viernes, 12 de agosto de 2016

SAN ROQUE Y LA TIÑA EN SESTAO



Continuamos hoy con la colaboración de José Luis Garaizabal, que será el portugalujo que más conoce de las imágenes de San Roque por el mundo, y que recoge el relato de Carlos Ibáñez, publicado en EZAGUTU BARAKALDO, extraído seguramente de su libro “Cuentos, leyendas y sucedidos”, hecho que no puede confirmar, pues al igual que otros se encuentra veraneando fuera de Bizkaia. Las imágenes que lo ilustran son de El Regato.

Cuentan que hace muchísimos años hubo una peste de tiña que afectó con mucha más intensidad a nuestros hermanos del Concejo de Sestao. Las hierbas y pócimas de los curanderos no conseguían paliar los sufrimientos, fue entonces cuando se acordaron de los santos y, entre éstos, eligieron a San Roque por ser el Patrón de las pestes. Creyentes y otros que no creían tanto, acordaron poner en conoci­miento del señor cura Párroco sus intenciones, para rezar y suplicar a San Roque por la salud de sus familiares y amigos enfermos.
Al cura no le pareció nada mal el acuerdo tomado y pronto y bien mandado tomó referencias y buscó por todos los altares, así como por todos los recovecos de la iglesia y sacristía, una imagen del santo milagrero. Claro, no apareció porque no la tenían. Después de mucho buscar y revolver, el cura no pudo por menos que exclamar:
-«¡Estos mis feligreses sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena!».
En vista de cómo estaban las cosas, alguien insinuó la compra de una imagen del santo, pero como la economía no era muy boyante, tomaron la unánime decisión de pedirla prestada -por unos días- a los de Portugalete.
-¡Pues no está mal la idea! -dijeron todos a coro- y ni cortos ni perezosos se encaminaron hacia la Villa marinera, con la creencia de que aquello era sólo llegar y coger.
Como la distancia era corta, pronto llegaron a la Campa de San Roque y tras preguntar por el responsable de la ermita le comunica­ron el deseo de que les cedieran el Santo.
Pero los feligreses «jarrilleros» muy amantes de su Santo Patrón, dijeron que no hacían concesiones porque no se fiaban de nadie y que se marcharan cuanto antes para que no les contagiaran.
Ante la tajante negativa de los «villanos», la comitiva se puso de regreso a Sestao. Durante el camino, alguien tuvo la feliz idea de acordarse de que en el barrio barakaldés de El Regato se veneraba también a San Roque y, que a falta de uno, bueno era el otro.
- Creo que esta vez no fracasaremos, -dijo el cura- pues tengo mucha amistad con el cura de El Regato.
- Pues vamos allá ahora mismo -apremió el maestro. Esto hay que hacerlo cuanto antes.
-¡Bien dicho! -dijeron a coro todos los acompañantes.
Pronto llegaron a Barakaldo y seguidamente cruzaron la Vega de Ansio para tomar el camino que les llevaría hasta la barranca de El Regato, para así dialogar con el representante religioso de la ermita.
El rechoncho curilla «regatero», sabedor de la epidemia que asola­ba a Sestao, no dudó ni un momento en decirles:
- «¡Ahí lo tenéis!, ponedlo encima de esas andas y que se produz­ca el milagro».
Contentos se vieron los pedigüeños y pronto estuvieron de regre­so, cosa que ya realizaron con muchas prisas sin dar ni las gracias. -«¡Bueno, colega!, -le dijo el cura de Barakaldo al de Sestao- mal está que no me deis ni las gracias, pero por lo menos escuchad las condiciones que pongo para la devolución de San «Roketxu, que no son otras, que deberá estar aquí para el próximo domingo a la hora de la celebración de la Santa Misa».
- ¡No faltaría más! ¡Eso está hecho! -parecieron decir todos a co­ro.
-«¡Pues ya veremos!, que no me fío mucho de vosotros». Transcurrieron los días y tanto San Roque como su perro seguían ausentes, así que la celebración religiosa se celebró con la ausencia del Santo Patrón.
Los feligreses no daban crédito a lo que sus ojos veían y fue enton­ces cuando el sacerdote les comunicó lo sucedido:
-Queridos hermanos, San Roque, nuestro Patrón, hoy nos ha fa­llado y no está presente -como veis- entre nosotros. Hace unos días fue solicitada su presencia «por los hermanos cristianos de Sestao» para curar la tiña de su enfermos y parece ser que no le ha dado tiempo para sanar a todos. Pero yo os prometo que pronto volverá nuestro «Roketxu» y lo hará inmensamente feliz al encontrarse nue­vamente entre nosotros.
Había pasado ya un mes largo, es decir, una larga cuarentena, y los de Sestao parecían estar ya curados. El Santo había cumplido su santa misión, pero no volvía. ¡Estaba bien claro! Le habían tomado tanto cariño al Santo -que los del Concejo- en agradecimiento, decidieron que se quedara en Sestao para siempre.
No les hizo ninguna gracia a los feligreses de la ermita barakaldesa la satisfacción dada por los «tiñosos». Y dicen, que los vecinos de la barranca de El Regato tuvieron que ir a Sestao provistos de estacas, para traerse al Santo por las buenas o por las malas. Hubo sus más y sus menos, pero al final -y en andas portadas a hombros- retorna­ron con el Santo Patrón «milagrero», haciendo votos de que jamás volverían a dejarlo salir de su ermita.
Dicen, y esto nunca lo sabremos, que cuando regresaban, a la altura de la Fuente de Amézaga -en Retuerto- el perro del Santo hizo un significativo movimiento con el rabo, como queriendo demostrar su júbilo por el regreso. No faltó tampoco quien aseveró que el Santo le hizo un leve guiño de ojo a su inseparable y fiel perro. Cuenta la leyenda sobre San Roketxu de El Regato que un recio aldeano del lugar con cara de malas pulgas, exclamó: «Estos tiñosos de Sestao, por poco se quedan con nuestro santo». De hecho, y no es nuevo para nadie, cuando surge el dicho de «Tiñoso», el destinatario siempre es uno de Sestao. Afortunadamente este mote no encierra maldad y todo termina con su correspondiente contestación de «Sar­noso», que recíprocamente les endosan a los de Barakaldo.

Nunca se puso en duda el milagro que realizó nuestro Santo, pero su verdadero y asombroso «Don» fue el unir a dos pueblos a los que sólo separa el cauce de un río. Hay todavía algo en lo que sin embargo no están de acuerdo: los barakaldeses aseguran que el verdadero nombre del río es el Castaños mientras que los sestaoarras dicen que es el Ballonti. De todas maneras, tengo que decir que ambos son sólo dos afluentes de un río común: el Río Galindo.

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