miércoles, 14 de abril de 2021

NACIONALISTAS VASCOS HACE 109 AÑOS

  


Karla Llanos nos ofrece noticias sobre los orígenes del PNV en la Villa recogidas del diario EL PUEBLO VASCO en su sección titulada Los nacionalistas.

Empezamos constatando que el año de 1912 disponía ya de un Cuadro Dramático Vasco, que representaba obras de teatro en el Teatro Principal, un grupo de espatadantzaris txiskis, y el Club Rabik dedicado a los "sports".

En su edición del 2 de febrero se anuncia una velada en el Teatro para el 17 de marzo, en el que actuaría el citado grupo dramático con diversas representaciones como la comedia Alma vasca en tres actos, o un chistosísimos monologo, ambos de Nicolás Viar, así como un pasillo cómico de Isidro Parada.

No faltó el apartado musical empezando con Sinfonía y finalizando con la interpretación del Himno Vasco, ni la actuación de los espatadantzaris txikis.

En la reseña de este acto se nos complementa, no solo con la noticia del gran éxito de público que aplaudió mucho las actuaciones, sino con los nombres de distintas señoritas que se habían distinguido. Sus nombres eran: Carmen Echenagusía, María de San Martín, Eustaquia de Ibarmia, Ignacia de Allende y Felisa de Alfonsuri.

En una de las representaciones “A mal dar…” de Nicolás de Viar, se distinguieron la señorita Eustaquia de Ibarmia y el señor Duñabeitia que estuvieron inimitables.

En el mes de junio, el jueves 6, Corpus Christi, tuvo lugar la inauguración de sus nuevos locales en la Plaza tras una misa mayor y un concierto de tamboril, con un banquete en sus salones que dan a la Plaza y tras el cual dio una conferencia Justo de Orueta exconcejal nacionalista y notable abogado bilbaíno.

Por la noche en una velada intima el socio C.V.P. ofreció un monólogo con intermedios musicales.

Como se anuncia, los nuevos locales acogerían al Club Rabik (seudónimo del líder portugalujo Ramón Bikuña), para practicar el deporte y con un equipo de fútbol que según aparecen en la foto superior lo componían L. Bereciartua, Minteguía, Basañez, Recacoechea, Babío, S. Aróstegui, Bravo, S. Bereciartua, Egusquiaguirre, San Martín, E. Recacoechea y Astobiza.

martes, 13 de abril de 2021

GENOVEVA ARISQUETA ARTEAGABEITIA (1867-1942) LA PORTUGALUJA DE “LA CASA CHAPA”.

 


De familia humilde, era la mayor de cuatro hermanos que se quedaron huérfanos cuando tenía 9 años. A los 13 su madre se casó con un labrador, con dos hijos, entrando ella al servicio de Sotera de la Mier.

Acompañándola en uno de sus viajes por motivo de salud, en Valencia conoció al joven Rafael Chapa Olmos con quien se casó en Portugalete cuando tenía 17 años.

Tuvieron seis hijos, viviendo en el palacio de Doña Sotera, en El Cristo, con cuya ayuda él entró en contacto con las familias acaudaladas convirtiéndose también en uno de los principales propietarios de Portugalete con intereses en el sector industrial y minero, sobre todo tras la muerte de ella que les dejó herederos de su gran fortuna.

Genoveva figuró en la Junta de Caridad del Hospital San Juan Bautista con Félix Chávarri, en 1901, cuando construyeron el actual edificio. Tras quedarse viuda en 1907, encargó al arquitecto Manuel Mª Smith importantes reformas en el palacio cediendo terrenos de su propiedad para ampliar el campo de la iglesia. Continuó personalmente con la administración de las actividades inmobiliarias y mineras, como por ejemplo la mina “Esperanza” en los montes de Triano que ella había adquirido en 1902 y que estuvo activa hasta 1977.

Dirigió la Fundación benéfico-docente “Colegio de Nuestra Señora del Carmen de Portugalete”, que luego continuarían sus hijos y herederos como patronos.

Durante la guerra su casa fue utilizada como cuartel y posteriormente dado el aumento de niñas en el citado colegio, lo “ofreció graciosamente” para ampliar su capacidad.

