viernes, 30 de enero de 2026

¿QUIÉN FABRICA LOS RECUERDOS? (III): EL PUPITRE, EL ESTANCO Y EL PERIÓDICO

 

"Llegamos al cierre del relato de Martintxu. En esta tercera y última entrega, los recuerdos se trasladan a las aulas de Zubeldia y el Colegio Santa María. El autor nos relata con nostalgia y humor su paso por el sistema educativo de la época y esos pequeños “ritos de paso” —como el primer cigarrillo o el doblado del periódico— que marcaban el fin de la adolescencia y la entrada definitiva en el mundo de los adultos."

Por esa época, mis siete años, me contagié de sarampion -eran otros tiempos- y el reposo obligado dió lugar a que mi fisionomía sufriera el "estirón del sarampión", ó sea el crecimiento de los huesos largos al terminar el proceso de fiebres.

Estaba entonces en la clase de Don Vicente, en 3º, en la escuela Zubeldia y era tiempo de catequésis -que cursé en la antigua Escuela Parroquial- y de mi primera comunión. En la catequésis hacian un sorteo, participando con una moneda de dos reales, y en mi primera asistencia me tocó el premio de una pelota de plástico, verde, dura, botaba mucho pero hacía daño al darle patadas en el patio de casa, en el nº16 de El Ojillo.

Y ocurre que, a la inversa de esos que andan por ahí con el espectáculo "Yo hice la EGB", yo no hice la EGB, yo hice cuatro cursos de los "Estudios Primarios" y no llegué a obtener el Certificado que acreditaba que había completado ese nivel de Estudios Primarios. Eso era algo que los maestros nos "vendían" como la solución ideal para nuestro futuro.

Salí de ese Plan de Estudios en el año 1965, en dirección al Colegio Santa María, a obtener el Bachillerato, primero Elemental y luego, Superior y aprobé ambas reválidas.

De esos primeros cuatro cursos en Estudios Primarios, hay dos que ni mencionaré, uno en Zubeldia; el otro, en Ruperto Medina. Mis piras (campanas, novillos, pellas) en esos cursos fueron frecuentes. De puro miedo bilateral: al maestro y a que lo contara en casa.

Los otros dos, Don Vicente y Don Emilio, fueron claves en mi vida: aprendí y deseé aprender, quería ir a clase a su clase.

Sus aulas eran otro mundo en el mismo edificio de la "Educación y Ciencia", sección escuelas nacionales. Allí, no se hacía clase magistral, no, habia interacción y prácticas, se preguntaba y se escuchaba. Usábamos la cabeza, si, y las manos.

Y llegó el Bachillerato, decía, y Profesores, ya no Maestros; Asignaturas, y no Temas, con un profesor en cada asignatura, a quien esperábamos sin movernos del asiento. Y entrábamos al aula del colegio, ordenadamente y en silencio, desde el patio, donde habiamos formado en columna de a dos, en orden de cursos pero, bajo la vigilamcia del Hermano Prefecto, sin cantar canciones de gesta ni himnos de hazaña.

Poco a poco, ibamos conociendo al profesorado del Colegio y haciendo algo muy frecuente entre la chavalería: ponerle un mote, un alias según su porte, manías, origen,... no indicaré aqui esos motes, lo siento: quedaría "faltón", el recuerdo no lapida las ganas de contarlo, pero será objeto de otra entrada..  

Y crecíamos, los deseos e inclinaciones profesionales de cara al futuro iban apareciendo, progresivamente, según desarrollábamos los estudios y la experiencia. Al superar la reválida elemental ya podíamos recibir el tratamiento de "Don Fulano de tal".

Ese era un tránsito a otro estatus juvenil, en el que cuidábamos de imitar a los mayores, y empezábamos a fumar.

Ante la escasez de fondos, las pagas semanales duraban poco, comprábamos cigarrillos sueltos en los puestillos de chuches: Celtas, Ducados, Peninsulares, Vencedor, Camel, Bisonte, Ideales, Rumbo, Antillana -con su papel dulce-, Tres Carabelas, Marlboro, Lucky Strike, Chesterfield, Winston,... o los mentolados Piper, Rocío y Kool, que compartíamos con los amigos.

Los cigarrillos americanos, en ocasiones, los conseguíamos "de contrabando", bajo el mostrador, con discreción y tampoco mencionaré dónde, disculpad: eso dejaría en mal lugar a los ascendientes de los actuales gestores del negocio.

Lo de fumar puros sería para mucho más tarde, aunque sí que nos fijábamos en que, durante las sobremesas y echando las partidas, alguno de los veteranos sacaba un puro y lo estrujaba. Farias y Alvaro, era lo que teníamos al alcance del monedero. Tener un Montecristo o un Bolivar, era por bodas o por despedidas ó traslados laborales.

Años después pregunté el porqué de esa prueba: qué se buscaba ? El tabaco seco o excesivamente húmedo? Pues, no, era para saber si estaba elaborado con hoja ó solo envuelto en picadura y recortes. Y, más que nada, era sólo un detalle de taberna del que se ufanaban algunos.

Y nos quedaban todavia dos cursos, 5º y 6º de Bachillerato, con quince y dieciseis años,  madurando decisiones para el desarrollo posterior o ya muy maduradas. En esa época, los profesores ya nos tratan con deferencia y casi de Usted.

Algunos, que no salieron del cole tras la reválida de cuarto, pero no desean llegar a la Universidad ya comienzan a indicar su apuesta de futuro en la Escuela de Náutica, en la Escuela de Peritos, en la Escuela de Minas, en la Escuela de Comercio (pocos), ... e incluso uno, a la Escuela de Aparejadores en Valladolid. Solo uno de nosotros manifiesta su intención de ir a Zaragoza, a la Academia General Militar. 

Luego, vendría el COU sustituyendo al PREU, donde ya habían una asignaturas comunes y otras, optativas, que eran elegidas según la dirección que tomarían los estudios universitarios o ingenieriles.

El siguiente rito de iniciacion a la adultez, entre los 15 y los 18, cuando dejamos la adolescencia es una etapa de transición hacia la madurez y eso lo marcaba la compra del periódico, que indica que el joven ya dispone de fondos propios, y su doblado correcto para guardarlo en la chaqueta, o gabardina, sin que se arrugue en exceso, viene a evidenciar que uno es ya serio y, entre hombres, ya es invitado a tomar algún txikito.

Un detalle de urbanidad en esa época, era que si se deseaba el diario, y no se encontraba presente el kiosquero, se cogía y se depositaba su importe sobre el paquete de esos periódicos recién entregados por el distribuidor.

Había otros ritos de Urbanidad, que con la Puntualidad, el Aseo y otros, que eran valorados con nota en la Cartilla de Escolaridad, de la que adjunto copia de una hoja.

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