1. Los sabores
que recorrían los barrios. El recuerdo nos lleva inevitablemente a los
helados de Varona, con sus carros de baúl cerrado y sombra, sirviendo
cortes entre barquillos o cucuruchos durante las fiestas. Junto a ellos, la
marca KYNSS con sus botellas tipo Kas de refrescos y tónica, o la miel
servida directamente del barrilito con un diestro movimiento de cucharón.
Mención
especial merece el mercado estacional de melones y sandías, que ocupaba locales
estratégicamente vacíos, como aquel en el edificio donde se bifurcan El Ojillo
y Martín de Vallecilla.
2. El pregón y
la cesta. La estampa marítima de la villa quedaba sellada
por la pescadera, portando la cesta con el género "recién cogido",
mientras que el carbón llegaba directamente a las casas bajo pedido previo,
marcando el ritmo del calor doméstico.
3. El ingenio
y el trueque. Resulta fascinante recordar el intercambio de
figuras de globos (perros, peces, gorros) no por dinero, sino por ropa usada,
una forma de economía circular hoy desaparecida.
4. Los
artesanos del arreglo. Eran tiempos de aprovechamiento. El
"lañador" o reparador de cazuelas y pucheros trabajaba a menudo in
situ, al igual que los paragüeros, capaces de reconstruir varillas y
mangos. Los tapiceros, por su parte, devolvían la vida a jergones y sofás, ya
fuera en su taller o desplazándose al domicilio del cliente.
5. El portal
como escaparate. Finalmente, Martin nos recuerda la llegada de la
venta directa: desde el "Avon llama a su puerta" hasta los agentes de
suscripciones que ofrecían desde enciclopedias y biblias hasta seguros de
decesos o las entonces novedosas baterías de cocina y recipientes para
alimentos. Incluso, en los momentos más curiosos, ofertas de dinero en efectivo
a cambio de colas de cabello recién cortado.
Conclusión: Estos
recuerdos de Martintxu no son solo una lista de oficios; son el testimonio de
un Portugalete que sabía buscarse la vida en cada esquina y que entendía la
calle como el principal punto de encuentro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario