sábado, 14 de febrero de 2026

EL CONTROL DEL CARNAVAL EN EL PORTUGALETE DEL SIGLO XIX

  


Tras la publicación de la entrada anterior sobre los carnavales, mi compañera I.A. me sugiere que presente un resumen del trabajo de Roberto Hernández Gallejones, al margen de que siga recomendando a los interesados que accedan a él en la Biblioteca Digital.

El tema de dicho trabajo es el siguiente:

Las fiestas de Carnestolendas, de honda raigambre en la tradición europea, han sido históricamente un fenómeno festivo típico en nuestro villazgo. Sin embargo, en la "Villa del Abra", estas expresiones del sentir popular siempre estuvieron bajo la atenta mirada de las autoridades para evitar excesos, especialmente entre las clases populares.

Orden y Moralidad en los años 60

El "corpus" documental conservado se centra fundamentalmente en la década de 1860, un periodo donde los bandos municipales buscaban equilibrar el jolgorio con el respeto a las instituciones. El primer bando registrado data del 13 de febrero de 1863, bajo la autoría de Don Bernardo Castet.

Entre las restricciones más curiosas y estrictas de la época destacan:

Respeto a la Iglesia: Solo se permitía el uso de disfraces y caretas en la calle una vez concluidas las funciones litúrgicas de la tarde.

Prohibición de "disfraces oficiales": Quedaba terminantemente prohibido vestir trajes de ministros de la religión, órdenes religiosas, funcionarios públicos, militares o portar condecoraciones del Estado. El objetivo era evitar cualquier burla a las autoridades.

Armas y objetos molestos: No se permitía el uso de armas, palos, espuelas o bastones, ni siquiera como parte del atuendo. También se vetaba el uso de jeringas o pellejos que pudieran ensuciar a los vecinos.

Protección del anonimato: Nadie podía quitar la careta a otra persona, bajo riesgo de ser llevado ante la autoridad.

El Carnaval como Desahogo Social

A pesar de las multas (que solían ser de 10 reales o un día de arresto), la repetición constante de estas normas sugiere que el incumplimiento era habitual. Las fiestas constituían un desahogo necesario para una sociedad que acumulaba tensiones durante el año.

Incluso en años posteriores, como en 1935, la tradición seguía viva a través de grupos como el Coro Infantil Boemio de Abacholo, quienes solicitaban permiso formal al Alcalde para cantar sus coplas por la Villa, adjuntando letras que hablaban de la crisis, el hambre y la sátira social.


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