Estas imágenes son testimonios visuales impactantes de una época de
industrialización agresiva y falta de conciencia medioambiental que marcó la
identidad de la Ría hace medio siglo.
La primera muestra la actividad en la Dársena, en Sestao. Por aquel
entonces, el desguace de barcos era una actividad industrial común, pero
realizada con una falta total de protocolos ambientales. Las grúas y los
operarios trabajaban sobre esqueletos de acero, mientras los restos de
hidrocarburos, aceites y metales pesados se vertían directamente al agua sin
ningún tipo de filtro.
La segunda fotografía es, quizás, la más desoladora por su simbolismo. Bajo
la elegante estructura del Puente Colgante, Patrimonio de la Humanidad, la Ría
no reflejaba el cielo, sino la densidad del petróleo. Se aprecia con total
nitidez una enorme mancha de crudo flotando a la deriva hacia la desembocadura.
En aquellos años, la Ría era técnicamente una cloaca industrial, los peces
habían desaparecido por la falta de oxígeno, un aire pesado con los humos de
Altos Hornos recordaba constantemente la actividad fabril y el agua presentaba
colores irisados y oscuros que hoy nos resultarían intolerables.
Estas fotos hoy no deben servir solo para el lamento, sino para valorar la increíble
transformación que hemos vivido. Aquella Ría muerta ha dado paso a un
ecosistema vivo. Tras décadas de planes de saneamiento y el fin de aquellas
prácticas de desguace descontrolado, hoy vemos de nuevo a pescadores en sus
orillas, aves marinas y una biodiversidad que parecía perdida para siempre.
Estas fotos son el recordatorio de lo que fuimos y de la responsabilidad
que tenemos de no volver a dar la espalda a nuestro cauce más importante.


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