martes, 16 de junio de 2020

GUILLERMO FERNÁNDEZ RUIZ, (1940-2011), ENPORTUGALRTE.COM


La ficha de este portugalujo aparece en la edición de este mes del periódico enportugalete.com.

Pertenece a una saga cuya abuela Marta Beobide aparece ya en el diccionario biográfico portugalujo, como cocinera y referente en la historia de la gastronomía portugaluja, y su padre Luis Fernández, director de la Banda municipal de música sigue siendo todavía muy recordado en la Villa.

Esta ficha nos recoge escuetamente el perfil biográfico de él y de su hermano José Luis “Txelu” que dejó una gran huella en la natación portugaluja.

Aunque sus primeros estudios fueron los de Náutica, su vida profesional se dirigió al mundo de la radio donde alcanzaría gran prestigio en Radio Bilbao, y tras aprobar las oposiciones pasó a TVE convirtiéndose en uno de los precursores de la televisión en el País Vasco.

Como locutor deportivo destacó en la retransmisión de los partidos del Athletic, primero para la radio, siendo seguidor y rival de su hermano Txelu que lo hacía para Radio Nacional, y después para la televisión. Aquí sería especialmente recordado por sus apasionadas narraciones y cubriendo la Exposición Mundial de Montreal de 1967 o el Mundial de Fútbol de Alemania en 1974.

También trabajó como periodista para La Gaceta del Norte, y El Correo, siendo pionero en comunicación municipal al incorporarse al Ayuntamiento de Bilbao en 1968, durante el mandato de Javier Ibarra, poniendo en marcha el departamento de Relaciones Públicas. Fue asesor de protocolo, y dirigió el periódico Bilbao, volcado en transmitir una buena imagen de la ciudad, con nueve alcaldes distintos hasta que con Azkuna, se jubiló en el año 2000.

En su trayectoria profesional fue reconocido con galardones como la Medalla de la Villa de Portugalete, Premio Nacional de TVE, Medalla al Mérito en el Trabajo o la Medalla de Plata al Mérito Deportivo, concedida por la Unión de Periodistas.

Por su parte su hermano mayor José Luis “Txelu” (1934-2016) doctor en Derecho, catedrático de la Facultad de  Económicas, director de RNE en Bilbao y autor de numerosos artículos periodísticos, fue aficionado a la natación, siendo entrenador y presidente durante muchos años de la Deportiva Náutica, alcanzando esta durante su gestión la Medalla al Merito Deportivo. Las fotos inferiores recogen algunos momentos de su trayectoria.


 

 

 

lunes, 15 de junio de 2020

LA MEMORIA HISTÓRICA: LOS NIÑOS DE LA GUERRA. EL RECUERDO DE UN PORTUGALUJO: JESÚS URBINA

Ya hace 8 años con motivo del 75 aniversario de los bombardeos de Portugalete, Tasio Munarriz nos habló de una consecuencia de los mismos como fueron los evacuados y especialmente los niños de la guerra.

Ahora que en el Centro Cultural Santa Clara, Oroituz presenta una exposición sobre esta faceta de nuestra guerra, traemos los recuerdos de uno de aquellos niños Jesús Urbina Santamaría, que se recogieron en el libro Corazón de cartón, de Domingo Eizaguirre (1999).

El extracto de su salida en el Habana y su regreso en 1940 es el siguiente: 

La primera idea que tuve yo de Inglaterra me la dio Laurita Astondoa, hija de aquel famoso calafate de Portugalete. Me dijo que era como un plato lleno de mantequilla. Yo no creía que eso fuera verdad, sobre todo en aquellos días en que faltaba de todo. Arroz había, eso sí, y mi madre lo ponía hasta con puerros. (…)

 Era en la primavera del 37 y todo era hambre, miseria y miedo. Miedo sobre todo a los bombardeos constantes de la aviación franquista, aquellos terribles Junkers alemanes de chapa abarquillada. Aún me parece que los veo acercarse tres o cuatro a un tiempo y el ruido que hacían era algo que no se puede olvidar. La sirena de Altos Hornos nos avisaba de su llegada, a veces tarde cuando ya oíamos el ruido. El desconcierto y el pánico eran inenarrables.

Nuestra escuela de Abatxolo servía de cuartel a un batallón de soldados de la República. Los sótanos se habían habilitado como refugio antiaéreo y la gente corría despavorida hacia ellos cada vez que sonaba la sirena. Resulto ser una ratonera porque los aviones fascistas llegaron a saber que allí había tropas.

