Seguimos con los libros de registros de difuntos, ahora siguiendo a Aurelio Gutiérrez que en su blog LA VIDA PASA nos recuerda que hace dos siglos se empezó a rellenar un LIBRO DE DIFUNTOS que abarcando las tres décadas siguientes llega hasta 1855. En una entrada del blog recopila los registros de aquellos vecinos, con sus nombres y apellidos, que fallecieron lejos de su villa natal y a los que debido a la distancia, la Parroquia de Santa María les organizó vigilias y funerales de cuerpo ausente por sus almas.
Este listado refleja la estrecha y peligrosa relación de la Villa con el
comercio marítimo internacional durante la primera mitad del siglo XIX, una
época en la que la navegación atlántica hacia las costas africanas conllevaba
enormes riesgos debido a los naufragios y, muy especialmente, las enfermedades
tropicales endémicas (como la malaria o la fiebre amarilla) para las que no
existía cura eficaz.
Durante esta época, nuestra gente solía enrolarse en rutas mercantiles que
conectaban puertos peninsulares con Cuba y el resto del Caribe o el Golfo de
Guinea.
El fallecimiento de estos marinos portugalujos quedó asentado rigurosamente
en los registros parroquiales de la época, a menudo mediante partidas de
defunción que llegaban meses o años después del deceso a través de testimonios
de los capitanes o de los consulados.
El primer grupo que no salta a la vista son los nueve fallecidos en La
Habana, todos jóvenes marinos veinteañeros, con apellidos de tradición marinera
como Sierra o Urioste y que la mayoría falleció en hospitales de La Habana
debido a las epidemias tropicales de fiebre amarilla ("vómito
negro"). Otros cinco portugalujos fallecieron en diversas partes del
continente americano pudiendo destacar a José Zuazo (1843), alférez de fragata,
subdelegado de Marina del puerto de Sisal el puerto comercial más importante
del estado de Yucatán en Mexico. Y finalmente nos cita a otros 8 portugalujos
fallecidos en la costa africana.
La relación
incluye también otras ocho las víctimas de naufragios o accidentes en la barra,
la ría, en la costa cantábrica o a cadáveres anónimos arrastrados por el mar o
a diversos comerciantes que hallaron la muerte en diversos puntos de la
península.
Finalmente encontramos a un grupo de militares que perdieron la vida,
especialmente a raíz de la Primera Guerra Carlista. Entre los que tienen cierta
relevancia histórica encontramos a José de Negrete y Cepeda, Conde de Campo
Alange, un aristócrata sumamente culto, amigo íntimo de Mariano José de Larra,
que fundó en Madrid la emblemática revista literaria El Artista (1835-36) donde
colaboraron grandes figuras de la época y que sirvió para introducir las
corrientes estéticas del romanticismo europeo en España y a Antonio Llorens,
comandante del Regimiento de Gerona, enviado por mar desde la
península para reforzar las defensas liberales ante el avance de Zumalacárregui
y que en 1834, al intentar cruzar la barra su embarcación naufragó. Pereció
en el accidente junto a parte de su tropa, siendo enterrado de urgencia por la
parroquia.

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