En una entrada anterior analizamos La mujer en la historia de Portugalete, y días pasados, igualmente con motivo del Día de la Mujer, dejamos constancia de cómo nuestro mapa las ignora en su historia, por lo que hoy quiero profundizar en la evolución de la rotulación de nuestras calles. El urbanismo no es azar; es el heredero de un pasado socioeconómico y cultural que ha decidido, nombre a nombre, qué debemos recordar y qué estamos obligados a olvidar.
En sus primeros siglos en la Villa encontramos cuatro calles, Barrera,
Coscojales, Santa María y del Medio y con el tiempo, se sumaron los cantones y
zonas como El Solar o El Cristo. Sin embargo, no fue hasta 1861 cuando
nació el primer callejero oficial.
Aquel registro inaugural ya marcaba una tendencia con la exaltación militar
del General Castaños, bajo la premisa de perpetuar "hechos
históricos" o "hijos distinguidos". Tras esta primera
designación, hubo que esperar casi dos décadas para que, en 1878, apareciera
María Díaz de Haro, nuestra fundadora.
La llegada del siglo XX convirtió nuestras placas en un tablero de ajedrez
político:
La transformación burguesa: La calle del Medio pasó a ser Víctor Chávarri, la de la Barrera, que se había
ampliado formando la calle Nueva, Casilda Iturrizar o el Muelle
Viejo, Manuel Calvo.
La inestabilidad: Durante la República y la posterior Guerra
Civil, los cambios fueron constantes. Cada corporación borraba el rastro del
anterior para imponer sus propios referentes ideológicos y religiosos.
El "boom" tras los 50: Con el crecimiento de la Villa, la elección de
nombres quedó en manos de la discrecionalidad de alcaldes y comisiones. Se recurrió
a nombres de la Monografía de Ciriquiain (marinos, militares…) y se
importaron figuras nacionales como Pizarro,
Cortés, Colón, los Reyes Católicos, Cervantes, Lope de Vega o Goya y lugares
que recuerdan gestas nacionales como Bailen o Lepanto.
Todo ellos junto a una fuerte carga de santoral afín al régimen, pues si
teníamos al Santo
Patrono San Roque (ya en 1609 encontramos el nombre en su lugar actual) o el
San Nicolas de los mareantes, se añaden Santiago, San Pedro, San José, San
Ignacio o San Valentin.
Incluso hubo espacio para el clientelismo: el alcalde Esparza llegó a
dedicar calles a amigos vivos, como el empresario Luis Galdós, procurador en Cortes como él, o al
párroco Chopitea (que moriría todavía dos décadas después) a quien le concedió además
la medalla de plata de la Villa.
Con la llegada de la democracia, en 1979, se intentó profesionalizar la
gestión con una comisión municipal para evitar el partidismo y recuperar
nombres primitivos. Aun así, la historia de nuestras calles guarda curiosidades
irónicas, como la inclusión en 1997
creyendo que era portugalujo, de Esteban Hernandorena, por su apoyo a la causa judía que
le habían dado también una calle en Haifa (Israel), o a Juan de la Cosa, el
cartógrafo que podía ser vizcaíno de Portugalete, aunque luego se demostrara
que era de Santoña.
Tras este 8 de marzo, lanzo un reto directo: la presencia femenina en
nuestro consistorio es hoy una realidad. Es el momento de que, por encima de
siglas y comisiones, consigan un acuerdo entre ellas para dar un golpe de
autoridad en el callejero.
Necesitamos nombres de mujeres portugalujas que nos devuelvan nuestra
historia completa, y si para ello hay que sustituir nombres actuales, que así
sea.
Sin embargo, reconozco mi escepticismo. La resistencia al cambio es enorme.
Tenemos el ejemplo del catálogo del Gobierno Vasco sobre símbolos de la Guerra
Civil y la Dictadura: en Portugalete, nombres como Carlos VII, La Paz o Vázquez
de Mella siguen en sus puestos, ignorando las recomendaciones de memoria
histórica.
Para profundizar en quiénes son los que nos vigilan desde las esquinas de
la Villa, os recomiendo dos lecturas imprescindibles: el Diccionario
Histórico de las calles de Portugalete y el Diccionario Biográfico Portugalujo.








