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martes, 3 de marzo de 2026

VENDEDORES Y OFICIOS DE AYER: LA VIDA COMERCIAL A PIE DE CALLE EN PORTUGALETE

 


 Con el contador del buscador de blog, ya por encima de las 4 millones de visitas, recuperamos hoy una crónica de recuerdos remitida por nuestro colaborador Martin U. Landa, Martintxu, quien nos transporta a un Portugalete donde el comercio no solo se encontraba en los escaparates, sino que latía en las calles, los portales y el pregón de los vendedores ambulantes. Un inventario de sonidos, olores y personajes que formaron parte de nuestro paisaje cotidiano y que acompañamos de esa vista de la Villa en los últimos años de la década de los 50 del siglo pasado.

1. Los sabores que recorrían los barrios. El recuerdo nos lleva inevitablemente a los helados de Varona, con sus carros de baúl cerrado y sombra, sirviendo cortes entre barquillos o cucuruchos durante las fiestas. Junto a ellos, la marca KYNSS con sus botellas tipo Kas de refrescos y tónica, o la miel servida directamente del barrilito con un diestro movimiento de cucharón.

Mención especial merece el mercado estacional de melones y sandías, que ocupaba locales estratégicamente vacíos, como aquel en el edificio donde se bifurcan El Ojillo y Martín de Vallecilla.

2. El pregón y la cesta. La estampa marítima de la villa quedaba sellada por la pescadera, portando la cesta con el género "recién cogido", mientras que el carbón llegaba directamente a las casas bajo pedido previo, marcando el ritmo del calor doméstico.

3. El ingenio y el trueque. Resulta fascinante recordar el intercambio de figuras de globos (perros, peces, gorros) no por dinero, sino por ropa usada, una forma de economía circular hoy desaparecida.

4. Los artesanos del arreglo. Eran tiempos de aprovechamiento. El "lañador" o reparador de cazuelas y pucheros trabajaba a menudo in situ, al igual que los paragüeros, capaces de reconstruir varillas y mangos. Los tapiceros, por su parte, devolvían la vida a jergones y sofás, ya fuera en su taller o desplazándose al domicilio del cliente.

5. El portal como escaparate. Finalmente, Martin nos recuerda la llegada de la venta directa: desde el "Avon llama a su puerta" hasta los agentes de suscripciones que ofrecían desde enciclopedias y biblias hasta seguros de decesos o las entonces novedosas baterías de cocina y recipientes para alimentos. Incluso, en los momentos más curiosos, ofertas de dinero en efectivo a cambio de colas de cabello recién cortado.

Conclusión: Estos recuerdos de Martintxu no son solo una lista de oficios; son el testimonio de un Portugalete que sabía buscarse la vida en cada esquina y que entendía la calle como el principal punto de encuentro.

viernes, 30 de enero de 2026

¿QUIÉN FABRICA LOS RECUERDOS? (III): EL PUPITRE, EL ESTANCO Y EL PERIÓDICO

 

"Llegamos al cierre del relato de Martintxu. En esta tercera y última entrega, los recuerdos se trasladan a las aulas de Zubeldia y el Colegio Santa María. El autor nos relata con nostalgia y humor su paso por el sistema educativo de la época y esos pequeños “ritos de paso” —como el primer cigarrillo o el doblado del periódico— que marcaban el fin de la adolescencia y la entrada definitiva en el mundo de los adultos."

Por esa época, mis siete años, me contagié de sarampion -eran otros tiempos- y el reposo obligado dió lugar a que mi fisionomía sufriera el "estirón del sarampión", ó sea el crecimiento de los huesos largos al terminar el proceso de fiebres.

Estaba entonces en la clase de Don Vicente, en 3º, en la escuela Zubeldia y era tiempo de catequésis -que cursé en la antigua Escuela Parroquial- y de mi primera comunión. En la catequésis hacian un sorteo, participando con una moneda de dos reales, y en mi primera asistencia me tocó el premio de una pelota de plástico, verde, dura, botaba mucho pero hacía daño al darle patadas en el patio de casa, en el nº16 de El Ojillo.

Y ocurre que, a la inversa de esos que andan por ahí con el espectáculo "Yo hice la EGB", yo no hice la EGB, yo hice cuatro cursos de los "Estudios Primarios" y no llegué a obtener el Certificado que acreditaba que había completado ese nivel de Estudios Primarios. Eso era algo que los maestros nos "vendían" como la solución ideal para nuestro futuro.

Salí de ese Plan de Estudios en el año 1965, en dirección al Colegio Santa María, a obtener el Bachillerato, primero Elemental y luego, Superior y aprobé ambas reválidas.

De esos primeros cuatro cursos en Estudios Primarios, hay dos que ni mencionaré, uno en Zubeldia; el otro, en Ruperto Medina. Mis piras (campanas, novillos, pellas) en esos cursos fueron frecuentes. De puro miedo bilateral: al maestro y a que lo contara en casa.

Los otros dos, Don Vicente y Don Emilio, fueron claves en mi vida: aprendí y deseé aprender, quería ir a clase a su clase.

Sus aulas eran otro mundo en el mismo edificio de la "Educación y Ciencia", sección escuelas nacionales. Allí, no se hacía clase magistral, no, habia interacción y prácticas, se preguntaba y se escuchaba. Usábamos la cabeza, si, y las manos.

Y llegó el Bachillerato, decía, y Profesores, ya no Maestros; Asignaturas, y no Temas, con un profesor en cada asignatura, a quien esperábamos sin movernos del asiento. Y entrábamos al aula del colegio, ordenadamente y en silencio, desde el patio, donde habiamos formado en columna de a dos, en orden de cursos pero, bajo la vigilamcia del Hermano Prefecto, sin cantar canciones de gesta ni himnos de hazaña.

Poco a poco, ibamos conociendo al profesorado del Colegio y haciendo algo muy frecuente entre la chavalería: ponerle un mote, un alias según su porte, manías, origen,... no indicaré aqui esos motes, lo siento: quedaría "faltón", el recuerdo no lapida las ganas de contarlo, pero será objeto de otra entrada..  

Y crecíamos, los deseos e inclinaciones profesionales de cara al futuro iban apareciendo, progresivamente, según desarrollábamos los estudios y la experiencia. Al superar la reválida elemental ya podíamos recibir el tratamiento de "Don Fulano de tal".

Ese era un tránsito a otro estatus juvenil, en el que cuidábamos de imitar a los mayores, y empezábamos a fumar.

Ante la escasez de fondos, las pagas semanales duraban poco, comprábamos cigarrillos sueltos en los puestillos de chuches: Celtas, Ducados, Peninsulares, Vencedor, Camel, Bisonte, Ideales, Rumbo, Antillana -con su papel dulce-, Tres Carabelas, Marlboro, Lucky Strike, Chesterfield, Winston,... o los mentolados Piper, Rocío y Kool, que compartíamos con los amigos.

