Recientemente habíamos empezado a recoger recortes de prensa antiguos, cuando nuestro colaborador Mikel Otxoa Eizagirre, nos envía una serie de ellos que por su interés nos animan a abrir esta sección de HEMEROTECA: BITACORA JARRILLERA, en la que esperamos seguir contando con su valiosa colaboración.
El pasado 14 de junio cerró sus puertas
definitivamente «El Metro», de Portugalete. Finalizaba así una larga historia
del establecimiento más afamado y querido de Portugalete y su entorno.
Iniciado en el año 1917, cuando fue tomado el
arriendo por Fidela Castro, una valiente riojana que quedó viuda aún joven de
Nicolás Martínez, padre de Justo, quien se vería pronto al frente del negocio
familiar. Este almacén de vinos fue anteriormente de la Banda Municipal de
Música de Portugalete y abuelo de nuestros queridos compañeros en las tareas
informativas José Luis y Guillermo Fernández.
Así, Justo Fernández un año más tarde, en 1918,
recién cumplido el servicio militar en la guerra de África, llegó a «El Metro»,
que ya no abandonaría salvo en esporádicas visitas a su Baños de Ebro natal, en
la Rioja alavesa, hasta su fallecimiento, ocurrido el 17 de diciembre de 1978.
Al principio, como su antecesor, el establecimiento funcionaba como almacén de
vinos, después también como bar, para finalmente ser este su último destino.
EL NOMBRE
En principio, el establecimiento no tuvo este
apelativo de «El Metro», que todavía figura semiborrado por el tiempo en
grandes letras a la cabecera del mismo, hasta que unos conocidos portugalujos,
distinguidos por su buen humor, siendo Andrés Miguel quien lanzó la idea, lo
bautizaron con este nombre, al asemejar su antigua entrada a la del metro
madrileño.
Justo se casó con Purificación Torre —la popular
y cariñosa Puri, criada en Atxuri— en la bilbainísima parroquia de San Antón,
en 1927; sería ésta, su mujer con su hermana Conchi Torre, —trasladada a
Portugalete en 1935, al fallecimiento de su madre— las dos personas más ligadas
a Justo en el almacén y bar de la entrañable plaza de La Ranchería, que ha
atravesado múltiples vicisitudes urbanísticas desde que desapareciera la fuente
y «bebedero» en que eran lavados aquellos grandes toneles que llegaban a las escaleras
de la bodega en los que entonces parecían grandes camiones y por ferrocarril,
que Justo y sus ayudantes hacían rodar con gran esfuerzo, donde con amplios
caracteres blancos se leía —J. M. El Metro. Portugalete». Los nombres de Justo,
Puri y Conchi son inseparables de «El Metro» y cuanto a él se refiere.
El matrimonio Martínez-Torre tuvo cuatro hijos:
Justi, Pili, María Jesús (Chuchi) y Conchi, de los que únicamente Pili —casada
con un conocido marino portugalujo, Juanito Duñabeitia— ha tomado parte activa
en la atención de la numerosa clientela del establecimiento, en ayuda de sus
padres y su tía.
AÑORANZA
En estas fiestas de San Roque y ¡durante tiempo!
cuantos portugalujos vecinos o ausentes de la villa y cuantos que de uno u otra
forma frecuentaban «El Metro» van a añorar su pérdida. Puri y Conchi con
evidente pena, nos realizan una breve recopilación de lo que ha sido durante
tantos años su vida y que les cuesta creer que se hayan despedido
definitivamente de ese agradable quehacer cotidiano con los parroquianos, por
el paso implacable del tiempo.
«Para nosotras era la prolongación de nuestra
casa, porque más que a clientes a lo que atendíamos era a amigos, gente de
casa, tanto mayores como jóvenes. Y en tanto tiempo no hemos tenido que
aguantar malos modos y ni una sola bronca. Para nosotras ha sido un gran
disgusto, pero los hijos presionaron para que lo dejáramos. Es un gran orgullo
y satisfacción el que nos hayan dado tantas muestras de aprecio nuestros
clientes y amigos, a un lugar en el que han alternado en la misma mesa personas
populares, famosas, importantes, incluso con títulos con el más humilde
trabajador. Por nuestro bar han pasado varías generaciones de portugalujos y ha
sido lugar de reunión de amigos, abuelos, padres e hijos y familias enteras».
Justo, Puri y Conchi, residentes siempre en la
clásica calle del «Ojillo» —hasta el fallecimiento del primero— se han
considerado unos portugalujos más que hicieron de «El Metro» una institución
singular en la historia de la villa. No en vano sus cuatro hijos se bautizaron
y casaron en Portugalete; además Conchi, la menor de los hijos, se casó
igualmente con un portugalujo, Víctor Aranguren, hermano mayor de Chuchi, el
exjugador athlético —hoy entrenador del Huelva—. Por eso en esta casa se
celebraban aún más los triunfos del Athletic, pues también sus jugadores
Panizo, Venancio y otros, así como el Barcelona, en los tiempos de Kubala, los
jugadores del Oviedo y muchos más fueron clientes en sus visitas a San Mamés.
SIN CONTINUACION
Los habituales de «El Metro» sienten que no haya
continuación en el negocio el local da paso a un centro de diversión a tono con
la época que atravesamos. Ello hace más triste la despedida de «El Metro».
Cuantas anécdotas podrían contar aquellas largas
mesas de madera siempre bien arenadas donde se posaban las brillantes copas de
buen vino blanco y tinto, acompañadas de un «gazpacho» —especialidad de la
casa— de los platos de lomo o queso o de banderillas «de todo», de jamón o
bonito, siempre con un pequeño «regalo» de la buenaza de Puri. A pesar de las
humedades de las paredes cubiertas de descoloridos carteles taurinos, la gente
acudía a este lugar entrañable, donde se les trataba con tranquilidad y mimo.
Cuantas bromas no se han coreado ante la habitual
parsimonia en el servir como aquella que cuenta que unos «chirenes» clientes
llamaron por teléfono desde Las Arenas: «¡Oye, Puri!, sirve unos blancos que
ahora pasamos la ría».
Lugar lleno de recuerdos, desde los jamones
colgados —retirados reverentemente en la festividad de Viernes Santo por
aquello de la abstinencia— hasta las grandes latas de atún apiladas, pasando
por la vetusta máquina manual de cortar jamón con más eficacia que la más
moderna del mercado; lugar que va a estar presente mañana. Festividad de San
Roque, el gran día "jarrillero", en la memoria de muchos
portugalujos.

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