Mi amigo Municha y yo preferíamos escondernos entre los matorrales de la colina que llamábamos Campa de Vizcaya. Desde allí, agazapados, los veíamos llegar, casi siempre en dirección Mungia-Leioa. El aeródromo militar republicano estaba en Lamiako. Era un campo tan pequeño que aun hoy, viéndolo tan deteriorado, no puedo explicarme cómo podían operar desde allí los tres o cuatro ratas o chatos, rusos creo, siempre dispuestos a presentar combate a los bombarderos alemanes.

Aquellos combates aéreos nos producían una emoción indescriptible. ¡Ver en acción a la aviadora rusa y, sobre todo, al capitán del Río, el héroe de todos los chavales vascos, que a la tercera o cuarta pirueta, acompañada siempre por el tableteo de las ametralladoras, ponía en fuga a la aviación enemiga! (…)

Menos espectacular, pero más seguro como refugio, era el túnel del ferrocarril en Portugalete. Un día de Abril, bajando a toda prisa las escaleras de La Canilla hacia el túnel, tratando de llegar antes de que los aviones estuvieran encima, me caí y me hice una brecha en la frente.

Tuvieron que darme siete puntos de sutura en el hospital que se había improvisado en una casa del Muelle Nuevo.

Era mayo cuando nuestro padre nos dio la noticia sorprendente: mi hermana Anita y yo íbamos a embarcar en Santurce hacia Inglaterra, ¡hacia la tierra de la mantequilla! Mi madre y mi abuela nos hicieron dos petates de lona blanca. Mi padre les puso las etiquetas. Jesús …, Ana ….

Una tarde nos despedimos de nuestra madre y de la abuela. Relimpios, como dos gatos mojados, salimos andando hacia el muelle. Mi padre nos acompañaba. Cada vez que yo me distraía y rezagaba, él me empujaba suavemente con su paraguas. Supongo que sólo quería vernos libres de tantas penurias, asegurarse de que llegábamos al puerto a tiempo. Pensaría también en sus otros siete hijos, tres en el frente. Recuerdo vagamente el embarque en Santurce, lleno de gritos, casi todos llamando a la madre. Yo tenía nueve años, mi hermana doce.

 Encontrarme de pronto en un barco inmenso, lleno de críos como yo, fue para mí el comienzo de una gran aventura, de otra vida. En cuanto el “Habana” soltó amarras del puerto de Santurce, mi hermana empezó a notar los efectos del mareo y ya no quiso salir más del camarote, donde permanecía echada diciendo que quería volver a casa, que se moría. El barco era una sinfonía de voces lastimeras, ayes y gritos. Yo iba a lo mío, hacer viajes a la cocina y regresar con bocadillos, huevos cocidos y pastel de bizcocho, ¡Jauja…,! mucho de lo cual quedaba intacto en una balda del camarote porque, a pesar de mi insistencia, mi hermana no quería ni olerlo. El caso es que al segundo día de viaje la balda empezó a vaciarse. Mi hermana se recuperaba. La cara del cocinero fue para mí durante muchos años la de Cristo; ¡cómo olvidar a un señor que te entrega los más ricos manjares sin pedir nada a cambio? Treinta y tantos años después volví a verle de portero en una casa de Portugalete.

Al llegar nuestro turno, Ana y yo desembarcamos con nuestros hatillos al hombro. La Inspección de Sanidad inglesa, doctores y enfermeras, nos iba auscultando minuciosamente a medida que bajábamos y nos prendían en la ropa una cinta blanca si nos veían sanos o una roja si creían ver algún amago de enfermedad. A mí me pusieron una cinta blanca. (…)     

 Nuestra partida fue confusa. Chicos con chicos, chicas con chicas, me separaron de mi hermana. Pero en medio de aquel guirigay de gente volví a encontrarla y ya no me solté de ella. Vimos entre aquella masa en movimiento un flamante autobús y, esperando a tomarlo, a la cabeza de una fila de niños a una maestra de Portugalete  que conocíamos. Sin dudarlo nos unimos a su fila. Aquel autobús iba nada menos que a Londres, a la capital de Inglaterra, como nos habían enseñado en Abatxolo. (…)

A mediados de 1939 se repatrió bastante gente de la colonia a España. Yo me fui definitivamente a Londres a vivir con Mrs. Swinden y a mi hermana Anita la enviaron a trabajar en un hotelito de Blackwater que se llamaba “The Old Manor”. También ella tuvo un padrino que le brindó su casa, Mr. Osbome, de Silverdene, Famborough. Mi hermana conservó siempre muy buenos recuerdos de aquella familia.