Los cigarrillos americanos, en ocasiones, los conseguíamos "de contrabando", bajo el mostrador, con discreción y tampoco mencionaré dónde, disculpad: eso dejaría en mal lugar a los ascendientes de los actuales gestores del negocio.

Lo de fumar puros sería para mucho más tarde, aunque sí que nos fijábamos en que, durante las sobremesas y echando las partidas, alguno de los veteranos sacaba un puro y lo estrujaba. Farias y Alvaro, era lo que teníamos al alcance del monedero. Tener un Montecristo o un Bolivar, era por bodas o por despedidas ó traslados laborales.

Años después pregunté el porqué de esa prueba: qué se buscaba ? El tabaco seco o excesivamente húmedo? Pues, no, era para saber si estaba elaborado con hoja ó solo envuelto en picadura y recortes. Y, más que nada, era sólo un detalle de taberna del que se ufanaban algunos.

Y nos quedaban todavia dos cursos, 5º y 6º de Bachillerato, con quince y dieciseis años,  madurando decisiones para el desarrollo posterior o ya muy maduradas. En esa época, los profesores ya nos tratan con deferencia y casi de Usted.

Algunos, que no salieron del cole tras la reválida de cuarto, pero no desean llegar a la Universidad ya comienzan a indicar su apuesta de futuro en la Escuela de Náutica, en la Escuela de Peritos, en la Escuela de Minas, en la Escuela de Comercio (pocos), ... e incluso uno, a la Escuela de Aparejadores en Valladolid. Solo uno de nosotros manifiesta su intención de ir a Zaragoza, a la Academia General Militar. 

Luego, vendría el COU sustituyendo al PREU, donde ya habían una asignaturas comunes y otras, optativas, que eran elegidas según la dirección que tomarían los estudios universitarios o ingenieriles.

El siguiente rito de iniciacion a la adultez, entre los 15 y los 18, cuando dejamos la adolescencia es una etapa de transición hacia la madurez y eso lo marcaba la compra del periódico, que indica que el joven ya dispone de fondos propios, y su doblado correcto para guardarlo en la chaqueta, o gabardina, sin que se arrugue en exceso, viene a evidenciar que uno es ya serio y, entre hombres, ya es invitado a tomar algún txikito.

Un detalle de urbanidad en esa época, era que si se deseaba el diario, y no se encontraba presente el kiosquero, se cogía y se depositaba su importe sobre el paquete de esos periódicos recién entregados por el distribuidor.

Había otros ritos de Urbanidad, que con la Puntualidad, el Aseo y otros, que eran valorados con nota en la Cartilla de Escolaridad, de la que adjunto copia de una hoja.

viernes, 23 de enero de 2026

¿QUIÉN FABRICA LOS RECUERDOS? (II): HIERBAS MEDICINALES Y HIERRO DE TRIANO

 

Continuamos con la crónica de Martintxu en esta segunda parte de su relato. Si en la anterior recorríamos las calles de la villa, hoy subimos hacia las campas de Triano. Entre el recuerdo de las partidas de brisca de las “cuatro señoras” y la dureza del trabajo minero, el autor nos regala un valioso catálogo de botánica popular y nos describe el paisaje de una industria que dio forma a nuestra tierra: 

Guardo mi presencia en las partidas de brisca que jugaban en casa de Carmen -en el Alto de la Pastora- cuatro señoras, ya mayores: Martina, de El Ojillo; Filo (que tenía sus cochineras allí, justo al lado); la Rubia, de Ruperto Medina -con su litrona de El Ciervo- y la misma Carmen, madre de Ángel y Luis, que me tomaron como mascota por algún tiempo.
    "Ando, ando, uno kgndo", era una salmodia que, a mis cuatro/cinco años, ellos entonaban si me atrapaban aliviando en la campa.
    Los cochinos de Filo me asustaban y, de hecho, eran motivo de sueños inquietos en los que me mordían. Ese recuerdo, fue redivivo, años más tarde, viendo Hannibal, la película de Ridley Scott, en la que tienen un papel secundario, y fiero.
    La llegada a aquella casa, en lo alto, se hacía desde la Estrada de Zomillo, por un sendero en pendiente que bordeaba la Campa del Gordo por la derecha y transcurría sobre la cantera por el lado zurdo.
    Enfrente de ese camino, un poco más arriba, en la Estrada, estaba la puerta de madera del huerto de Atenógenes, cuñado del abuelo Pablo, bordeado por un alto muro en mampostería, que ya fue arrasado por la modernidad inmobiliaria.

Esa partida de naipes era celebrada en primavera y otoño. El verano lo dedicaban a la recogida de hojas y hierbas medicinales en las campas de Triano, aún recuerdo algunas:     La menta, hierbabuena, manzanilla, “hierba de la pulmonía, hinojo, así como otras hierbas y verduras: Berros, laurel, eucalipto, y varias más que no encuentro en el baúl.
      Para todo eso, mientras, los niños nos quedábamos en las campas ya fuera llenando una bolsa de manzanilla cada uno ó jugando a lo que permitía el lugar, nunca junto a las vias, en los bordes de los canales o del pantano de Triano.
    En el momento que traen esos recuerdos, la minería en Triano todavía está activa, aunque en sus últimos estertores, tanto en Triano como en Galdames. Los trenes que podíamos ver desde la entonces Escuela de La Florida, que ahora es el CEP Ruperto Medina, recorrían la montaña de la Reineta para llegar a los cargaderos en Portu/Sestao o Luchana.
    En toda la zona proliferaron lavaderos, balsas de decantación, vías de arrastre, cargaderos y planos inclinados usados como tolvas. Preparado el mineral, se trasladaba hasta hasta Galdames. De aquí, era transportado, hacia los cargaderos situados en la ría, en Luchana ó hacia la «dársena de Galdames».
    La última zona de explotación industrial, de ese área fue el coto Saúco y ya eran los años finales de los 1970. Quedarían muy pequeñas y muy agotadas vetas dando los ultimos estertores a la zona.
    Sin llegar a La Arboleda, cogiendo un camino a la derecha en direccion a los barrios de Triano y Las Calizas estaba la Fuente de la Cazuela, donde tomábamos agua fresquita y ferruginosa, con churretones de lodo férrico que evidenciaban su entorno mineral cercano.
    Desde ahí, se pasaba junto al poblado de Matamoros, otro de los que proliferó en el mazizo para dar vivienda a los mineros que trabajaron en la zona, y, un  kilómetro adelante, caminando en paralelo a la via, aparecía el pantano de Triano, que todavía existe, aunque con almacenaje de agua reducido, por ausencia de uso minero.

viernes, 9 de enero de 2026

LOS RECUERDOS DE MARTINTXU: AQUELLOS MIEDOS DE LOS AÑOS 60


¿Es el miedo una parte legítima de nuestra historia local?
 Hoy en este blog rompemos el silencio sobre aquellas sensaciones que marcaron el Portugalete de los 60. A través de este relato de Martintxu que teníamos traspapelado, nos invita a recorrer esa geografía de la zozobra con el respeto al uniforme gris y los silencios de la dictadura, el eco de las leyendas urbanas, el temor a la vara en la escuela, los sermones de la iglesia,…

Os invitamos a leer este relato íntimo que no busca señalar culpables, sino rescatar del olvido aquellas vivencias —unas reales y otras soñadas— que también forman parte de nuestra historia común. 

