Seguimos intentando reconstruir la historia de la Fundación Manuel Calvo a través de las noticias de prensa de los años 40 del siglo pasado, facilitadas por nuestro colaborador Mikel Otxoa.
El impacto de la guerra en el patrimonio
fundacional.
La Guerra Civil supuso un revés económico para la institución. Los
bombardeos sobre la Villa provocaron la destrucción de su principal activo: el
edificio del Hotel y al mismo tiempo, el patrimonio que poseía en La Habana —el
edificio situado en la calle Aguiar nº 96, conocido como El Bazar Inglés
y alquilado a la empresa Schneer Hermanos desde 1934, comenzó a registrar
serios problemas en su administración.
Mientras el HOTEL tuvo que ser reconstruido a cargo del Servicio Nacional
de Regiones Devastadas, el inmueble americano corrió una suerte definitiva años
más tarde: tras varios intentos fallidos de subasta pública, acabó siendo
confiscado de manera irreversible con el triunfo de la revolución cubana.
La reapertura de 1940: El nuevo Bar Café.
La reconstrucción del complejo hotelero en Portugalete avanzó en varias
fases. El 18 de abril de 1940, un anuncio oficial firmado por el alcalde
Valeriano Martín, en su condición de presidente de la Fundación, sacaba a
concurso la adjudicación del Café y del Hotel de forma conjunta o por separado.
El pliego de condiciones estipulaba un plazo de arrendamiento de cinco años,
prorrogables por otros cinco.
Pocos meses después, las páginas de El Correo del 2 de junio de 1940
recogían la crónica de la inauguración del Bar Café. Al acto acudió el
Ayuntamiento en corporación bajo la presidencia del alcalde, acompañado por el
arcipreste don Ángel Chopitea y las principales autoridades y jerarquías
locales. Tras la bendición de las instalaciones, los asistentes fueron
obsequiados con un lunch servido por los nuevos inquilinos, los hermanos
Moyano, conocidos en el entorno hostelero por ser los propietarios del célebre Bar
Miami de Bilbao.
La crónica de la época elogiaba de manera unánime el resultado de las
obras:
"Todos los asistentes al acto recorrieron las dependencias del
establecimiento, admirablemente instaladas. La restauración se ha realizado
bajo la dirección del reputado arquitecto municipal, don Santos Zunzunegui, el
cual, una vez más, ha demostrado su capacidad profesional y su depurado gusto
artístico. Los salones del nuevo establecimiento nada tienen que envidiar a sus
similares de Bilbao de mayor categoría y renombre."
La prensa de aquel junio también adelantaba que las obras del Gran Hotel
Portugalete continuaban a ritmo acelerado. Se destacaba especialmente el futuro
aspecto del salón de fiestas, diseñado en estilo mudéjar, vaticinando que se
convertiría en el epicentro de las reuniones sociales de la Villa. Además, se
confiaba en que la inminente puesta en marcha del transbordador del Puente de
Vizcaya, prevista para el mes de octubre, facilitara las comunicaciones y
fomentara una gran afluencia de público bilbaíno.
El fin de la rendición de cuentas.
A pesar de la pomposidad de estas inauguraciones y de la recuperación de
las rentas hoteleras, la documentación pública sobre la actividad benéfica de
la Fundación se desvanece en esta década. Se perdió por completo la costumbre
republicana de dar a conocer al pueblo la gestión económica de los fondos
testamentarios del indiano Manuel Calvo.
Las escasas referencias asistenciales encontradas son indirectas. Sabemos,
por ejemplo, que durante las fiestas patronales de 1944 el Ayuntamiento sufragó
comidas extraordinarias destinadas a los comedores de la propia Fundación
Manuel Calvo, del Santo Hospital y de Auxilio Social.
Asimismo, consta la publicación de una esquela conjunta pagada por estos
comedores y el Consistorio para anunciar la misa en memoria de Bernardo Castet,
fallecido en Argentina en 1936. Castet había legado en su testamento todos sus
bienes al Hospital, a la Beneficencia y al llamado Rancho de los Pobres de la
Fundación.
Sin embargo, más allá de estos gestos puntuales, la prensa de la época
guarda un absoluto silencio respecto a los rendimientos económicos reales de la
Fundación, ya fuera por este nuevo legado de Castet o por las indemnizaciones
posteriores que se percibieron tras la confiscación del edificio de La Habana
por el régimen castrista.
Este apagón informativo no debe achacarse en exclusiva a la falta de
transparencia de los ayuntamientos franquistas; lamentablemente, la costumbre
de no hacer públicos los balances y sustituir las cifras claras por la retórica
social institucionalizada fue una dinámica que continuó inalterada tras la
llegada de la democracia.



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