miércoles, 2 de marzo de 2016

MUESTRAS DE RELIGIOSIDAD EN LA POSGUERRA: LA BULA



Con esta vista de Portugalete, hacia 1940, con los destrozos de la guerra todavía evidentes, como el puente Colgante, la casa de la Caja de Ahorros en la Plaza en construcción, el “ferry” de gabarras para cruzar la ría al fondo o la calle Abaro, desde 1938 bautizada como José Antonio Primo de Rivera, en primer plano, encabezamos esta entrada sobre un tema propio del mundo católico, que en la actualidad, en una sociedad minoritariamente religiosa y tan secularizada, es totalmente desconocido para muchos, como es la cuaresma.

Tasio Munárriz nos lo recuerda, ahora que han quedado atrás las fiestas de Carnaval que precedían a esta época austera para los católicos:

Debido a que la Iglesia prohibía a todos los católicos del mundo comer carne todos los viernes del año como un sacrificio y una penitencia pero lo permitía a los católicos españoles si compraban la bula de la Santa Cruzada, muchas familias la adquirían en la parroquia y en las capillas. Así podían comer carne los viernes de todo el año menos en Cuaresma. Esta costumbre era denominada “vigilia”. Los habitantes de la costa comían pescado fresco, que era caro, pero el que no podía pagarlo o vivía en el interior tenía que conformarse con bacalao, como el de Eguino.
El “menú de vigilia” que ofrecían los restaurantes se basaba también en el pescado. José María Salgado contaba que, acompañado por Angel Suárez, iba por los bares “aconsejando” a sus propietarios que retirasen de la barra los pinchos de jamón que ofrecían esos viernes. Puri, la del bar El Metro, escondía el jamón y el chorizo y, si algún cliente pedía uno de esos pinchos, les respondía: “No sé qué ha pasado. Esta noche los han robado unos ladrones”. 
El precio de la bula, a partir de una peseta, dependía de los ingresos económicos de cada familia. Los más pudientes pagaban más, hasta 25 pesetas y los pobres nada. Con bula o sin bula, la
abstinencia de carne los viernes de cuaresma se extendía también al miércoles de ceniza y al viernes santo. En estos dos días se imponía, además, el ayuno, que consistía en alimentarse con solo una comida fuerte en la jornada.
Los católicos que no cumplían estas normas cometían pecado mortal y tenían que cumplir la penitencia correspondiente, que solía ser comprar la bula. No era una limosna voluntaria sino un pago obligatorio para mantener el culto y clero. En concreto, en el extracto de las cuentas de 1940 del Hospital-Asilo figuran 100 pesetas como limosna de las bulas de la Santa Cruzada, dinero que fue a las manos del capellán.
Había también “la bula de difuntos”. Se compraba en la parroquia y se introducía en el féretro antes de ser enterrado. La finalidad de este rito era conseguir la Indulgencia plenaria, el perdón de Dios para los pecados cometidos por el fallecido y así pasar menos tiempo en el purgatorio. Yo no la he conocido pero las personas mayores me afirman que se utilizaba en la villa. Estas bulas desaparecieron en 1966, después del Concilio Vaticano II.

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Bajo estas líneas una foto de numerosos portugalujos, algunos muy conocidos, en aquellos años de posguerra, en lo que en el mundo católico se sigue denominando "ejercicios espirituales".








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