Os invitamos a leer este relato íntimo que no busca señalar culpables, sino rescatar del olvido aquellas vivencias —unas reales y otras soñadas— que también forman parte de nuestra historia común.
Esta entrada no va de personajes ni de nombres, trata de todos. Y hablaré de, creo, nuestros miedos; eso sí, basándome de mis recuerdos de infancia y hasta de adolescencia. No estoy seguro de que El Mareómetro sea el foro para reflejarlo, pero, si compartimos otras vivencias, ¿porqué no los miedos que vivimos o soñamos?
Inicio el relato activando el
hipocampo y lo primero que me llega a la tecla es escribir sobre el miedo
social, la dictadura seguía su curso, que duró unos 20 años más, que daba
lugar a que cualquier uniforme gris, verde o azul marino fuera motivo de
zozobra y conversación en voz queda.
No es mi primera evocación, pero
marca recordar, sobre todo, las actitudes, de las personas mayores cercanas.
Aún hoy, plantear conversaciones sobre aquellos años, no es actividad buscada.
Parece que todo el mundo lleve culpas escondidas.
Y no es de extrañar, cualquier
sermón sacerdotal, producía pesadillas. Eso, en Portu porque en Castrillo
de Duero (Valladolid), se salía tremendamente asustado ante los castigos
divinos que nos amenazaban.
Ese es un lugar en el que acudir a
la misa dominical era absolutamente obligado, no ya por los preceptos
religiosos, sino por el propio ambiente social, recato -le decían-, que imponía
las mangas largas y, a las mujeres, la falda a media pierna y velo.
En mi Portu del 60, no había lobos,
pero si rondaba el “sacamantecas”, y nuestras madres nos impedían ir a jugar o
a coger grillos a Campazar o a Los Hoyos, ya ese “animal”, que era situado en
torno a la cantera de Cabieces. Supimos después que esa fue una leyenda urbana.
Otra.
¡No era leyenda urbana, no, pero
las visitas tanto al practicante, ah! Felipe, como al dentista, ah! Don Jaime,
eran motivo de fuertes temores infantiles. Por lo menos antes de las citas.
Después, el miedo reaparecía, pero era en el relato a los otros niños, que,
igual de encogidos por lo que habían escuchado, esperaban la atroz consulta.
Era un círculo abierto que continuaba en el tiempo.
La escuela constituye un motivo
poco agradable al relato: hasta la llegada de Don Emilio, de quien ya hablé en
otra entrada, las varas, los capones y castigos de tarea -auténticos trabajos
forzados-, ¿verdad Don Antonio?, producían un temor diario a la asistencia a
clases. Nada decíamos en casa, por si acaso,¡buf, podía ser peor!.
Yo, hasta Don Emilio, hice muchas
piras, sí. Desde entonces hasta terminar los estudios, nunca.
Concluiré con el miedo
al castigo familiar. Los zapatillazos en el culo, después de una trastada,
eran causa de temor; dolía, sí, pero había luz, se veía; no así en el cuarto
oscuro, un siniestro ropero sin interruptor interior para la lámpara, lo que, a
puerta cerrada, era horrendo, sobre todo, después de que algún amigo nos
contara la última peli de Drácula en la calle.

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