jueves, 22 de julio de 2021

ARRAUN ZAHARRA, por José Benito López Ocariz

 


La última vez que estuve con José Benito fue en la residencia del “Asilo”. Estaba pensativo y como absorto (he dudado en recoger su imagen de aquellos últimos días) y cuando la religiosa le anunció cariñosamente, ¿José Benito, a que no sabes quién viene a verte? Levantó la vista y la replicó con desgana: es que es Vd. tonta, no ve que es mi gran amigo Rubén?.

Es lo que se me quedó grabado de aquella última visita. Hoy tras decidir incluirle en el próximo Diccionario Biográfico Portugalujo, recojo uno de sus muchos escritos, que lleva como dedicatoria, escrita a mano, y fechada el 22 de agosto de 1990, “para Alfredo Cobos maestro en la práctica y en la teoría del remo”: 

No ha mucho que cruzando LA RIA -nuestra RIA DE PORTUGALETE- vi un remo que flotaba empujado por la corriente hacia LA MAR. Era un viejo remo. Antiguo de forma y desgastado de tanto apalancar agua. Roído por el roce sobre el carel y contra el tolete. El frotar en el dogal del estrobo le había marcado profundamente. Conservaba puña, guión, luchadero, caña y pala, pero el uso largo y continuado lo había convertido en una ruina.

Dicen que los ríos van a morir al MAR. El viejo remo que flotaba en su última singladura, peregrinaba mecido por el río hacia su destino en la orilla de cualquiera de las playas de EL ABRA. Y el remo que antes batía el agua orgulloso de su fuerza, ahora quedará en la arena junto a los desperdicios que arrastra y deposita la marea. Cuando limpien la playa lo echarán al camión y luego a la escombrera. Allí terminará sus días enterrado entre basura. Mal pago para toda una vida de duro bregar por esas aguas donde, quizás con su esforzado bogar, participó en el salvamento de náufragos en la peligrosa BARRA DE PORTUGALETE que desapareció al encauzar LA RIA. O contribuyó al sostenimiento de la familia de un humilde pescador. Quién sabe si su empuje llevó a una trainera al triunfo y, al final de la regata, fue levantado como ganador. Pudo servir de modelo ¿porqué no? para esos cuadros tan queridos de los pintores vascos (Arrúe, Arteta, Zubiaurre... ), donde el curtido arrantzale amorosamente empuña o carga al hombro el remo compañero leal de tantos trabajos.

Pero aquello ya pasó y no volverá. Ahora se da la paradoja de que flota, pero está hundido. Sólo le queda el basurero.

Mi dolor y mi simpatía por el viejo remo me hizo pensar que la llama de un hogar hubiera sido una muerte más digna para él. Pero ya nadie recoge leña en la playa para el fuego de casa.

Los antiguos marinos celtas consideraban a los remos tanto como a las personas más queridas de la familia. Les designaban con nombres de famosos héroes del clan y les reservaban un lugar junto al fuego en los días de frio. Y cuando ya viejos o rotos los enterraban con honores. El remo que yo vi flotar no iba a tener tanta suerte. Las campanas de Santa María no sonaran en honor del remo zozobrado.

Y… y ya no pude seguir cavilando en el tema que tenía in mente. El golpe contra los pilotes de las escaleras de Las Arenas, del bote que me llevaba, me sacó de mi ensueño.

El viejo remo se fue RIA abajo y yo me fui RIA arriba por el camino que hace años fue de sirga, con el triste pensamiento y la amarga convicción de que la vida de muchos hombres ¡TANTOS TRABAJOS Y PENALIDADES PARA TAN MAL PAGO! Ha sido y es como la del pobre remo que ya estaría pasando bajo el entramado de hierro centenario que es el PUENTE que, como seña de identidad, nos regaló Don Alberto Palacio y que ya caracteriza a PORTUGALETE tanto como la nave de nuestro escudo.

Y allá, entre ambas márgenes de LA RIA, entre las dos orillas que une nuestro PUENTE, quedaron mis sentimientos y mi pesar cargados de romanticismo caduco y trasnochado por un viejo remo que moría.

2 comentarios:

  1. y despues de decir lo de mi gran amigo, metí un pie en el orinal y me desperté del sueño

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  2. Magnífico el escrito de José Benito. Un escrito lleno de nostalgia y amor por la ría portugaluja. Sólo coincidimos dos o tres veces, pero fueron suficientes para que me narrara cuantas historias jarrilleras le venían a la mente. Benito, y tantos otros como él, siguen viviendo en aquellos que les recordamos

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