lunes, 5 de enero de 2026

LA GUERRA DE LOS REMOLCADORES Y EL FIN DE UNA ERA A MEDIADOS DEL SIGLO XIX

  
Ahora que comenzamos el nuevo año con un conflicto laboral en la ría y los amarradores en lucha, volvemos sobre el libro de J. Robertson, Sucedió en la ría de Bilbao, en la que nos recuerda otro episodio que protagonizaron los lemanes y gente dedicada al atoaje allá por el siglo XIX.

Corre el año 1855. La fisonomía de la ría está a punto de cambiar para siempre. En los muelles de Portugalete un nuevo elemento irrumpe en el paisaje: el humo negro y el ruidoso chapoteo de las paletas del vapor-remolcador "Bilbao". Al mando de su maquinaria, un escocés que hará historia en la Villa: John Mary Robertson.

Para nuestra gente aquel ingenio mecánico no era progreso, era una amenaza directa a su pan. La tensión en la barra se podía cortar con un cuchillo.

Donde antes se necesitaba la fuerza de brazos expertos y el conocimiento de las corrientes para salvar el peligroso paso, ahora una máquina pretendía hacer el trabajo en una fracción del tiempo. Los trabajadores del mar no tardaron en bautizar al ingenio como la usurpadora del jornal ya que el motor realizaba de forma mecánica el trabajo que antes requería el esfuerzo muscular de muchos hombres en las labores de atoaje y lemanaje.

Las crónicas de la época nos hablan de una hostilidad "furibunda". No eran solo malas miradas en las tabernas del Casco Viejo; eran acciones defensivas organizadas. Los marinos, herederos de siglos de tradición náutica, veían cómo el capital de las grandes familias industriales traía tecnología extranjera que los desplazaba.

Hubo sabotajes velados y una resistencia pasiva que Robertson tuvo que sortear con templanza escocesa. El conflicto representaba la lucha clásica de la Revolución Industrial: el músculo del hombre frente al pistón de vapor.

Además, se añadía una fuerte competencia incluso entre los propios marinos de diferentes localidades. Se narra una anécdota donde los de Portugalete salieron a auxiliar a un buque próximo a la barra, pero al ver que una lancha de Santurtzi se les había adelantado, les recriminaron el "privarles de ganar el lemanaje". La respuesta de los santurzanos fue un gráfico "corte de mangas", ilustrando la tensión constante que se vivía por conseguir cada servicio en la ría.

La ironía quiso que, en febrero de 1855, el flamante remolcador terminara embarrancado en las peñas de la playa de Portugalete tras un enredo con un cabo. Seguramente, más de un marino local esbozó una sonrisa amarga al ver al "gigante de hierro" sucumbir ante la misma ría que ellos dominaban a remo. Sin embargo, aquel accidente solo fue un paréntesis. Robertson no solo reparó la maquinaria, sino que demostró que el vapor era imparable.

Con el tiempo, su figura se integró en el tejido social de Portugalete, casándose con Pía Juana García y fundando una estirpe de industriales. Pero la historia de la Ría no sería la misma sin recordar aquellos días de furia en la barra, cuando los últimos románticos del remo intentaron detener, en vano, el avance de la era del vapor.

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