Esta entrada no va de personajes ni de nombres, trata de todos. Y hablaré de, creo, nuestros miedos; eso sí, basándome de mis recuerdos de infancia y hasta de adolescencia. No estoy seguro de que El Mareómetro sea el foro para reflejarlo, pero, si compartimos otras vivencias, ¿porqué no los miedos que vivimos o soñamos? 

Inicio el relato activando el hipocampo y lo primero que me llega a la tecla es escribir sobre el miedo social, la dictadura seguía su curso, que duró unos 20 años más, que daba lugar a que cualquier uniforme gris, verde o azul marino fuera motivo de zozobra y conversación en voz queda.

No es mi primera evocación, pero marca recordar, sobre todo, las actitudes, de las personas mayores cercanas. Aún hoy, plantear conversaciones sobre aquellos años, no es actividad buscada. Parece que todo el mundo lleve culpas escondidas.

Y no es de extrañar, cualquier sermón sacerdotal, producía pesadillas. Eso, en Portu porque en Castrillo de Duero (Valladolid), se salía tremendamente asustado ante los castigos divinos que nos amenazaban.

Ese es un lugar en el que acudir a la misa dominical era absolutamente obligado, no ya por los preceptos religiosos, sino por el propio ambiente social, recato -le decían-, que imponía las mangas largas y, a las mujeres, la falda a media pierna y velo.

En mi Portu del 60, no había lobos, pero si rondaba el “sacamantecas”, y nuestras madres nos impedían ir a jugar o a coger grillos a Campazar o a Los Hoyos, ya ese “animal”, que era situado en torno a la cantera de Cabieces. Supimos después que esa fue una leyenda urbana. Otra.

¡No era leyenda urbana, no, pero las visitas tanto al practicante, ah! Felipe, como al dentista, ah! Don Jaime, eran motivo de fuertes temores infantiles. Por lo menos antes de las citas. Después, el miedo reaparecía, pero era en el relato a los otros niños, que, igual de encogidos por lo que habían escuchado, esperaban la atroz consulta. Era un círculo abierto que continuaba en el tiempo.

La escuela constituye un motivo poco agradable al relato: hasta la llegada de Don Emilio, de quien ya hablé en otra entrada, las varas, los capones y castigos de tarea -auténticos trabajos forzados-, ¿verdad Don Antonio?, producían un temor diario a la asistencia a clases. Nada decíamos en casa, por si acaso,¡buf, podía ser peor!.

Yo, hasta Don Emilio, hice muchas piras, sí. Desde entonces hasta terminar los estudios, nunca.

Concluiré con el miedo al castigo familiar. Los zapatillazos en el culo, después de una trastada, eran causa de temor; dolía, sí, pero había luz, se veía; no así en el cuarto oscuro, un siniestro ropero sin interruptor interior para la lámpara, lo que, a puerta cerrada, era horrendo, sobre todo, después de que algún amigo nos contara la última peli de Drácula en la calle.

viernes, 14 de abril de 2023

LOS RECUERDOS DE INFANCIA DE ADOLFO LARRAÑAGA: LAS PEDREAS.

 


Los chavales del Ojillo de los años de posguerra, recordamos algunas batallas de piedras con nuestros vecinos y que llamábamos “pedradeo”.

Juan Antonio de Zunzunegui, que nació en 1900, en sus Recuerdos y relatos de infancia y mocedad, nos relata también como los “chavales del pueblo iban de pedradeo contra los de Santurce, porque aquellos habían tenido la desfachatez de hacer unos comentarios ofensivos tras una regatas”. La batalla la recuerda en los límites de Campo Grande en el caminito que entonces unía los dos pueblos por el acantilado.

Hoy encontramos en el libro de José Ignacio Salazar Arechalde, Adolfo de Larrañaga. El agua silenciosa. Poeta, Portugalujo, Exiliado, que nuestro poeta, nacido en 1877, también las recordaba pero con el nombre de “pedreas”.

El libro que se presentará en el Centro Cultural Santa Clara el miércoles día 19, lo recoge entre los recuerdos de infancia publicados en 1933 en el periódico Excelsius, y en el que dice: 

Las diferencias vecinas de pueblo a pueblo se solucionaban a pedradas.
Nosotros firmamos un núcleo, el mas extenso posible, con su capitán a la cabeza. La táctica militar no nos era del todo desconocida sobre todo la de los partos, celebres guerreros que peleaban huyendo.
En nuestra retirada íbamos lanzando piedras redondas como pelotas, ocultos en muros y trincheras improvisadas en las ondulaciones naturales del terreno.
Recuerdo que un día salimos de casa con la cartera llena de piedras, y en vez de irnos a la escuela, nos fuimos a la carretera de Santurce, donde nos esperaban ya nuestros taimados rivales, mas estrategas que nosotros, pero que usaban las malas artes del pérfido Cimón contra el gran Diomedes de la Ilíada.
El teatro de la batalla era a campo raso para huir a campo traviesa.
Generalmente nos increpábamos antes para enardecernos, pues no es de caballeros el batirse sin motivo grave y cuando caldeado el ambiente, y el silencio y la soledad, su hermana, nos invitaba, empezaba la pedrea.
Lanzábamos piedras a mano, que nunca alcanzaban al enemigo; si algún afortunado lograba dar en el blanco, la desbandada era segura; entonces era de ver cómo corríamos sobre los vencidos.
Pero este caigo día dos santurzanos fingieron una retirada y nos coparon. Nadie se rindió, todos volvimos a casa maltratados, perseguidos por la Guardia Civil y con un terror cuyas huellas nos las olfateó la madre.
Al siguiente día el maestro noticioso de la derrota, hizo salir “al medio” a todos los que faltamos. Nos interrogó dónde habíamos estado, y nadie dijo la verdad.
Con una vara de fresno, de aquel que servía de arma defensiva a los vascos, nos azotó las nalgas, y todos llorando y rascando por donde menos pecado habíamos, nos sentamos en los bancos del suplicio estático.
Pero todos callamos que había un herido de honda, que con un remache le arrancó los incisivos.
Cuando llegó su turno aquel héroe, para que no vieran su lesión, soportó sonriente la palma.
El maestro le preguntó.
Tú, ¿Por qué no lloras y sonríes?
Porque soy el capitán.

