Coincidiendo con el
aniversario de la proclamación de la II Republica el Ayuntamiento de Ortuella,
organizó un solemne pleno de homenaje a su primera corporación republicana del
año 1931, al que fuimos invitados los descendientes de cada uno de aquellos
corporativos que la compusieron. Tuve el honor de recoger el reconocimiento que
se hacía a mi abuelo, Pedro Núñez Rios y de proclamar mi orgullo por su
actividad política totalmente altruista que le costó el pasar por las cárceles
y morir por sus ideas, algo que su hija, mi madre, nunca pudo hacer porque para
las autoridades de entonces los “rojos” eran delincuentes.
Días después en un
viaje a Mallorca a visitar a mis sobrinos, estos me han obsequiado con un
ejemplar de las memorias de su padre Félix Arce de Las Heras (1927-2011), un
portugalujo de la Ranche, que fue uno de aquellos niños de la guerra que partió
en el Habana y que posteriormente conoció las cárceles franquistas acabando
exiliado en Francia donde murió.
Me he comprometido a
darlas a conocer pues son una verdadera muestra de Memoria Histórica, y como
ayer paseando hasta Santurtzi pasé por la escultura dedicada a aquellos niños, aprovecho
para recordar lo que nos dice en ellas sobre aquel pasaje:
Es un relato testimonial que nos traslada a mayo de 1937, en que tras el
bombardeo de Gernika, el pánico se apodera del País obligando a cientos de
familias a tomar la decisión más difícil de separar a sus hijos de su lado para
salvarles la vida.
A través de los ojos de mi cuñado, revivimos el viaje de los llamados
"niños de la guerra". Junto a su hermano Pedro, fue llevado a Bilbao
y desde allí en tren a Santurtzi a embarcar en el trasatlántico Habana que les
transportaría hacia la incertidumbre del exilio.
Relata la despedida, en el caos en el Ayuntamiento de Bilbao, y la tristeza
en los andenes de la estación, marcada por la ausencia de padres que, como el suyo,
no pudieron abandonar sus puestos de trabajo para decir adiós.
El viaje, con una travesía de 24 horas escoltados por buques
internacionales, donde el hacinamiento y el mareo generalizado contrastaban con
la escasez de víveres, reducidos apenas a pan seco.
La llegada a Francia, desembarcando en La Pallice (La Rochelle) que supuso
el primer encuentro con la soledad y el sentimiento de abandono, mitigados
apenas por la primera comida caliente en suelo francés.
Y el destino final, tras un paso por París, distribuidos desde la antigua
fábrica Valdor.
El capítulo culmina con un momento agridulce, como fue la separación de los
hermanos, pero el inicio de una nueva etapa en hogares de acogida.
Este relato no solo es una crónica histórica, sino un recordatorio humano
sobre el impacto de los conflictos en la infancia y la resiliencia de quienes,
siendo apenas unos niños, tuvieron que enfrentarse a un mundo desconocido.













