La fisonomía del Muelle Nuevo sufrió, a finales del franquismo, una de las
transformaciones más agresivas e irreversibles de su historia. La sustitución
del deslumbrante Palacio Gandarias por un imponente bloque de viviendas es el
reflejo de una época en la que la especulación inmobiliaria primó sobre la
conservación del patrimonio histórico y arquitectónico jarrillero.
1917: El esplendor del Palacio Gandarias obra de
Pedro Guimón estilo Segundo Imperio.
A principios del siglo XX, la burguesía industrial eligió Portugalete para
levantar residencias de una calidad arquitectónica excepcional. El Palacio
Gandarias, construido en un punto privilegiado sobre El Abra frente a la playa,
rematando las edificaciones del muelle nuevo, destacaba por su porte señorial con
un magnífico jardín que oxigenaba la primera línea del muelle. Aquella estampa
de 1917 representaba el apogeo de un urbanismo equilibrado y elegante.
1967: La agresión del desarrollismo inmobiliario.
Cincuenta años después, en pleno auge del desarrollismo de los años
sesenta, el palacio y sus jardines fueron sentenciados a la demolición, al
igual que otros recordados como el de Chavarri o el de la familia Epalza con su
capilla. El beneficio económico inmediato dictó la destrucción de estas joyas
patrimoniales para aprovechar al máximo la edificabilidad del terreno.
En su lugar, se levantó un bloque de pisos de gran altura que rompía de
forma drástica con la escala y la estética de la zona. Aquella promoción se
convirtió en un símbolo de la exclusividad de la época, publicitándose de la
siguiente manera:
PORTUGALETE Sobre El Abra, junto al parque. Hall, 10
habitaciones, servicios, dos baños, terraza. Totalmente amueblado. Superficie: PRECIO:
1.000.000 de pesetas
El impacto social: La "Casa del millón"
La desorbitada cifra de venta para la época no pasó desapercibida y el
ingenio popular no tardó en bautizar al nuevo edificio como "La casa
del millón", un sobrenombre que encerraba tanto asombro ante semejante
coste como una crítica implícita a la elitización del espacio público y a la
pérdida irreparable del palacio desaparecido.
Esta comparativa fotográfica pone en evidencia la impunidad con la que
operó la actividad inmobiliaria de aquellos últimos años del franquismo, un
período oscuro para el patrimonio jarrillero en el que la piqueta borró de un
plumazo parte de nuestra identidad histórica a cambio de cemento y rentabilidad
financiera.


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