 Para ilustrar imágenes de 
chavales portugalujos hemos
recurrido a los fondos de
 los Amigos de Zubeldia.

jueves, 22 de diciembre de 2022

RECUERDO DE PORTUGALETE de CESAR GONZALEZ RUANO en 1950

 


Un artículo de Juan de Hernani sobre las fiestas de Portugalete me aviva en la memoria que por ahora hace un año que fui allí para pasar unos días y me quedé casi dos meses en aquel hotel gracioso de los Mendiguren en cuyo café escribía mis artículos.

Dice Juan de Hernani que de Junio a Octubre todos los días son de fiesta en Portugalete y es verdad. ¡Que me lo digan a mí que tuve un balcón sobre la plaza y no había manera de dormir con la música, absolutamente permanente, en cuanto anochecía y exaltada por los poderosos altavoces! También habla el cronista del enorme programa de festejos de este año, con poesías de Julio Gutiérrez Lumbreras, a quien yo dediqué un artículo señalándole como un buen tipo modernista -generación modernista, entiéndase bien- con cierto parecido temático y de expresión a José del Río Sainz, el santanderino que tan certeramente cantó la ría de Bilbao.

Portugalete aun en quienes nos pasamos media vida viajando deja un fino y fuerte recuerdo. Tiene un gracioso señorío y en ella la ría industrial y poblada, se despeja momentos antes de llegar a Santurce. La ría, con el elegante paseo de hoteles frente a la otra ribera de Las Arenas, es una delicia que tal vez vemos mejor los forasteros con ojos menos acostumbrados. Y el corazón de la villa es delicado y amable. A mí me gustaba por las tardes subir por sus calles y junto a la torre de los Salazares ganar el mirador de la prodigiosa iglesia. Luego volvía al café y luchando con la música que ya tronaba en la plaza me ponía a leer o a escribir. Allí leí el libro de Ciríquiain Gaiztarro sobre Portugalete y me divertía con sus disquisiciones sobre las villas que fueron balleneras. Parece que Portugalete no pescó nunca ballenas, aunque llegaban hasta la altura de sus calles. Todo no lo había de tener.

Entre las fiestas, algo impresionante era lo del día de las «vaquillas» que soltaban por la bajada de San Roque. En la farmacia donde yo iba al día siguiente a comprar penicilina, había un caballero muy serio, lleno de chichones y esparadrapos, que, por lo visto, había intervenido en el encierro y recibido considerable paliza, de la que estaba muy orgulloso. También vi otro día cucañas en la ría y un concurso de trajes en la plaza, creo que para premiar el traje más económicamente confeccionado. Las chicas, muy peripuestas, desfilaban por una pasarela que salía del quiosco de la música. A los dos lados habían instalado sillas y la plaza estaba llena de gente.

Pero lo para mí curioso en Portugalete era que, sin necesidad de «atracciones», cada día tenía un aire comedido de fiesta y aquel carácter mixto de cosa aldeana y de prolongación elegante de la ciudad próxima, que a los de fuera nos parecía un misterioso y probablemente no intencionado encanto, y que antes de Portugalete, viniendo de Bilbao en tren, no tenían las demás villas.

Ha danzado uno mucho en esta vida y conocido bastante bien Europa, y en Portugalete se comprendía que sería fácil quedarse, tal vez por aquel perfil un poco mixto que tenía y por lo elegante que era al no querer serlo y por la suave melancolía que andaba en todas sus cosas.

Es el País Vasco, milenario en paisaje y plural en bellezas, raro es el pueblo aldeano o marinero que no tiene una natural belleza y un bien entendido modo de vivir, que comienza por la inteligente y general norma en Vizcaya de no cultivar -antes al contrario - el turismo que pueda pretender algo más que el discreto y rápido paso. Conozco rincones deliciosos y villas de gran carácter No las vamos a echar a reñir con Portugalete desde un artículo. Es bien probable que Portugalete no sea un lugar indicado para hacerse la casa que puede hacerse en otros sitios de Vizcaya; pero siempre tuvo para mi un encanto difícil de contar y de cantar. Es posible que este encanto resida en un cierto hermetismo y en ese no hacer nada directo para agradar por el lado fácil.

 Sí, quizá sea eso.

CESAR GONZALEZ RUANO
Hierro 1950



viernes, 16 de diciembre de 2022

EL OJILLO DE POSGUERRA: JUEGOS INFANTILES (2)

  


Con esta conocida foto de los años 20 del siglo pasado al comienzo del Ojillo, coloreada por Javier García damos entrada a uno de los recuerdos del Juan Fermín Lopez Markaida. 

Era por la época del lanzamiento al espacio exterior del primer satélite ruso SPUTNIK, el año 1957, al que le siguió un mes después el SPUTNIK 2 con la perrita Laika que orbitó la tierra, y el lanzamiento posterior del cosmonauta Gagarin (1961).
Estos acontecimientos marcaron a algunos de los chicuelos de entonces, bien por lo novedoso o por efecto imitación, dándoles por hacer pequeñas experiencias caseras como juegos de supuestos cohetes espaciales, que su imaginario infantil creaba a raudales.
Ya se había dado un caso trágico con un chaval que creo que vivía en el nº 2 de la calle Correos, Agustín Muniz, cuya madre viuda se casó con el viudo Sierra, empleado de AHV. Le gustaba experimentar con sustancias químicas diversas y artilugios varios, y en una ocasión le explotó uno de sus experimentos y perdió la mano entera del brazo izquierdo.
Nosotros empezamos haciendo unos cohetes más simples. Cogíamos varios fósforos de cera, cuatro concretamente, los poníamos erguidos juntando sus cabezas, con tres de ellos haciendo trípode abriéndolos un poco y el cuarto dejándolo en medio. Se forraban las cuatro cabezas con papel que llamábamos de plata, de las cajas de los bombones de chocolate, de las golosinas, caramelos y demás, eso sí bien prietas, muy envueltas una por una y luego las cuatro cabezas juntas.
A continuación se prendía fuego con chisquero a la cerilla que estaba en medio y cuando la llama llegaba al papel plateado el conjunto salía disparado, a veces hacia arriba, otras en cualquier dirección e incluso en ninguna, saliendo una hermosa llamarada y permaneciendo estática. Pero la ilusión que se ponía en la confección y en la posibilidad de que ascendiera emulando un cohete era mayor que la pequeña decepción de que no lo hiciera.
Superado este estadio del juego, entretenimiento, se ponía la mente a escudriñar una posibilidad más ambiciosa y por ende con una gran o mediana carga de peligro, que no era capaz de vislumbrar nuestro asenso.
Consistía esta vez en agenciar un tubo de hojalata o similar, hueco por dentro, cerrado por un extremo y abierto por el otro, de cartón duro nos valía también. Una vez conseguido se metían trapos viejos o papel de periódico muy apretado, echando antes una mezcla de azufre en polvo, que yo como vinatero los azufrines podía conseguir sin dificultad, de pajuelas o alguaquidas por empajolar o azufrar a los pipotes de madera para desinfectarlos, los machacábamos a tope conmixto con carbón vegetal que no faltaba en las carboneras de las cocinas de nuestras casas que tenían chapa económica, lo triturábamos hasta hacerlo polvoriento, le añadíamos potasa que adquiríamos en la botica de Miguel Arnaez Capellan o en Aniel Quiroga en la plazuela del Cristo. Lo vendían en una cajita de cartón como las cajas de mixtos de las cerillas, pastillas molturadas que pegábamos hasta convertirlas en polvo, juntábamos los tres materiales, los mezclábamos adecuadamente y dentro del tubo metíamos luego estopa, lo prensábamos fuerte todo bien entestecido clave, poníamos algo cónico en punta, lo sujetábamos con esparadrapo, entapujábamos el cono puntiagudo con papeles brillantes que pegábamos, procedíamos a mechar poner pábilo de infiernillo, candil quinqué impregnado de alcohol que se cogía del botiquín de casa, con un buril se hacía un agujero en la base del tubo por donde introducíamos dicha cinta o cuerda hecha de filamentos combustibles del mechero o de un velón le añadíamos al conjunto cuatro palos (patas), se daba fuego a la mecha y nos íbamos a esconder.
Así en algunas ocasiones conseguíamos que aquel aprendiz de cohete saliera disparado o reventara allí mismo sin más.
Cosa de chiquillos que me hace sonreír al recordarlos.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

