y libros, etiquetas de papel que se pegaban previa chupada, cuadernos, botellas de tinta, lapiceros, gomas, plumas, puntos, etc. que facilitaba a sus alumnos a precios reducidos que se añadían al recibo mensual. 

La academia que llevaba en un principio solo D. Antonio, a los dos años más o menos, vio aumentada la plantilla con una profesora llamada Dª Olga Peñalva Raiva. Pronto nació el amor entre ambos y a los dos años se casaron.

El alumnado era variopinto. Chavales de la zona proveniente de las Escuelas de Zubeldia y otros, “rebotados” de otros colegios a los que sus padres dejaban en manos de D. Antonio para “enderezar”. La disciplina era severa y pobre del que no hacía los deberes o hacía pira. En los años cincuenta, D. Antonio daba unos vales de cartulina de diferentes colores y puntos según la calidad de los deberes entregados, que servían de salvación para evitar castigos. Todos los sábados por la tarde eran día de notas tras el rezo del Rosario y los suspensos e infractores eran severamente castigados a tortazos mientras estaban de rodillas en el suelo con las manos en la espalda. Me cuentan que una vez al ir a pegar a un “condenado” se le escapó el reloj de la muñeca yendo a estrellarse contra la pizarra. El castigo fue con “intereses”. ¡Todavía me resuenan los sopapos a “Mogoyo” al pasar frente a la lonja!. Otro castigo típico era copiar 100 o 500 veces un recordatorio de algo incorrecto.

Hoy en día, al ver la fotografía superior que nos ha facilitado Juan Ángel Barquín, correspondiente al curso 1958-59, uno se pregunta cómo era posible que entrásemos todos en aquella lonja (he contado 171 alumnos con D. Antonio y Olga o Pili Ruiz a la derecha). La fotografía está sacada con la casa nº 5 de la calle Gipuzkoa de fondo, cuyos bajos hoy ocupa Saneamientos Amezcua.

JOSE LUIS GARAIZABAL FLAÑO


1 comentario:

  1. Nuestra antigua profesora Dª Mª Pilar Ruiz quiere hacer constar que Don Antonio, a pesar de los métodos al uso en aquellos tiempos por muchos profesores y, a veces, por algunos padres, quería y se interesaba por los alumnos y por sus familias.
    JOSE LUIS GARAIZABAL

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