lunes, 11 de abril de 2011

PORTUGALETE (1922) ENTRE LOS REPORTAJES PERDIDOS DE NATIONAL GEOGRAPHIC


Dani Docampo nos presenta hoy un fragmento del libro España, 1910 a 1937. Los reportajes perdidos de National Geographic Magazine:

En enero de 1922 de la mano de Harry A. McBride, National Geographic dedica un reportaje a Euskadi titulado “La tierra de los vascos”. Al igual que poco tiempo después Roberto Artl, nuestra tierra es calificada como “otro mundo” poniéndonos el sobrenombre de “los yanquis de España”. Acompañadas de numerosas fotografías, en las páginas se describe la vida sencilla e idílica de los vascos con su creciente industria minera, los anguleros, los juegos de pelota, las competiciones de barrenadores, etc. Aunque Bilbao se lleva la mayor parte de la atención, Portugalete ocupa un lugar destacado de la crónica.
Además de hablar del “trasbordador volante”, las visitas del rey y las “carreras de yates”, dedican las líneas siguientes a la “imagen llamativa que componen las sardineras”:

Las sardinas, según la fama local, son mejores que las de Burdeos, y en este caso no me apetece poner en tela de juicio la opinión de los vascos. Una de las imágenes más entrañables y singulares de las poblaciones marítimas vascas es la de las sardineras descalzas, que caminan con una gracia natural infinita por las estrechas callejuelas de piedra, con grandes bandejas cuadradas de madera encima de la cabeza. En las bandejas llevan centenares de sardinas plateadas frescas dispuestas en hileras perfectas y las mujeres gritan:
‒¡Sardinas, sardinas vivas!
Se cuenta en Portugalete que, en una visita de la familia real con motivo de las carreras de yates, había una gran multitud presenciando la llegada de los estimados reyes. De repente alguien gritó:
‒¡Viva el rey!
‒¡Viva! ¡Viva! – repitió la multitud con voz potente.
‒¡Viva la reina! – siguió el que llevaba la voz cantante.
‒¡Viva! ¡Viva! – replicó el grito unánime de mil gargantas.
‒¡Viva España! – sometió el líder a la aprobación general.
‒¡Viva! ¡Viva! – fue la respuesta inmediata
En aquel momento una sardinera dobló la esquina. Su voz tenía el mismo poder de atracción que la del popular animador cuando exclamó: «¡Sardinas, sardinas vivas!» y, sin poder contenerse, la muchedumbre enfervorizada gritó su aprobador: «¡Viva! ¡Viva!».

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