Uno de sus hijos, Jesús Mª Chapa, abogado, fue alcalde de Portugalete entre 1928 y 1930.



lunes, 12 de abril de 2021

FELIPA BARANDICA, LA COCINERA DEL SPORTING: SU RECETARIO

      


José Luis Garaizabal se centra hoy en el recetario de Felipa Barandica que obra en poder de su biznieta Greta Fernández:

Decíamos, que fue una gran cocinera, a la que alabó José Mª de Areilza en sus “Recuerdos de Portugalete” (Col. El mareómetro, 1998): “Tenía el Sporting cocina exquisita regida por Felipa, con repertorio básico de merluza frita, jibiones, sardinas, bacalao y pimientos rellenos” y al referirse al rey decía: “A veces renunciaba a los platos rimbombantes del menú para pedir huevos fritos con chorizo o merluza con salsa de chipirón, que le entusiasmaban”.

Veamos pues que otros platos cocinaba Felipa para el deleite de sus “clientes”.

El recetario consta de dos partes. La primera, está escrita en un libro “Mayor” conteniendo 58 recetas que su biznieta ha tenido la amabilidad de escanear y enviarnos, y la segunda en una agenda inglesa fechada en 1902 (hoy desaparecida) que consta de 47 recetas, de las que 14 están repetidas. En ambos recetarios se aprecian diferentes tipos de letra y los lectores sabrán perdonar las faltas de ortografía de aquella mujer euskaldun que hablaba con dificultad en castellano.

Llaman la atención la variedad y en algunos casos el exotismo de los platos: sopa o patatas de Jerusalén, sopa de quisquillas, sopa de tortuga, barbarines en papel, cocletas de pescado, besugo en salsa, mojojones a la mariner, sardinas en salsa, ganso frío en salsa, pajaritos en salsa, pájaros de Noruega, Poun cape, morros de ternera para comer fríos, cabeza de cerdo prensada, callos en salsa blanca, pato de mar, gelatinas de distintos frutos, bollos o pastillas, pastelitos escoceses, pastel y pudin de coco, conserva de acerolas, falso escocés, etc.
    No hay más que ver la cara de satisfacción de los comensales, incluidos los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, en las distintas fotografías que han llegado hasta nuestros días. ¡Que disfrutéis con las 105 recetas de Felipa! 



 

 


viernes, 9 de abril de 2021

FELIPA BARANDICA (1873-1934), LA COCINERA DEL SPORTING

 


Estamos ante una mujer sencilla, que alcanzó el máximo reconocimiento personal como cocinera del Sporting Club. Felipa Barandica Muniátegui nació en Ajangiz en 1873, siendo la pequeña de cinco hermanas. Cuando contaba con 9 años, sus hermanas mayores se desplazaron a Bilbao a “servir” en casas pudientes. Ella se quedó en Ajangiz con los padres hasta que llegó la hora de unirse a sus hermanas. Modesta, la mayor (1861), acabó casándose con José Uranga, bisabuelo de los Uranga de Mocedades. Felipa recaló en Santurce sirviendo, al menos, en una mansión de la carretera de Portugalete a Santurce en la zona conocida como del “cambio del tranvía” y suponemos que en Santurce conocería al portugalujo Cruz Fernández Zuazo, afincado en Coscojales (Santurce) del que ya hablamos al estudiar la imagen de San Crispín que conservó expuesta en el exterior de su casa y que como ya contamos, no ha sido posible localizar.

Cuando recibimos de Unai Martínez Bilbao las fotocopias de los Libros de Actas y Cuentas de la Cofradía de San Crispín y San Crispiniano, también recibimos unas fotocopias de un libro contable “Mayor” y una agenda de 1902, ambos manuscritos con distinta letra, con más de un centenar de recetas de cocina. Ahora sabemos que se trataban del recetario de Felipa.

La buena gestión de Josemari Ruiz además de aportarnos la foto de la cocina, nos puso en contacto con la nieta de Felipa, la santurtziarra aunque portugaluja de adopción, Anatxu Esturo, que junto a la biznieta de Felipa, Greta Fernández, nos han facilitado las fotos y datos para esta pequeña biografía. Greta aún conserva el recetario original y los libros de la Cofradía, que recogeremos en la Biblioteca Digital Portugaluja.

En la fotografía superior, podemos ver a la tripulación del Sporting, siete mujeres y cinco hombres, comandada por Felipa que es la que se encuentra junto al camarero de la chaqueta blanca. Entre ambos, su hijo José Eusebio, “el chato” (aitite de nuestra informante Greta); su marido, Cruz, no aparece en la foto aunque trabajaba como botero entre el Sporting y tierra; y sosteniendo la cafetera, otra hija de ambos, Manuela, ama de nuestra otra informante, Anatxu. Del resto poco sabemos, salvo que uno de los marineros se llamaba Roque y se dedicaba al palangre y al marisqueo. En el “Libro del Sporting Club” del Conde de Zubiria se da la relación de empleados en 1903, citando al contramaestre Jesús Laca, a Melchor, Cruz, Vicente, Liborio, Ambrosio, Amézola y otros dos, seguramente eventuales. En esta foto, falta el mayordomo, Gabino Carrasco, que solía subir sudoroso la calle San Roque, vestido con su frac, dirección a su casa de Abatxolo.