Aquel mismo año comenzó la segunda guerra mundial y supe que el campo grande de la colonia se había habilitado con barracones del ejército inglés y con cañones antiaéreos. Londres se protegía con la famosa barrera de globos contra la aviación alemana (…)

En enero de 1940 mi padre nos reclamó desde Francia. Me dolió en el alma tener que despedirme de Mrs. Swinden, que había sido para mí una auténtica madre. Cruzamos el Canal en ferry y nos llevaron a París y de allí a Bayona. Mi padre nos acomodó unos días a pensión completa en un bar fonda. No se quién pagaría aquello, posiblemente el Gobierno Vasco en el exilio. Nos trasladamos después a una gran mansión habilitada para refugiados vascos en el distrito de Saint-Etienne: “Le Vigneau”. Viviendo allí mi hermana y yo fue cuando se produjo la invasión alemana de Francia. Mi padre, que trabajaba en Gers, lo dejó todo y se vino más de doscientos kilómetros en bicicleta a buscarnos.

Cruzamos a la buena de Dios la frontera de Irún los tres juntos. Fue el 24 de agosto de 1940. Volvíamos a casa después de tres años de peripecias. Encontré mi casa muy pequeña. Allí nos esperaba nuestra madre y allí había sufrido lo suyo, con sus hijos en el frente o desperdigados por el mundo.

La primera cena que nos dio nuestra madre al volver fue un guisado de carne con patatas como solo ella sabía hacer y de postre ciruelas claudias. Sabe Dios dónde pudo encontrar aquella carne.

De las miserias que se vivieron después sabe, o debería saber, todo el mundo. De aquella época negra, de la posguerra interminable, se podría hablar eternamente. Prefiero acabar


recordando con gratitud a aquella Inglaterra y a su gente que supieron acogernos en un momento tan difícil, que supieron tratarnos como lo que éramos, como a seres humanos, en su tierra de la mantequilla. 

El relato completo, con su estancia en Inglaterra se puede consultar en la Biblioteca Digital Portugaluja, bajo el título DIARIO DEL PORTUGALUJO JESÚS URBINA.



viernes, 12 de junio de 2020

PRIMER CAMPEONATO DEL CANTÁBRICO DE TRAINERAS EN 1943

Esta regata fue muy recordada durante mucho tiempo en la Villa y quedó inmortalizada por las fotografías que recogemos del gran fotógrafo Zorraquin. La prensa llegó a calcular una asistencia de 100.000 personas.

El remo se empezaba a adaptar a las nuevas condiciones de la posguerra y en aquella temporada tras establecerse un primer campeonato del Cantábrico de traineras y haberse celebrado regatas en Santander y San Sebastián el espectáculo llegaba el 25 y 26 de setiembre a aguas de la Ría de la mano de las tripulaciones de Fuenterrabía, Pedreña, Orio, Loyolatarra y Santurce.

Del programa que se publicó entresacamos algunas noticias de la misma.

Serían dos pruebas de 4.630 m. con tres ciabogas, con la salida frente a la escala saliente del Muelle Nuevo frente a la capilla de Santo Tomás donde se situaba la tribuna del jurado.

En la línea de salida existía un cable colgado entre dos postes atravesando la ría con 5 estachas con banderas correspondientes a los colores de las camisetas de las tripulaciones y las balizas en la Dársena y en la Punta del Muelle de Hierro. Las estachas servían para agarrarse los patrones en la salida y como balizas de llegada.

Una vez corrida la primera prueba, no se permitía dar plombagina a las traineras para la segunda prueba, ni hacer modificación alguna en las mismas. Estas tenían fijadas unas determinadas dimensiones en cuanto a eslora máxima (12 m.), manga y dimensiones del puntal y las tripulaciones las componían 13 remeros y el patrón y tres suplentes, que podían tener cualquier profesión u oficio, aunque debían residir en cada localidad o alrededores, Club Deportico, u organización sindical.

Ganó Orio (amarillo) a Fuenterrabía (verde) y por detrás Pedreña (cuero) cerrando la regata Santurce (morado) y Loyolatarra (azul).



jueves, 11 de junio de 2020

LOS PASADIZOS DEL CAMPO DE LA IGLESIA VISITADOS POR JOSE LUIS LANDALUZE


Empezamos esta entrada, antes de pasar a recoger el relato que anunciamos de la existencia de unos pasadizos y cámaras en el Campo de la Iglesia cuya antigüedad se remonta a la Edad Media, recordando que hoy 11 de junio de 2020 faltan dos años exactamente para que la VILLA DE PORTUGALETE celebre sus 700 años de existencia.

