Aunque el tema ya lo hemos recogido en otra entrada hoy ofrecemos este recorte de prensa que se nos envía que corresponde a La Gaceta del Norte del 15 de agosto de 1962, recogiendo un articulo del entonces archivero Municipal de Bilbao Manuel Basas.
Nos recuerda que aunque nuestra historia esta forjada
por marinos y comerciantes, pocos relatos capturan la nobleza humana de sus
dirigentes como el ocurrido el 4 de agosto de 1862. En aquella fecha, lo que
comenzó como un tranquilo paseo de verano se transformó en una gesta de valor
que hoy, más de un siglo después.
El suceso tuvo lugar en «La Peñota», y
para contextualizar visualmente este relato, contamos con las litografías de Pedro
Pérez de Castro (1823-1902), un destacado pintor y militar español cuya
obra es fundamental para entender el paisaje urbano y natural del siglo XIX.
Pérez de Castro destacó por su precisión en la captación de ambientes costeros
y arquitectónicos, dejando un legado iconográfico imprescindible de la costa
vasca. Sus grabados de La Peñota y la torre del piloto no solo poseen un
alto valor artístico por su manejo de la luz y la atmósfera romántica, sino que
sirven como un documento histórico fiel del entorno geográfico
Basas nos relata un rescate contra la corriente. Aquel
lunes de agosto, tres figuras destacadas de la Villa paseaban por el muelle:
don José de Landecho, don Luciano de Urizar y el entonces alcalde de Bilbao, don
Mariano de Larrínaga. Al advertir los gritos de auxilio de dos jóvenes que
eran arrastradas por el mar, Larrínaga no vaciló.
A pesar de vestir de etiqueta (levita y bombín) y de padecer una dolencia
física que le aquejaba, el alcalde se despojó de sus prendas exteriores y se
lanzó al agua. Según las crónicas, nadó velozmente para alcanzar a la primera
joven y ponerla a salvo en las rocas. Sin detenerse a recuperar el aliento,
volvió a arrojarse al mar para rescatar a la segunda muchacha, quien ya
desaparecía bajo las olas, logrando extraerla con la ayuda del marinero
Rodríguez.
Las jóvenes rescatadas pertenecían a dos
apellidos fundamentales del Bilbao ochocentista, la familia Barañano, vinculada
al comercio y la industria del tabaco, representaba a la burguesía que
impulsaba el crecimiento de la Villa. y la familia Rotaeche, conocidos
industriales y comerciantes cuya presencia en la vida social bilbaína era
constante.
El impacto del suceso fue tal que el 11 de agosto de 1862, el teniente de
alcalde Rafael de Uhagón llevó el asunto ante la asamblea de regidores. A pesar
de la propia "repugnancia" de Larrínaga a ser homenajeado, el
Ayuntamiento bilbaíno decidió por unanimidad dejar constancia oficial de su «rasgo
de abnegación y sacrificio en favor de la Humanidad».
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