En la cocina destacan al fondo los dos ojos de buey con dos ventanas bajo la cubierta principal y sobre ellos la gran viga metálica con multitud de remaches, así como la “chapa” de carbón y su chimenea metálica que coronaba el toldo de la cubierta superior. Esta cocina, se instaló en el club tras la primera ampliación de 1909, lo que nos hace suponer que fuera entonces, más o menos, cuando contratarían a Felipa por recomendación de Cruz. No eligieron mal. De aquella cocina disfrutaron los socios y visitantes, entre los que destacaban, como no, el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia.

Mujer seria y callada, hablaba con dificultad el castellano, pero dejó en los socios un imborrable recuerdo. José Mª de Areilza en sus “Recuerdos de Portugalete” (Col. El mareómetro, 1998), habló de ella así: “Tenía el Sporting cocina exquisita regida por Felipa, con repertorio básico de merluza frita, jibiones, sardinas, bacalao y pimientos rellenos. Un programa bilbaíno regado por caldos riojanos. Dos marineros sólidos, Cruz y Jesús, cuidaban de las embarcaciones y del trabajo organizador del regateo. Jesús, era, además, experto universal, modelista naval, y a ratos perdidos, inventor de ingenios volantes. El bar tenía un aire cosmopolita e internacional, con el impecable Gabino y su ayudante, eficaces y discretos, a la manera británica”. También añadía al referirse al rey: “A veces renunciaba a los platos rimbombantes del menú para pedir huevos fritos con chorizo o merluza con salsa de chipirón, que le entusiasmaban”.

A ese recetario básico, iría añadiendo Felipa el resto de recetas que aprendería de cocineros de postín, por ejemplo, el cocinero del yate real Giralda que solía fondear junto al Sporting. Según cuenta la familia, en una ocasión bajó el rey a felicitar a Felipa y recibió, según una versión, una cafetera de regalo y según otros, una gratificación monetaria.

A estas pinceladas hay que añadir que el Club había acordado en 1902, “conceder al personal, en invierno, un día de vacación, en domingo”. Nos cuentan igualmente, que la rectitud de Felipa llegaba al punto de pagar, a veces, de su bolsillo lo que se había encarecido algún producto básico desde la última compra.

Su biznieta, Greta, además del recetario, conserva una medalla de las Regatas Internacionales de 1902 que alguien les regaló tras las mismas y que ofrecemos bajo estas líneas.

La Gaceta del Norte de la época nos señala que “se celebraban ‘maitines’ en el salón flotante, que en la mejor tradición de la casa, que entonces se empezaba a crear, serían unas juergas místicas de mucha consideración”. Aquel club monárquico y elitista de los Arana, Aznar, Careaga, Zubiria, Gandarias, Galindez, Allende, Chávarri, Ybarra…, cuya sede servía de cuartel general de las regatas a vela, remo en yola, natación y saltos de trampolín, vio perder su brillo en 1930, año de la última visita real, cuya puntilla fue la proclamación de la república al año siguiente, planteándose los socios su disolución o hundimiento. Al final, acordaron en 1933 trasladar “las viejas tablas” a Arriluze con los consiguientes cambios estructurales (fondeo, alimentación eléctrica y teléfono). Un temporal en 1980 lo echó a pique.

Felipa falleció en Santurce a los 61 años de edad, la víspera de Santiago de 1934 y Cruz a los 83 años en 1960. 

En la siguiente entrada nos centraremos en su recetario.

José Luis Garaizabal




 

 

 

jueves, 8 de abril de 2021

EL LUGAR DONDE COMIENZAN MIS SUEÑOS: JESUS YAGÜE ARECHAVALETA (1937-2012)

 


Si alguna vez alguien me pregunta cómo empezó en mí aquella extraña y sorprendente vocación por el cine cuando apenas había cumplido los diez años, tendría que hablar del Gran Cinema Ideal de mi pueblo, Portugalete.