José Luis Landaluze, que entonces era dueño de la lonja de la casa nº 26 de la calle Santa María, frente al Campo de la Iglesia, nos narra cómo en Marzo de 1984 al realizar obras de acondicionamiento de dicho local con una entrada por el cantón de la Iglesia y otra por el portal, debió realizar una zapata para afirmar una columna cuya base se encontraba podrida, que soportaba un altillo sobre el que  en su día existieron tres viviendas. Dicho local es hoy en día tienda de repuestos de electrodomésticos RELSA.

Al cavar, el suelo se hundió, dejando a la vista un pasadizo. Con una sencilla linterna bajó al mismo, apreciando que era el inicio de un pasadizo que pasaba bajo la ventana de la fachada que da a la calle Santa María dirigiéndose, más o menos, hacia la torre de la iglesia de Santa María. (Nos realiza un croquis que situándolo sobre la vista aérea de Google, encabeza esta entrada).

El techo del pasadizo estaría, más o menos, a un metro de profundidad del suelo de la lonja y a 1,30 m del suelo del cantón. Estaba revestido totalmente de piedra labrada sirviendo el muro-zapata de la fachada al cantón como muro derecho del mismo, siendo su techo abovedado con unas medidas aproximadas de 1,00 a 1,50 m de ancho y unos 2,50 m de alto.

Recorrió el pasadizo, que entonces (mes de marzo) estaba seco, hallando al de pocos metros una primera sala, también abovedada, con unas dimensiones de 4x4 ó 5x5 m., teniendo a derecha e izquierda unos nichos mortuorios embutidos en las paredes laterales de forma paralela al eje del pasadizo. Este tipo de enterramientos ya se realizaban en Roma en los primeros siglos de la cristiandad en las llamadas catacumbas.

No recuerda, han pasado 36 años, cuantas filas de sarcófagos había, pero cree que al menos dos y que algunos de ellos tenían inscripciones, tal vez góticas, en latín o castellano antiguo.

Continuó el recorrido, llegando a una segunda sala de las mismas características constructivas, pero con dimensiones mayores (7x10 m.), también con nichos en sus muros laterales e igualmente en sentido paralelo al eje de la sala.

Una vez salido de la sala, el pasadizo se bifurcaba. Un brazo seguía, más o menos, hacia la derecha de la torre de la iglesia (hay que comprender la indefinición teniendo en cuenta los medios del informante). Este primer tramo desde la tienda hasta la torre medirá unos 75 m.

Otro pasadizo, giraba más o menos en ángulo recto bajando en dirección hacia la ría y antes de llegar a la altura de la Torre de Salazar halló una nueva sala de las mismas dimensiones y características que la primera, también con sus nichos.

Una vez fuera de la sala, un pasadizo se dirigía hacia la torre de Salazar sin poder precisar si iba hacia el interior o hacia la fachada SO de la torre. Estos dos tramos desde el pasadizo principal medirán 40 m. aproximadamente.

A partir de ahí y coincidiendo más o menos con el muro de contención que soporta las tierras sobre la escaleras que suben de la Puerta de Salazar al Campo de la Iglesia, comenzaba otro túnel descendente tallado en la roca y sin revestir de piedra como los anteriormente citados, por el que bajaba una escalera sin descansillos hasta llegar a un gran charco. Por encima del túnel estarían los “caminillos” que comunicaban el Muelle Viejo con la Puerta de Salazar y el Campo de la Iglesia, hoy en día ocupados por el edificio de la Biblioteca Municipal y el Archivo Histórico. No puede precisar si el agua sería de filtraciones de agua dulce o salada. Estas escaleras medirán unos 25 metros.

Dada la amistad que tenía con la difunta Karmele Goñi, Directora del Museo Vasco de Bilbao, le comentó el hallazgo pero pronto se dio cuenta de que las investigaciones arqueológicas le retrasarían la puesta en marcha del negocio, así que tapó el agujero y realizó en hormigón la zapata y base del pilar.  

El Museo analizó tres catas de distintas vigas de la lonja y según informa, dieron como resultado que databan aproximadamente de 1364.



miércoles, 10 de junio de 2020

LA VIEJA TRADICIÓN ORAL DE LA EXISTENCIA DE PASADIZOS ENTRE LA TORRE DE SALAZAR Y LA IGLESIA

Uno de los grandes misterios que ha tenido la historia de nuestra Villa, ha sido el de la existencia de pasadizos subterráneos que construidos en la Edad Media por la familia Salazar unían su torre con el interior de la iglesia o con el Muelle Viejo.

