Tras el fallecimiento de Carlos Garaikoetxea, los medios rescatan su papel institucional en la puesta en marcha del Gobierno Vasco. Sin embargo, más allá de los despachos, yo prefiero recordarlo en la cercanía: aquel mayo de 1982, cuando el Lehendakari acudió a Portugalete para apoyar un Ibilaldia que marcaría un antes y un después en la Margen Izquierda.
Me correspondió ser portavoz o
relaciones públicas de la misma y de aquella experiencia me quedó la relación que
tuve con él, su carácter afable y elegante, que me permitiría volver en el
futuro, mientras estuvo en Ajuria Enea, para contar con su colaboración.
Recuerdo
presionar al entonces consejero de Cultura, Pedro Miguel Etxenike, en un
improvisado despacho de Lakua. Le dijimos que el Lehendakari debía estar
presente, aunque nunca hubiera asistido a un Ibilaldia, porque "los de la
Margen Izquierda no somos vascos de segunda". No hizo falta insistir; con
la complicidad de su secretaria, Begoña, nos confirmó su asistencia. Sabía que
el recorrido por La Florida no sería cómodo debido al clima de violencia de
aquellos días, pero su compromiso fue firme.
El paseo fue
tenso. Un grupo ruidoso nos seguía coreando “no estamos todos, faltan los
presos”. En un momento de hartazgo, el Lehendakari se giró y les recriminó con
una frase que al día siguiente sería el gran titular de La Hoja del Lunes:
"Y también faltan los muertos". Fue un instante de valentía
captado al vuelo por nuestro amigo Javier Ortuzar, que luego me facilitaría las
fotos.
Pese al ruido,
aquel recorrido me permitió explicarle la realidad de nuestra zona. Mi propia
presencia como portavoz era el mejor ejemplo: representaba a las ikastolas de
la Margen Izquierda sin hablar euskera —una carencia que él entendió
perfectamente— y representaba a la ikastola Kanpanzar, que entonces ni siquiera
pertenecía a la Federación organizadora.
Al entregarme
un cheque como donativo, aproveché para recordarle, como lo había hecho a los
medios, que el Ibilaldia no debía de ser solo cuestión de dinero para nuestras
necesitadas aulas, sino un impulso vital para el euskera en una Villa donde
ninguna escuela lo impartía aún. Descubrí entonces a un hombre afable y
detallista. Me habló de su lucha en su Pamplona natal como presidente de
ikastola y, al saber que yo acababa de cumplir 41 años y tenía cuatro hijos,
recordó con una sonrisa que él cumpliría 44 apenas dos semanas después.
Fue un
encuentro intenso, solo entorpecido por la insistencia del diputado foral, al que
yo no conocía pues ni siquiera nos había recibido, en salir en la foto. Me
quedó la espina de no poder llevarle a conocer las instalaciones de Kanpanzar tras
explicarle el proceso de nuestra ikastola Errikoa, pionera en la integración en
la red pública que su propio departamento de Educación conocía.
Entre saludos
al autor del cartel, Echarte, y un encuentro fugaz con el bermeano Ormaza —de
quien Garaikoetxea comentó con pesar: "qué mal se han portado con
él"—, su servicio de protección decidió "secuestrarle" hacia el
batzoki y tengamos la fiesta en paz.
Aquel día
conocí a un hombre elegante en el trato y firme en sus convicciones. Hoy, al
recordar su figura, solo puedo desearle que descanse en paz. Goian bego.


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