RECUERDOS DE REPÉLEGA Y VILLANUEVA (2)

 


Los siguientes recuerdos pertenecen a Maite Aguirre, de 64 años y habitante de una de las casas del Grupo Villa Nueva, en una amable conversación que mantuve con ella en noviembre de 2022.

Empieza relatándome que la casa tocó por sorteo a su bisabuelo, quien entonces trabajaba en Altos Hornos de Vizcaya. La prole de este hombre ya nunca se desvinculó de la casa, pues tanto el abuelo paterno de mi informante como dos tías suyas y ella misma nacieron en dicha casa. De hecho, Maite fue bautizada en la cercana y ya desaparecida iglesia de San Cristóbal (derribada en 1989).

Maite recuerda que originalmente las casas de este bonito barrio eran de color marrón, con los falsos entramados de madera pintados de rojo. Había unos pocos árboles junto a las casas, y mantiene vivo en su memoria el desaparecido lavadero de Rivas.

Su madre le contó que durante la guerra civil, en un bombardeo de 1937, cayó una bomba en frente, en lo que hoy es la Plaza Gorbeamendi (entonces unas campas), cuya onda expansiva hizo saltar los cristales de su casa.

Rememora que posteriormente se construyeron, al final de la Avenida Repélega y frente a las casas de El Progreso, una serrería y una carbonería, que aparte de carbón también vendía leña para el fuego (entonces eran muy comunes las casas con cocina “de chapa”).

Maite afirma orgullosa: “Aquí sólo estaban las casas de El Progreso, Villa Nueva y las de la Babcock. Todo lo demás eran campas. Estaba todo tan despejado de edificios, que aquí subían los de Portugalete a tomar aires”.

 

Jesús, de 67 años y habitante de una de las casas del Grupo El Progreso, donde nació en 1955, me relataba en noviembre de 2022 que en la década de los 60 del siglo XX el actual bloque de casas que da a la Avenida Repélega y a la calle Luis Fernández Gómez, era entonces una campa con un campo de fútbol improvisado, donde iban a jugar los chavales. Así mismo, aún recuerda que en la Avenida Repélega, muy cerca de la actual Plaza Gorbeamendi, se erigía el caserío de los Arana-Vizcaya, desaparecido cuando en los 70 se construyó el bloque de casas que rodea la citada plaza. En su niñez fue alumno de las escuelas de Ramón Durañona, que ellos llamaban siempre “las escuelas del cura”.

 

Ángela E., vecina de Villa Nueva de 60 años que ya citamos en una anterior entrega, recuerda que siendo niña, a finales de la década de los 60, iban a comprar leche a una caserío de Rivas Nuevo (pequeño grupo de casas que estaban a apenas 100 metros de Rivas Viejo), trayéndola en las cántaras o lecheras metálicas que algunos hemos conocido. Así que el paso continuado de vacas por las campas de Villa Nueva era algo muy común y entretenimiento de los niños.

Ángela me relata que cuando su madre iba a los bailables de la Plaza o al tren de La Canilla, tenía que quitarse los zapatos y ponerse unos menos elegantes, ya que hasta el casco urbano de Portugalete (que entonces, años 40 y 50, se reducía al Casco Viejo, General Castaños, el Ojillo y una incipiente Carlos VII), todos los caminos eran de tan sólo tierra apisonada; y aún peor cuando llovía, pues esos caminos se convertían en auténticos lodazales. Entonces se decía “bajar a Portugalete”, expresión que según Ángela los de Repélega aún siguen usando.

Ilustramos este artículo con tres fotografías que nos ha cedido la citada Ángela. En primer plano el primer bloque de Villa Nueva según se viene de Sestao, con sus entradas originales (estas eran una especie de pequeño porche o antuzano, dentro del cual se abrían las puertas de acceso a las casas). Al fondo unas campas, donde a finales de los 70 se construirá el ambulatorio de Repélega.

A la derecha aparece la madre de Ángela y una de sus hijas, fechada en septiembre de 1971, junto a las primeras casas de la Babcock & Wilcox. Detrás de ellas las campas donde unos años después se construirá el citado ambulatorio de Repélega.

La última de las fotos, fechada en 1975, está sacada desde la parte alta de la actual calle Barrengoitia, que como se ve, entonces eran sólo campas. Detrás aparece la calle San Nicolás, con sólo construida una de las aceras. La acera de enfrente, a la izquierda de la imagen, aún está por construir, pero se ve que las obras de los actuales bloques ya han comenzado.

