"Llegamos
al cierre del relato de Martintxu. En esta tercera y última entrega, los
recuerdos se trasladan a las aulas de Zubeldia y el Colegio Santa María. El
autor nos relata con nostalgia y humor su paso por el sistema educativo de la
época y esos pequeños “ritos de paso” —como el primer cigarrillo o el doblado
del periódico— que marcaban el fin de la adolescencia y la entrada definitiva
en el mundo de los adultos."
Por esa época, mis siete años, me contagié
de sarampion -eran otros tiempos- y el reposo obligado dió lugar a que mi
fisionomía sufriera el "estirón del sarampión", ó sea el crecimiento
de los huesos largos al terminar el proceso de fiebres.
Estaba entonces en la clase de Don Vicente,
en 3º, en la escuela Zubeldia y era tiempo de catequésis -que cursé en la
antigua Escuela Parroquial- y de mi primera comunión. En la catequésis hacian
un sorteo, participando con una moneda de dos reales, y en mi primera
asistencia me tocó el premio de una pelota de plástico, verde, dura, botaba
mucho pero hacía daño al darle patadas en el patio de casa, en el nº16 de El
Ojillo.
Y ocurre que, a la inversa de esos que
andan por ahí con el espectáculo "Yo hice la EGB", yo no hice la EGB, yo hice cuatro
cursos de los "Estudios Primarios" y no llegué a obtener el
Certificado que acreditaba que había completado ese nivel de Estudios
Primarios. Eso era algo que los maestros nos "vendían" como la
solución ideal para nuestro futuro.
Salí de ese Plan de Estudios en el año
1965, en dirección al Colegio Santa María, a obtener el Bachillerato, primero
Elemental y luego, Superior y aprobé ambas reválidas.
De esos primeros cuatro cursos en Estudios
Primarios, hay dos que ni mencionaré, uno en Zubeldia; el otro, en Ruperto
Medina. Mis piras (campanas, novillos, pellas) en esos cursos fueron
frecuentes. De puro miedo bilateral: al maestro y a que lo contara en casa.
Los otros dos, Don Vicente y Don Emilio,
fueron claves en mi vida: aprendí y deseé aprender, quería ir a clase a su
clase.
Sus aulas eran otro mundo en el mismo
edificio de la "Educación y Ciencia",
sección escuelas nacionales. Allí, no se hacía clase magistral, no, habia
interacción y prácticas, se preguntaba y se escuchaba. Usábamos la cabeza, si,
y las manos.
Y llegó el Bachillerato, decía, y
Profesores, ya no Maestros; Asignaturas, y no Temas, con un profesor en cada
asignatura, a quien esperábamos sin movernos del asiento. Y entrábamos al aula
del colegio, ordenadamente y en silencio, desde el patio, donde habiamos
formado en columna de a dos, en orden de cursos pero, bajo la vigilamcia del
Hermano Prefecto, sin cantar canciones de gesta ni himnos de hazaña.
Poco a poco, ibamos conociendo al
profesorado del Colegio y haciendo algo muy frecuente entre la chavalería:
ponerle un mote, un alias según su porte, manías, origen,... no indicaré aqui
esos motes, lo siento: quedaría "faltón", el recuerdo no lapida las
ganas de contarlo, pero será objeto de otra entrada..
Y crecíamos, los deseos e inclinaciones
profesionales de cara al futuro iban apareciendo, progresivamente, según
desarrollábamos los estudios y la experiencia. Al superar la reválida elemental
ya podíamos recibir el tratamiento de "Don Fulano de tal".
Ese era un tránsito a otro estatus juvenil,
en el que cuidábamos de imitar a los mayores, y empezábamos a fumar.
Ante la escasez de fondos, las pagas
semanales duraban poco, comprábamos cigarrillos sueltos en los puestillos de
chuches: Celtas, Ducados, Peninsulares, Vencedor, Camel, Bisonte, Ideales,
Rumbo, Antillana -con su papel dulce-, Tres Carabelas, Marlboro, Lucky Strike,
Chesterfield, Winston,... o los mentolados Piper, Rocío y Kool, que
compartíamos con los amigos.
Los cigarrillos americanos, en ocasiones,
los conseguíamos "de contrabando", bajo el mostrador, con discreción
y tampoco mencionaré dónde, disculpad: eso dejaría en mal lugar a los
ascendientes de los actuales gestores del negocio.
Lo de fumar puros sería para mucho más
tarde, aunque sí que nos fijábamos en que, durante las sobremesas y echando las
partidas, alguno de los veteranos sacaba un puro y lo estrujaba. Farias y
Alvaro, era lo que teníamos al alcance del monedero. Tener un Montecristo o un
Bolivar, era por bodas o por despedidas ó traslados laborales.
Años después pregunté el porqué de esa
prueba: qué se buscaba ? El tabaco seco o excesivamente húmedo? Pues, no, era
para saber si estaba elaborado con hoja ó solo envuelto en picadura y recortes.
Y, más que nada, era sólo un detalle de taberna del que se ufanaban algunos.
Y nos quedaban todavia dos cursos, 5º y 6º
de Bachillerato, con quince y dieciseis años,
madurando decisiones para el desarrollo posterior o ya muy maduradas. En
esa época, los profesores ya nos tratan con deferencia y casi de Usted.
Algunos, que no salieron del cole tras la
reválida de cuarto, pero no desean llegar a la Universidad ya comienzan a
indicar su apuesta de futuro en la Escuela de Náutica, en la Escuela de
Peritos, en la Escuela de Minas, en la Escuela de Comercio (pocos), ... e
incluso uno, a la Escuela de Aparejadores en Valladolid. Solo uno de nosotros
manifiesta su intención de ir a Zaragoza, a la Academia General Militar.
Luego, vendría el COU sustituyendo al PREU,
donde ya habían una asignaturas comunes y otras, optativas, que eran elegidas
según la dirección que tomarían los estudios universitarios o ingenieriles.
El siguiente rito de iniciacion a la
adultez, entre los 15 y los 18, cuando dejamos la adolescencia es una etapa de
transición hacia la madurez y eso lo marcaba la compra del periódico, que
indica que el joven ya dispone de fondos propios, y su doblado correcto para
guardarlo en la chaqueta, o gabardina, sin que se arrugue en exceso, viene a
evidenciar que uno es ya serio y, entre hombres, ya es invitado a tomar algún
txikito.
Un detalle de urbanidad en esa época, era
que si se deseaba el diario, y no se encontraba presente el kiosquero, se cogía
y se depositaba su importe sobre el paquete de esos periódicos recién
entregados por el distribuidor.
Había otros ritos de Urbanidad, que con la
Puntualidad, el Aseo y otros, que eran valorados con nota en la Cartilla de
Escolaridad, de la que adjunto copia de una hoja.

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