Tras la publicación de la entrada anterior sobre
los carnavales, mi compañera I.A. me sugiere que presente un resumen del
trabajo de Roberto Hernández Gallejones, al margen de que siga recomendando a
los interesados que accedan a él en la Biblioteca Digital.
El tema de dicho trabajo es el siguiente:
Las fiestas de Carnestolendas, de honda raigambre
en la tradición europea, han sido históricamente un fenómeno festivo típico en
nuestro villazgo. Sin embargo, en la "Villa del Abra", estas
expresiones del sentir popular siempre estuvieron bajo la atenta mirada de las
autoridades para evitar excesos, especialmente entre las clases populares.
Orden y
Moralidad en los años 60
El "corpus" documental conservado se
centra fundamentalmente en la década de 1860, un periodo donde los bandos
municipales buscaban equilibrar el jolgorio con el respeto a las instituciones.
El primer bando registrado data del 13 de febrero de 1863, bajo la
autoría de Don Bernardo Castet.
Entre las restricciones más curiosas y estrictas
de la época destacan:
Respeto a la Iglesia: Solo se
permitía el uso de disfraces y caretas en la calle una vez concluidas las
funciones litúrgicas de la tarde.
Prohibición de "disfraces oficiales": Quedaba
terminantemente prohibido vestir trajes de ministros de la religión, órdenes
religiosas, funcionarios públicos, militares o portar condecoraciones del
Estado. El objetivo era evitar cualquier burla a las autoridades.
Armas y objetos molestos: No se
permitía el uso de armas, palos, espuelas o bastones, ni siquiera como parte
del atuendo. También se vetaba el uso de jeringas o pellejos que pudieran
ensuciar a los vecinos.
Protección del anonimato: Nadie podía
quitar la careta a otra persona, bajo riesgo de ser llevado ante la autoridad.
El Carnaval como Desahogo Social
A pesar de las multas (que solían ser de 10
reales o un día de arresto), la repetición constante de estas normas sugiere
que el incumplimiento era habitual. Las fiestas constituían un desahogo
necesario para una sociedad que acumulaba tensiones durante el año.
Incluso en años posteriores, como en 1935, la
tradición seguía viva a través de grupos como el Coro Infantil Boemio de
Abacholo, quienes solicitaban permiso formal al Alcalde para cantar sus
coplas por la Villa, adjuntando letras que hablaban de la crisis, el hambre y
la sátira social.

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