
Corre el año 1855. La fisonomía de la ría está a punto de cambiar para
siempre. En los muelles de Portugalete un nuevo elemento irrumpe en el paisaje:
el humo negro y el ruidoso chapoteo de las paletas del vapor-remolcador
"Bilbao". Al mando de su maquinaria, un escocés que hará historia en
la Villa: John Mary Robertson.
Para nuestra gente aquel ingenio mecánico no era progreso, era una amenaza
directa a su pan. La tensión en la barra se podía cortar con un cuchillo.
Donde antes se necesitaba la fuerza de brazos expertos y el conocimiento de
las corrientes para salvar el peligroso paso, ahora una máquina pretendía hacer
el trabajo en una fracción del tiempo. Los trabajadores del mar no tardaron en
bautizar al ingenio como la usurpadora del jornal ya que el motor
realizaba de forma mecánica el trabajo que antes requería el esfuerzo muscular
de muchos hombres en las labores de atoaje y lemanaje.
Las crónicas de la época nos hablan de una hostilidad
"furibunda". No eran solo malas miradas en las tabernas del Casco
Viejo; eran acciones defensivas organizadas. Los marinos, herederos de siglos
de tradición náutica, veían cómo el capital de las grandes familias
industriales traía tecnología extranjera que los desplazaba.
Hubo sabotajes velados y una resistencia pasiva que Robertson tuvo que
sortear con templanza escocesa. El conflicto representaba la lucha clásica de
la Revolución Industrial: el músculo del hombre frente al pistón de vapor.
Además, se añadía una fuerte competencia incluso
entre los propios marinos de diferentes localidades. Se narra una anécdota
donde los de Portugalete salieron a auxiliar a un buque próximo a la barra,
pero al ver que una lancha de Santurtzi se les había adelantado, les recriminaron
el "privarles de ganar el lemanaje". La respuesta de los santurzanos
fue un gráfico "corte de mangas", ilustrando la tensión constante que
se vivía por conseguir cada servicio en la ría.
La ironía quiso que, en febrero de 1855, el flamante remolcador terminara
embarrancado en las peñas de la playa de Portugalete tras un enredo con un
cabo. Seguramente, más de un marino local esbozó una sonrisa amarga al ver al
"gigante de hierro" sucumbir ante la misma ría que ellos dominaban a
remo. Sin embargo, aquel accidente solo fue un paréntesis. Robertson no solo
reparó la maquinaria, sino que demostró que el vapor era imparable.
Con el tiempo, su figura se integró en el tejido social de Portugalete, casándose
con Pía Juana García y fundando una estirpe de industriales. Pero la historia
de la Ría no sería la misma sin recordar aquellos días de furia en la barra,
cuando los últimos románticos del remo intentaron detener, en vano, el avance
de la era del vapor.
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