AITOR GONZÁLEZ GATO.



domingo, 26 de diciembre de 2021

RELATOS DEL FIN DE SEMANA: LAS CALLES SONORAS (4)

 


Las sardineras anunciaban por las calles la frescura del género: “¡Anchoas del Abra, como la plata!”, “¡Txitxarriiiitos de bote que se retuercen!”,“¡Sardiiiiina frescué!”. A ellas se unía Juana la “avisadora” que se encargaba de pregonar por las casas los entierros y funerales. Su perorata la soltaba de memoria una vez hecho sonar la aldaba con un repique continuo y el consabido “¡la avisadooooora!”. Las mujeres salían a la escalera y preguntaban: “¡para quieeeeeeén!”. Entonces empezaba la red social de la escalera a intercambiar mensajes: “Pues no me acuerdo quien era”, “Si mujer, era fulano, que se casó con Mengana…”. Juana desde el portal se encargaba de moderar y aclarar las dudas antes de seguir su recorrido. Para los que piensen que los timbres son de siempre, un golpe seco de aldaba significaba 1º derecha, dos bien separados si era el 2º, etc. Si era la mano izquierda, a los golpes del piso se añadía el repique, que eran unos golpes seguidos. El sistema solo contemplaba derecha-izquierda. Ayer, hoy les denunciarían, los butaneros golpeaban con estrépito las bombonas unas contra otras, provocando un sonoro “¡clonclon clonclon!” y no hacía falta pregón para saber que había llegado el “butaneeeero”. El pedido se hacía a gritos por la ventana o balcón y hacia arriba iban las bombonas al hombro.

Y ya para terminar, bajemos a la Plaza. Allí acudían con sus productos las aldeanas venidas de los pueblos cercanos y el euskera se mezclaba con el castellano a la hora del sonoro regateo. “¿A cómo tienes los tomates? A tres sincuenta. ¡Calla, calla, que caros!, que dos puestos más allá los tiene a tres…”. Antes, instalados ya sus puestos, los chavales pugnábamos por llevar los burros, primero andando y luego, los más osados, al galope hasta el dique donde quedaban amarrados en la tapia del tren hasta la hora de desmontar el puesto. Entonces, nueva cabalgada del encargado hasta la estatua y a esperar la propina de la aldeana que siempre preguntaba: “¿No le habrás montado, no?”. Sus rebuznos de aburrimiento habían competido en sonoridad con los gritos lastimeros de los cerdos que se sacrificaban en el matadero.

Junto a los arcos de la plaza se ponían los charlatanes, especialistas en el engaño de incautos a base de labia. Uno de los más recordados fue León Salvador quepregonaba las excelencias de sus cuchillas de afeitar de la marca exclusiva “Piel roja”. ¡Sin comentarios!. Pero el rey era Ramonet, vendedor de mantas en una oferta que empezaba con una unidad a 1.500 ptas. A esa se iban añadiendo otras que iba sacando el “secretario” del camión, hasta completar una torre. Para ello, comenzaba diciendo: «¡En el mismo lote lleva usted ésta manta —dirigiéndose de abajo hacia arriba— esta otra que son dos, otra que yo le regalo que son tres, la manta mulera que son cuatro!». Y así, iba enumerando una tras otra hasta llegar a la última, tras lo cual, terminaba proclamando: «¡Señoras y caballeros, hoy vengo a tirar la casa por la ventana, por este lote no les voy a cobrar mil quinientas pesetas, ni mil cuatrocientas, ni mil trescientas, ni mil doscientas, ni mil cien, aquella señora o caballero que diga para mí, solo le cobro mil pesetas y además le regalo un neceser con cien piezas, ¿quién lo quiere?!». No mentía, el neceser contenía dos peines con 50 púas cada uno.

Cuando algún cliente picaba, el charlatán pedía secretarios discípulos de Babalí, el negrito del TBO, para realizar el porte sobre sus cabezas a cambio de la propina del comprador. A mí, me tocó una vez subir hasta Buenavista con las mantas sobre la cabeza y cuando llegamos a su casa, ante la sorpresa y bronca de la mujer, ¡si te he visto, no me acuerdo!. Lo mismo se vendían mantas que torres de pucheros, relojes, peines o los mágicos ungüentos que arreglaban torceduras, el acné, urticaria o las patas de gallo.

Dos días a la semana, jueves y domingos, se celebraba el txitxarrillo, animado por las orquestinas o la Banda si estábamos en fiestas. Antaño, también se colocaban a los pies de Víctor Chávarri los organilleros y sus “corros de ciegos”. En esa zona se colocaban los fotógrafos minuteros que pregonaban “¡Acérquense, sus fotos en un minuto!”y realizaban la foto con el mágico: “¡A ver, que va a salir el pajarito!” o los pintores de cuadros al pastel que luego subastaban a gritos entre los curiosos.

 Que voy a decir de las sonoras tómbolas que congregaban a los pacientes parroquianos. Cantaba el artista: “¡Estamos premiando y sorteando, son tiraditas cortas y económicas, no hay que esperar ni aguardar, hagan juego señores!”. “¡A ver secretario, unas tablillas al fondo para el gentil caballero y su guapa señora!”. “¡Aparta chaval, que te pica la culebra!”.

Santi “el feo” y familia, convocabanruidosamente a la clientela con una lata llena de piedras a modo de sonajero, a participar en el puesto de derribo de latas de conservacon una pelota de trapo o la barraca de chimberas con el impacto de los perdigones en los palillos o en la diana, que provocaba el disparo de una foto para la posteridad.

Y como acaban o acababan los cuentos: “Colorín, colorao, por ahora, esta historia se ha acabao”.

       JOSE LUIS GARAIZABAL FLAÑO

Dedicado a mi buen amigo, Valentín Arana “Tinín”
pues muchos de estos dichos y “susedidos”
 nos los transmitió con su gracia sin igual.
 

 

P.D.
Si recuerdas algún “negocio” sonoro más de Portugalete y
 su cantinela, cuéntalo en un comentario. 


Fotografías:
 Colección El mareómetro, Internet, Todocolección,
Sevilla misterios y leyendas, Cadena Ser

Blogs
Juan García Tristante (mantas Ramonet),
Tinta de hemeroteca (Ramonet) y
 Pablo F. Bodega (toques de campanas)

sábado, 25 de diciembre de 2021

RELATOS DEL FIN DE SEMANA: LAS CALLES SONORAS (3)

 


Pero donde había variedad sonora era como consecuencia de la venta ambulante. La Villa a principios del siglo XX, captaba visitantes de todos los pueblos circundantes y hasta de Bilbao venían en el tren, a su concurrido y bullicioso “Mercado Dominical”, que llenaba de puestos sus calles y los comerciantes portugalujos abrían también sus negocios de 9 a 2 de la tarde. Aquel mercado acabó antes de la guerra, pero el tipismo continuó por las calles.

