María Díaz de Haro, al fundar la Villa, mandó construir una iglesia en honor a la Virgen María. Para ello se eligió el lugar más elevado, donde se levantó un pequeño templo de fábrica sencilla y cubierta de madera. Aunque la basílica actual es posterior, se ubicó en el mismo sitio, y su muro de contención formaba parte de la propia muralla.
Esta posición elevada constituía
una excelente atalaya; un punto estratégico desde donde divisar el mar y la
costa más próxima. En las poblaciones costeras era de vital importancia contar
con esta perspectiva para anticipar los peligros o vislumbrar las oportunidades
que llegaban desde el mar. Mucho más recientemente, en 1978, con la edificación
de la biblioteca adosada al murallón del Campo de la Iglesia, se creó el
mirador que hoy disfrutamos.
Es precisamente en este espacio,
frente a la portada lateral de la basílica, donde se sitúan estos tilos. Todos
ellos son ejemplares magníficos, aunque uno destaca especialmente por su porte
y gran magnitud.
En esta época del año, además de
observar sus hojas grandes, aromáticas y con su característica forma de
corazón, podemos disfrutar de sus flores. Son muy aromáticas, sumamente
visitadas por las abejas y bien conocidas por sus propiedades medicinales y tranquilizantes.
En cualquier caso, no hace falta
preparar una infusión de tila para relajarse: basta con detenerse un instante
junto a ellos, escuchar el sutil murmullo de sus hojas y percibir su aroma.
Joseba
Martínez