Todos los días, al salir de la escuela, me pasaba por delante de su imponente fachada con la escusa de ir a casa de mi abuela. Yo vivía en la calle San Roque, arriba del todo, y desplazarme hasta el cine significaba casi una aventura. Especialmente por el tranvía. Hacía poco que un chico algo mayor que yo había sido atropellado -decían que las ruedas de hierro habían cortado sus piernas con la misma facilidad que un cuchillo corta la mantequilla- y por eso tenía prohibido cruzar las vías por mi cuenta; aquellas vías incrustadas en el asfalto que dividían la calle principal como si se tratara de una frontera, brillantes de lluvia en invierno o de reflejos de sol en verano. Mi madre me había repetido una y mil veces que tenía que esperar a que el guardia hiciera sonar el pito y extendiera los brazos en cruz para cruzar a la acera de enfrente. Así que me detenía delante de la fachada del cine y allí me quedaba largo rato contemplando las carteleras. Siempre anunciaban tres o cuatro películas: la que estaban poniendo, el estreno del sábado, la infantil del domingo y la que yo veía siempre, la de la tarde del jueves porque no teníamos clase en la escuela.

Me fascinaba mirar las fotos de las películas -los santos, las llamábamos entonces- y me entretenía en hilvanar una con otra buscando una continuidad posible, o imposible a veces. Hacía mi propia película con los pedazos esparcidos en aquellas fotografías sujetas a las mamparas de madera porque seguramente muchas de ellas no iba a poder verlas hasta que pasasen unos cuantos años, cuando ya los misterios hubieran dejado de serlo.

Y luego llegaba el día tan esperado, el jueves. Entrar en el cine era como penetrar en la iglesia el viernes Santo, cuando el silencio, el color morado cubriendo las imágenes y el olor a incienso te ponían los pelos de punta y la saliva se secaba en la lengua. Al cruzar la puerta de cristales del Gran Cinema Ideal mi corazón era como el motor del práctico cuando cruzaba la ría para ir en busca de un barco desorientado. Todos aquellos carteles de chillones colores tapizando las paredes del vestíbulo, hasta el techo, donde los dibujos sugerían historias de amor, aventuras o guerras en lejanos y exóticos países; los nombres de los actores extranjeros que siempre pronunciábamos mal; los atractivos títulos con palabras que eran como hechizos, llamadas a nuestra imaginación infantil. Todos los jueves leía cada cartel y soñaba cada película antes de cruzar el límite del vestíbulo, allí donde me esperaba la gran pantalla blanca, en la sala oscura.

Era un lugar sagrado donde cada jueves se celebraba una ceremonia distinta, porque distintas eran las películas. La selva, el desierto, la ciudad de los rascacielos, las praderas del viejo oeste, los bosques de la edad media, la mar y los piratas... Y allí me quedaba sin preocuparme para nada del tiempo, si era de día o era de noche, sin mirar a ningún sitio que no fuera la pantalla, con la boca abierta seguramente, la cabeza alzada y el cuello estirado, sentado muy derecho en la butaca. Empezaba la película, terminaba la película y volvía a verla otra vez, todas las veces que podía. Y de nuevo sentía todas las emociones. Hasta que llegaba el acomodador buscándome entre las filas con la linterna encendida para decirme que mi madre me estaba esperando en la puerta. Y ahí se rompía la magia del jueves.

Recuerdo que, por el pasillo -largo pasillo de aquella sala tan grande-, caminaba con la cabeza vuelta hacia la pantalla intentando seguir mirando las imágenes de las que me alejaba. Me despedía del cine. Hasta el próximo jueves.

Después, años después, cuando hice mi primera película como director, al acudir al rodaje el primer día, me vi de niño volviendo a entrar en el cine de mi pueblo, aquel Gran Cinema Ideal que se esfumó con el tiempo y en el olvido. Me vi atravesando la sala, el largo pasillo hasta llegar a la butaca que más me gustaba, muy cerca de la pantalla, donde, para mirar las imágenes, tenía que levantar un poco la cabeza si quería soñar.

Publicado en el Suplemento del
Boletín de la Sociedad de Estudios
Fray Martin de Coscojales,
en junio de 1997.

miércoles, 7 de abril de 2021

JESÚS YAGÜE ARECHAVALETA (1937-2021).UNA PASION POR EL CINE


 La semana pasada murió Jesús Yagüe Arechavaleta. La pasión por el cine había prendido en él desde muy joven cuando todavía con pocos años desde la casa de su abuelo Arechavaleta (popular comerciante de la calle del Medio) veía los carteles del Cine Ideal, que unos años después se podía palpar cuando dirigía aquellos CINE FORUM que hacían en el HOTEL, algunos moderando también el coloquio, hasta marcharse a Madrid en busca de su ideal de hacer cine.