Los “consejos comerciales” de los diferentes vendedores ambulantes eran y son lo más recordado. Por las calles pregonaban los mieleros-queseros con su dulce mensaje: “¡Mieleeeero, buena miel, de la Alcaaaaarria, miel!” o el chatarrero con su: “¡Trapeeero, laneeero, chatarreeeero, se compra toda clases de chatarra, trapos, metales, lana vieeeeja!”. Los chavales encargados de vender los barquillos que llevaban en aquellas enormes bandejas y su plástico protector, pregonaban por calles y playas: “¡Parisiéeeeen, al rico Parisién!”. La chavalería se congregaba en torno al bombo del barquillero que anunciaba: “¡Al barqui, barqui!” y el sonido de la ruleta “¡claclaclacla!”al chocar con la carta que hacía de tope, nos embobaba a todos. Los vendedores de pirulís anunciaban sin cesar: “¡Pirulí de La Habana, el que no lo compra, no se lo jama!”, “¡Al rico pirulí de la Habana, de limón y menta!”. Los ciegos se encargaban de tentar a los viandantes o a los clientes de las tascas: “¡Para hoy, para hoy, la suerte para hoy!”, ”¡Tres iguaaaales para hoy!”, mientras Isidoro con su bandurria pedía por los bares una ayuda para sacar la familia adelante.

Los vendedores de prensa vespertina con su “¡Hieeeerro, diario de la tarde, Hieeeerro!”. A las del Liberal no las llegamos a conocer, pero dieron pie a ser recordadas con un canto: “¡Soy, señores, la chavala, la que vende El Liberal, …!”. En temporada de fríos, como los de ahora, plantaban su puesto las castañeras que anunciaban sus castañas con el aroma inconfundible y su pregón: “¡Castañitas, calientes!” al que contestaba la chiquillería: “¡Pa’las viejas que no tienen dientes!”. También recorría nuestras calles, Rebolé con su caja de galletas: “El galleteeeero!. Durante los partidos de futbol en La Florida un vendedor pregonaba con su cesta o su balde con hielo: “¡Hay piñones y chicle, hay Chester!”, “¡Hay Fanta y Coca Cola fría!”. Por el pueblo susurraba discretamente otro que vendía condones: “¡Hay gomas para paraguas, para paraguas gomas!”.

A todos estos “negocios” había que añadir al trotamundos afilador gallego que con su carromato y chiringa anunciaba su llegada a la calle con su dulce son: “firulíiiii, firulí” y su spot publicitario: “¡Aaaafiladoooor, se afilan cuchillos, navajas, tijeeeeras!”. No podemos olvidar al multitarea lañador-latero-estañador-paragüero que reparaba lo mismo los paraguas que los baldes de zinc, las cazuelas o los pucheros que “perdían”. Pregonaba: ¡El paragüero ha venido, el paragüero se va, y quien no tenga paraguas si llueve, se mojará!.  Otro antiguo sonido popular fue el del pregonero que tras tocar la corneta dorada, como la del basurero, comenzaba: “Por oooorden del señor alcalde, se hace saber….”. Los chavales les solían cabrear con aquel maledicente: ¡Mamá, mamá!, ¿por qué, papá, papá, mató al preeegonerooo?”. Nosotros fuimos ya de bandos en tablones de anuncios, postes, etc.

José Luis Garaizabal Flaño
(seguiremos con otros sonidos callejeros)

domingo, 19 de diciembre de 2021

RELATOS DEL FIN DE SEMANA: LAS CALLES SONORAS (2)

 


Al final de las clases, la algarabía se trasladaba a cada calle. Allí, con la merienda en mano, comenzaban los mil y un juegos, cada uno con su sonsonete y época: “¡Tres navíos en el mar…!”, “¡Un, dos, tres, carabá, bá, bá, tóqueme Roque!”, “¡Leeejía del Coneeejo, es la mejor lejíiiiiia...!.”, “¡Chorro, morro, pico, tallo, qué!”, “Bat, bi eta iru, lau, bost eta sei, pero que vaaaa que vi con el etaiiiiiru!”,“¡Alto la maza!”, etc. A esto, había que añadir el sonido de las trompas sobre el suelo o el de las hachas partiendo leñas para la chapa, delante del portal, para una vez terminada la labor volver a jugar hasta la hora de cenar, momento en que empezaba la monserga de todos los días: “¡Fulaniiiiitoooo, pa’casa!” con la súplica de costumbre: “¡Ama, un poco más!” y la respuesta de la jefa: “¡como baje ahí, vas a subir a alpargatazos!”. Poco a poco, el silencio se hacía dueño de las calles.

Al llegar la noche, antiguamente, llegaba el turno de los serenos, que además de la vigilancia pregonaban: “¡Las doce en puuuunto y sereeeeno!”. En mi calle comenzaba el “concierto” del bolingade Enrique hasta que Narcisa le metía a casa y se acabó la interpretación del “Noche de amor, noche misteriosa…” cantado a su sombra. Entonces, tomaban el relevo los gatos callejeros que se colocaban en fila para dormir calentitos junto a la pared de la panadería. Todo acababa entre maullidos de terror cuando aparecía el perro suelto del conserje del Campo San Roque. Como la población gatuna seguía procreando, las bajas se cubrían con la siguiente camada que venía precedida del maullar continuo durante el celo que parecía un bebé llorón.“ ¡Miaaaaau, miaaaau…!”.

Otro sonido semanal era la kalejira que hacía la Banda de Txistularis los domingos al alba. Poco a poco, sus alegres sones iban sonando más cerca y era el anuncio de que tocaba levantarse. En fiestas, era la Banda de Música la que nos deleitaba con pasodobles a la hora de comer. Si tocaba día de salida de los gigantes y cabezudos, los cohetes y los txistularis se encargaban de anunciar y acompañar el festejo.

Que decir de aquellas sonoras comedias que interpretaban los volatineros con su estrella, el enano Cosmín. Todo el público con su banqueta entonaba aquella de: “¡Cosmín, Cosmín, te quiero porque eres tan chiquitín…!” o la atracción delante del bar Rovira que pregonaba la visión de un eclipse a través del culo de una botella: “¡No se lo pierda, esto es genial, vea el eclipse por solo un real!.Periódicamente, recorrían las calles “los gitanos de la cabra”. Un trompetistau organista entonaba un pasodoble “¡pararapapáparabapapapapapa..!” mientras la cabra, dirigida por el secretario y su palito, subía por la escalera plegable hasta colocar sus cuatro patas sobre un pequeño taco de madera y dar un giro saludando al público al que la secretaria pasaba el sombrero.

José Luis Garaizabal Flaño 
(seguiremos con otros sonidos callejeros)

sábado, 18 de diciembre de 2021

RELATOS DEL FIN DE SEMANA: LAS CALLES SONORAS (1)

 


Ahora que las calles han sido invadidas por nuestros coches, camiones y autobuses, privándonos de aquellos espacios de juego y de los sonidos del día a día que animaban las calles de la Villa, bueno es echar la vista atrás y recordarlos.

