En octubre de
1884, Portugalete recibió a una de las personalidades más influyentes del siglo
XIX español: Emilio Castelar. Político, escritor, expresidente de la Primera
República y considerado el orador más elocuente de la historia parlamentaria de
España, su visita encerraba una profunda carga simbólica. Tan solo diez años
antes, en 1874, la Villa había sufrido el cruento Sitio carlista durante la
República que él mismo había liderado.
Al desembarcar
Castelar, las heridas de la contienda aún eran visibles en los muros y en la
torre de la iglesia de Santa María. Aquel reencuentro no estuvo exento de
tensión: el Gobierno civil de la Restauración intentó frenar las muestras
públicas de apoyo desplegando efectivos policiales. Sin embargo, las
restricciones no impidieron que el vecindario se echara a la calle para aclamar
al líder liberal junto a figuras de la burguesía local como el exalcalde
Fernando Carranza. Durante la jornada, Castelar visitó las escuelas locales
para alentar a los estudiantes y culminó su visita con un banquete de gala en
el Casino, ubicado en el hotel de Manuel Calvo.
El momento
culminante de la jornada tuvo lugar dentro de la iglesia de Santa María. Frente
al soberbio retablo mayor, el brillante orador quedó absorto ante su
majestuosidad. Rompiendo el protocolo de la comitiva, pronunció una frase
histórica:
«Merece la pena de sentarse para
admirar lo que mis ojos descubren.»
Acto seguido,
Castelar tomó asiento en un banco para contemplar en absoluto silencio la joya
escultórica del templo.
Que una figura de
proyección internacional se detuviera exhausta de admiración ante nuestro
patrimonio nos recuerda el inmenso valor de lo que custodiamos. La próxima vez
que cruces las puertas de la Basílica, haz como Castelar en el otoño de 1884:
tómate un momento, siéntate y admira la historia que te rodea.

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