Se lo contaba recientemente a un amigo:

"Cuando yo tenía cuatro o cinco años mis padres me dejaron al cuidado de los abuelos maternos. Y entonces descubrí que enfrente de la casa donde vivían, al otro lado de la calle, había un local grande, muy grande, que se llamaba Cine Ideal, donde todas las semanas ponían encima de la marquesina un cartel panorámico ocupando toda la fachada con unos dibujos en colores muy llamativos, con nombres de personas como Humphrey, John, Ginger o Katherine... Y, debajo, títulos sugerentes donde se leían palabras como "Amor", "Viento", o "Aventura"...

Al cumplir seis años me llevaron una vez y descubrí que aquello era el cine, donde te contaban una historia que no tenía colores pero que te atrapaba. Y me atrapó. Por eso, catorce años después, dejé mi pueblo y me vine a Madrid para intentar hacer aquello que yo había visto en la pantalla: el cine, eso era el Cine para mí".

Tras unos primeros años, que no fueron fáciles, empezó colaborando como ayudante de dirección para en 1964 realizar sus primeros cortometrajes. Uno de ellos, Los seis días, fue galardonado con el Premio Nacional de Cinematografía y con el Premio Federación de Deportes.

Tras este espaldarazo realizó en 1965 su primer largometraje titulado Megatón Ye-Ye, seguido de otros cuatro, los últimos también como guionista, Los flamencos (1968) y Los escondites (1969), ésta su película más personal, que años después sería programada en el Festival de Stiges.

Con la llegada de los años 70 y el cine de “destape”, realizó cuatro películas, empezando por La mujer es cosa de hombres (1976), con José Sacristán, y la última, Préstame a tu mujer (1981), interpretada por Alfredo Landa, una de las más conocidas.

Desde 1971 hasta que se retiró en 1995 se dedicó también a dirigir series y escribir guiones de televisión.

En una de sus habituales visitas y tras la muerte de sus padres, nos comentó que el único cordón umbilical que le unía a Portugalete era su suscripción a la Colección El Mareómetro.

Mañana recogeremos sus recuerdos, EL LUGAR DONDE COMIENZAN MIS SUEÑOS,  escritas desde su residencia en Mataelpino en Madrid al jubilarse en 1995.



martes, 6 de abril de 2021

PLACAS DE CALLES 1886

 

Revisando los Libros de Contabilidad municipales de los años 1886-87, hemos dado con varias anotaciones curiosas. Una de ellas, corresponde al 21-10-1886 en la que se da cuenta de “233 pesetas pagadas a D. Antonio Abad por importe de DOCE chapas de zinc con sus letras para colocarlas en los muelles, calles y cantones de esta Villa y además la pintura y colocación de dichas chapas…”. Debemos decir que, por comparar, los gigantes y enanos comprados a Bilbao supusieron 1.000 pesetas.

Creemos que se tratan del antiguo modelo que aparece en la foto del escudo esquinero de la casa nº 26 de la calle Santa María, fechada hacia 1930. Mostramos los otros dos tipos de placas: la de fundición con el escudo de la Villa (h. 1939) y la moderna de hoy en día.

Según nos dice José Manuel López Díez en su obra “Diccionario Histórico de las calles de Portugalete” (2007), Accésit en el IX Premio de Investigación Histórica “Mariano Ciriquiain Gaiztarro”, en 1860, el ministerio de Gobernación reglamentó la rotulación de calles y numeración de casas, estableciendo las normas de números impares y pares para su fachada principal, señalando en los casos que tuviera fachadas a dos calles “se ponga también el número correlativo que le tocare por la calle respectiva, par e impar, siguiendo el orden regular, pero añadiendo la palabra accesorio” (A.). Todavía quedan tres baldosines con el número seguido de una “A.”. En Santa María 15, sobre la puerta del Bar Boxe “Aisa” (15 A.); Cantón Elai Alai, hoy con el número picado sobre una ventana del Txoko Txalaparta (XX A.) y en el Cantón de la Iglesia sobre el establecimiento de recambios RELSA (4 A).

Hemos consultado en el Archivo Histórico a las amables ayudantes del Archivero Municipal y nos han facilitado diligentemente la lista de calles que figuraban en el Padrón Municipal de 1886. Dado que sobrepasan con creces el número de placas, nos obliga a pensar que las DOCE solo se colocaron en el Casco Viejo: Muelle de Vallecilla (Muelle Viejo), Santa María, del Medio, Coscojales, Barrera, Muelle Churruca y Mª Díaz de Haro, Salcedo, Lope García de Salazar, Santa Clara, Atarazanas, plazuela del Cristo y la Plaza. No aparece el cantón de la Iglesia.

Se quedarían para otra remesa: el cantón de la Iglesia, General Castaños, Ojillo, Mier, Abácholo, Abaro, Los Hoyos, San Roque, Repélega y Vega Hurtada.

 JOSE LUIS GARAIZABAL