domingo, 23 de noviembre de 2014

EL ENTIERRO DE LA MUJER DE DON JOSE CONDE-PELAYO


 Tenemos ya en la mano el libro que hace el nº 21 de la Colección El Mareómetro, dedicado a la familia Conde-Pelayo, y el Portugalete en aquellos años en que vivieron entre nosotros, que se empezará a repartir el martes y el miércoles en los Encuentros Portugalujos del Hotel, con el homenaje a D. Angel Alday y la entrega del premio a la mejor fotografía que nos han cedido  en el último ejercicio.
Si días pasados traíamos a este blog un pasaje del trabajo de José Manuel López Díez, sobre la boda de D. José Conde-Pelayo, celebrada por lo civil y que tan grande repercusión tuvo, no menos lo tuvo el entierro de su mujer, el año 1902, cuando decidieron hacerlo mediante una ceremonia civil pública, cuando estos entierros fuera de la jurisdicción religiosa serían casi clandestinos.
El relato, basándose en la prensa de la época es el siguiente:

María Francisca Urraza tenía 35 años cuando expiró. La "muchedumbre" que seguía al cadáver "pasaba de 1.500 personas, ávidos todos de demostrar a la que fue un ejemplo de madre y esposa amantísima, cuán sentida era su muerte, y fue tanta, que entre las mujeres y hombres hubo verdadero pugilato por quiénes tenían que llevar el féretro". Al sepelio asistieron "dos pastores protestantes, los cuales tomaron la palabra y hablaron con sentimiento tal y dijeron frases tan llenas de verdadera práctica cristiana, que la inmensa concurrencia salió profundamente impresionada y agradecida por el desinterés de ambos señores".
La ceremonia –civil, por supuesto– sirvió además para protestar contra el clero católico: "el último lunes de Carnaval se verificaron en Portugalete dos entierros católicos, el uno de un pobre cantero y el otro el de un individuo de familia rica. El cura que acompañó al del infeliz obrero tenía tal prisa por asistir al otro del rico, que tuvo la desfachatez de dejar sin decir el responso acostumbrado para llegar a tiempo de no perder sus cuatro duros de honorarios. Al ver semejante infamia los acompañantes del modestísimo entierro, dejaron el cadáver á la entrada del cementerio, y allí, atravesado, lo encontró la segunda y opulenta comitiva, la cual se enteró de lo que aquel digno ministro del Señor acababa de hacer.".
Cada acto civil era, por lo tanto, un acto de militancia para los republicanos. Así, Conde-Pelayo fue testigo en la inscripción de nacimientos y matrimonios, y acudió a "todos" los sepelios efectuados en Bizkaia.
Como no conocemos fotos de este entierro, ilustramos esta entrada con la imagen del entierro en 1924 del entierro de la madre del músico Taramundi, con la presencia de la Banda de Música.


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