viernes, 9 de enero de 2026

LOS RECUERDOS DE MARTINTXU: AQUELLOS MIEDOS DE LOS AÑOS 60


¿Es el miedo una parte legítima de nuestra historia local?
 Hoy en este blog rompemos el silencio sobre aquellas sensaciones que marcaron el Portugalete de los 60. A través de este relato de Martintxu que teníamos traspapelado, nos invita a recorrer esa geografía de la zozobra con el respeto al uniforme gris y los silencios de la dictadura, el eco de las leyendas urbanas, el temor a la vara en la escuela, los sermones de la iglesia,…

Os invitamos a leer este relato íntimo que no busca señalar culpables, sino rescatar del olvido aquellas vivencias —unas reales y otras soñadas— que también forman parte de nuestra historia común. 

Esta entrada no va de personajes ni de nombres, trata de todos. Y hablaré de, creo, nuestros miedos; eso sí, basándome de mis recuerdos de infancia y hasta de adolescencia. No estoy seguro de que El Mareómetro sea el foro para reflejarlo, pero, si compartimos otras vivencias, ¿porqué no los miedos que vivimos o soñamos? 

Inicio el relato activando el hipocampo y lo primero que me llega a la tecla es escribir sobre el miedo social, la dictadura seguía su curso, que duró unos 20 años más, que daba lugar a que cualquier uniforme gris, verde o azul marino fuera motivo de zozobra y conversación en voz queda.

No es mi primera evocación, pero marca recordar, sobre todo, las actitudes, de las personas mayores cercanas. Aún hoy, plantear conversaciones sobre aquellos años, no es actividad buscada. Parece que todo el mundo lleve culpas escondidas.

Y no es de extrañar, cualquier sermón sacerdotal, producía pesadillas. Eso, en Portu porque en Castrillo de Duero (Valladolid), se salía tremendamente asustado ante los castigos divinos que nos amenazaban.

Ese es un lugar en el que acudir a la misa dominical era absolutamente obligado, no ya por los preceptos religiosos, sino por el propio ambiente social, recato -le decían-, que imponía las mangas largas y, a las mujeres, la falda a media pierna y velo.

En mi Portu del 60, no había lobos, pero si rondaba el “sacamantecas”, y nuestras madres nos impedían ir a jugar o a coger grillos a Campazar o a Los Hoyos, ya ese “animal”, que era situado en torno a la cantera de Cabieces. Supimos después que esa fue una leyenda urbana. Otra.

¡No era leyenda urbana, no, pero las visitas tanto al practicante, ah! Felipe, como al dentista, ah! Don Jaime, eran motivo de fuertes temores infantiles. Por lo menos antes de las citas. Después, el miedo reaparecía, pero era en el relato a los otros niños, que, igual de encogidos por lo que habían escuchado, esperaban la atroz consulta. Era un círculo abierto que continuaba en el tiempo.

La escuela constituye un motivo poco agradable al relato: hasta la llegada de Don Emilio, de quien ya hablé en otra entrada, las varas, los capones y castigos de tarea -auténticos trabajos forzados-, ¿verdad Don Antonio?, producían un temor diario a la asistencia a clases. Nada decíamos en casa, por si acaso,¡buf, podía ser peor!.

Yo, hasta Don Emilio, hice muchas piras, sí. Desde entonces hasta terminar los estudios, nunca.

Concluiré con el miedo al castigo familiar. Los zapatillazos en el culo, después de una trastada, eran causa de temor; dolía, sí, pero había luz, se veía; no así en el cuarto oscuro, un siniestro ropero sin interruptor interior para la lámpara, lo que, a puerta cerrada, era horrendo, sobre todo, después de que algún amigo nos contara la última peli de Drácula en la calle.

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