Al comenzar el siglo XX, el barrio
de Abaro se extendía entre el escarpe de la cornisa sobre el mar y el Casco
Viejo. Su privilegiada situación como mirador sobre el estuario hizo que la
burguesía fuera construyendo sus grandes casas, que contaban con amplios
jardines.
Una de ellas era el
palacio de El Salto, construido por los condes de Rodas.
La única hija de los condes, Elisa
Emilia, contrajo matrimonio con el doctor Enrique de Areilza, y el palacio se
convirtió en su residencia habitual.
Actualmente en la finca se encuentra
la Escuela Infantil Txikitxu, en cuyos jardines se encuentra este magnífico
pino que, dado su porte, es posible que conociera el doctor Areilza.
El pino es símbolo de fuerza vital e
inmortalidad por su condición perenne y por agarrarse fuertemente, con sus
raíces, en lugares de fuerte erosión.
De los múltiples productos obtenidos
del pino, hay uno que, aunque humilde, ha jugado un papel significativo en la
trayectoria histórica de la villa: la pez. Esta brea o alquitrán se utilizaba
para la impermeabilización de botas, cueros y barricas para el vino. También se
usaba para el calafateado de los barcos de madera. Se calentaba la pez, y se
echaba en las uniones de los tablones, introduciendo fibras vegetales, como la
estopa, de tal manera que al enfriarse se quedaban selladas y se evitaba la
entrada de agua.
Los pinos, como el resto de
coníferas, no tienen flores con pétalos; en su lugar, producen estructuras
reproductivas llamadas conos (masculinos y femeninos), siendo el viento el que
se encarga de la polinización.
Es curioso observar, por otra parte,
cómo el pino está presente en nuestra vida cotidiana, no solo en los parques,
sino también en las conversaciones, donde aparece con frecuencia en expresiones
del tipo “como la copa de un pino”, “estar en el quinto pino”, “hacer el pino”,
“plantar un pino”, “hacer pinitos”, “estar a partir un piñón”, etc.

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