En primer lugar, citaremos los sonidos cotidianos. Los que vivían cerca de la ría conocían de memoria el traqueteo del puente, el chirriar del tren y el silbar del jefe de estación para dar salida al convoy, los toques de bocina de los barcos pidiendo paso al maquinista del puente o los repiqueteos del encargado de picar la pintura vieja y la roña a los remolcadores.

Los cercanos al tranvía conocían el “clónclón” de cada unidad y el estridente sonido de sus frenos o el de la campana que avisaba a los peatones despistados de su presencia o a los pasajeros que llegaba una próxima parada. Los días de viento sur, también se oía a lo lejos el “cuerno” del Altos Hornos que llamaba al turno de trabajo o al merecido fin de jornada.

Todos los demás, escuchábamos con atención los toques de campana que señalaban “los cuartos, las medias y las enteras”, las llamadas a misa, el toque del Ángelus, los toques lastimeros “a muerto” que diferenciaban si el fallecido era hombre, mujer o niño, el de “a rebato” o el “tentenublo” para alejar las tormentas. Y si hablamos de campanas, no podemos olvidar la campanilla que hacía sonar el monaguillo por las calles “Tilíntilín, tilíntilín” mientras el cura llevaba el Viático a un enfermo.

Pero a todos estos sonidos, había que añadir los del quehacer diario. Antiguamente, contaba Ciriquiaín, los días de viento sur el atabalero recorría las calles anunciando con sus redobles el peligro de fuego. Las mujeres se avisaban: “¡El sur, el sur! , moderando el tiro de la chapa.

Los que vivían cerca de escuelas, colegios, ikastolas y demás centros escolares, estábamos “curados de espanto” de las lloreras de comienzo de curso o de las salidas en tropel al recreo donde se mezclaban los balonazos con los cantos durante los juegos de corro, de la cuerda o de la goma, etc. De repente, el bullicio cesaba y comenzaba los melodiosos: “¡Dos por una es dos, dos por dos cuatro,….!”, “¡El Ebro nace en Fontibre, provincia de Santander!” o los franquistas: “Isabel y Fernando, el espíritu impera…” o “Montañas nevadas...” con los que pretendían fomentar el “Espíritu Nacional”. La chavalería les cambiaba la letra, resultando que “Isabel y Fernando tuvieron un hijito, le pusieron Jaimito…”o que “¡Franco, Franco, que tiene el culo blanco….!.

Por las calles se oía, los días que tocaba, la corneta del basurero: “tutututu”. No había escusas, tocaba bajar la lata o el balde con la ceniza (el resto se quemaba en la chapa) al camión que sustituyó a los carros de la basura. El basurero subido en el volquete golpeabael recipiente contra la cartola, “plonplon”, para vaciarlo por completo y de nuevo para casa.

José Luis Garaizabal Flaño
(seguiremos con otros sonidos callejeros)

jueves, 22 de julio de 2021

ARRAUN ZAHARRA, por José Benito López Ocariz

 


La última vez que estuve con José Benito fue en la residencia del “Asilo”. Estaba pensativo y como absorto (he dudado en recoger su imagen de aquellos últimos días) y cuando la religiosa le anunció cariñosamente, ¿José Benito, a que no sabes quién viene a verte? Levantó la vista y la replicó con desgana: es que es Vd. tonta, no ve que es mi gran amigo Rubén?.

Es lo que se me quedó grabado de aquella última visita. Hoy tras decidir incluirle en el próximo Diccionario Biográfico Portugalujo, recojo uno de sus muchos escritos, que lleva como dedicatoria, escrita a mano, y fechada el 22 de agosto de 1990, “para Alfredo Cobos maestro en la práctica y en la teoría del remo”: 

No ha mucho que cruzando LA RIA -nuestra RIA DE PORTUGALETE- vi un remo que flotaba empujado por la corriente hacia LA MAR. Era un viejo remo. Antiguo de forma y desgastado de tanto apalancar agua. Roído por el roce sobre el carel y contra el tolete. El frotar en el dogal del estrobo le había marcado profundamente. Conservaba puña, guión, luchadero, caña y pala, pero el uso largo y continuado lo había convertido en una ruina.

Dicen que los ríos van a morir al MAR. El viejo remo que flotaba en su última singladura, peregrinaba mecido por el río hacia su destino en la orilla de cualquiera de las playas de EL ABRA. Y el remo que antes batía el agua orgulloso de su fuerza, ahora quedará en la arena junto a los desperdicios que arrastra y deposita la marea. Cuando limpien la playa lo echarán al camión y luego a la escombrera. Allí terminará sus días enterrado entre basura. Mal pago para toda una vida de duro bregar por esas aguas donde, quizás con su esforzado bogar, participó en el salvamento de náufragos en la peligrosa BARRA DE PORTUGALETE que desapareció al encauzar LA RIA. O contribuyó al sostenimiento de la familia de un humilde pescador. Quién sabe si su empuje llevó a una trainera al triunfo y, al final de la regata, fue levantado como ganador. Pudo servir de modelo ¿porqué no? para esos cuadros tan queridos de los pintores vascos (Arrúe, Arteta, Zubiaurre... ), donde el curtido arrantzale amorosamente empuña o carga al hombro el remo compañero leal de tantos trabajos.

Pero aquello ya pasó y no volverá. Ahora se da la paradoja de que flota, pero está hundido. Sólo le queda el basurero.

Mi dolor y mi simpatía por el viejo remo me hizo pensar que la llama de un hogar hubiera sido una muerte más digna para él. Pero ya nadie recoge leña en la playa para el fuego de casa.

Los antiguos marinos celtas consideraban a los remos tanto como a las personas más queridas de la familia. Les designaban con nombres de famosos héroes del clan y les reservaban un lugar junto al fuego en los días de frio. Y cuando ya viejos o rotos los enterraban con honores. El remo que yo vi flotar no iba a tener tanta suerte. Las campanas de Santa María no sonaran en honor del remo zozobrado.

Y… y ya no pude seguir cavilando en el tema que tenía in mente. El golpe contra los pilotes de las escaleras de Las Arenas, del bote que me llevaba, me sacó de mi ensueño.

El viejo remo se fue RIA abajo y yo me fui RIA arriba por el camino que hace años fue de sirga, con el triste pensamiento y la amarga convicción de que la vida de muchos hombres ¡TANTOS TRABAJOS Y PENALIDADES PARA TAN MAL PAGO! Ha sido y es como la del pobre remo que ya estaría pasando bajo el entramado de hierro centenario que es el PUENTE que, como seña de identidad, nos regaló Don Alberto Palacio y que ya caracteriza a PORTUGALETE tanto como la nave de nuestro escudo.

Y allá, entre ambas márgenes de LA RIA, entre las dos orillas que une nuestro PUENTE, quedaron mis sentimientos y mi pesar cargados de romanticismo caduco y trasnochado por un viejo remo que moría.