Tras la destrucción de la torre durante la revolución de octubre de 1934, fueron muchos los niños portugalujos, como se ve en la foto superior, que se adentraron entre sus muros y constataron que existía un agujero por el que los más atrevidos se metían unos cuantos metros. Nuestro difunto amigo Gaizka Arostegui recordaba como en los años 40 había jugado con sus amigos entre los derruidos muros de la torre y cómo desde el interior de la misma bajaban por un túnel o pasadizo estrechísimo hasta el jardín de la 2ª torre de Salazar ocupado hoy por la terraza de un bar.

Este tipo de recuerdos todavía lo tienen algunos portugalujos actuales que relatan como siendo chavales se metían por un agujero que se había desplomado pegante a la pared de la torre y que, según se decía, pertenecía a los pasadizos.

Pero quizás estas leyendas donde mejor reflejadas quedaron fue en la novela “Las cenizas del esplendor. Memorias de la marquesa de Avendaño” (1987) de Antonio Menchaca, persona muy relacionada por parentesco con la familia Salazar e íntimo amigo del portugalujo José Mª de Areilza, que le animó a escribir el libro. En él la protagonista recuerda cómo: “aprovechábamos para jugar al escondite en el sótano, que tenía dos pasadizos subterráneos, uno derecho a casa del cura y Santa María, el otro hacia el río, por el que nos daba miedo bajar más de unos primeros pasos.

Los tíos contaban que lo habían explorado con candiles antes de que se derrumbara la bóveda, encontrando dos salidas, una a este lado de la ría, la otra en la margen derecha; antiguamente bajaban por allí a sus puestos los servidores encargados de echar la cadena sobre las aguas para impedir el paso a los navíos que se resistían a pagarnos el tributo. Eso sí sería emocionante, pensábamos, sin atrevernos a perforar la oscuridad.”. 

En la actualidad disponemos también de la declaración de un portugalujo que describe con todo tipo de detalles el recorrido que hizo por dichos pasadizos en 1984 y que mañana recogeremos aquí.

 

 

 


martes, 9 de junio de 2020

UN PORTUGALUJO, VALENTIN LLANOS, EN LA ODISEA DEL LEGENDARIO WINNIPEG, "EL BARCO DE LA ESPERANZA", DE PABLO NERUDA


En setiembre del año pasado en Chile celebraron, con la presencia de la ministra española de justicia, el 80 aniversario de la famosa odisea del legendario WINNIPEG, el Barco de la Esperanza, que trasladó a dicho país a más de 2000 refugiados republicanos españoles, el mayor contingente de pasajeros de toda la historia del exilio tras la guerra. Su aventura ha sido recordada en numerosas publicaciones, películas o libros de autores tan conocidos como Isabel Allende (Largo pétalo de mar), sin olvidar los recuerdos del mismo de su promotor el poeta Pablo Neruda.

Karla Llanos nos ha recordado que en dicha odisea participó un portugalujo, su tío Valentín Llanos Sierra, cuya historia es la siguiente:

En febrero de 1939, se abrieron negociaciones dirigidas por el poeta Pablo Neruda cónsul chileno en Francia para trasladar a Chile, donde se les concedería asilo político, a miles de españoles refugiados en campos de concentración del sur de Francia en condiciones de hacinamiento. Pasó previamente por Buenos Aires, Rosario y Montevideo, conde consiguió que organismos solidarios argentinos y uruguayos participaran en el financiamiento de esta empresa migratoria.

La misión era muy complicada pues se trataba de organizar el viaje en el menor tiempo posible, puesto que ya se vislumbraba en el horizonte el fantasma de la II Guerra Mundial

El traslado se efectuaría en el barco WINNIPEG, un viejo carguero de bandera francesa de alrededor 5.000 toneladas que transportaba mercancías desde África a Francia. No solía llevar a más de 70 personas, por lo que tuvieron que acondicionar sus bodegas para poder dar cobijo a los 2.078 refugiados.

El grupo más numeroso estaba formado por unos 500 catalanes, seguido por unos 200 vascos, la mayoría de estos últimos provenientes del campo de concentración de Gurs. Neruda seleccionó los pasajeros y respetó la petición del gobierno de llevar campesinos,  trabajadores cualificados y profesionales, además de intelectuales, que aportaran a este país en crecimiento, el cual había sufrido uno de los mayores terremotos de su historia unos meses antes.

En sus memorias “Confieso que he vivido” Neruda lo recordaba como “Misión de amor”, su mejor poema:

De más lejos, de campos de prisiones, al navío en el mar,

a la esperanza acudieron llamados uno a uno por mí, desde sus cárceles,

de Francia tambaleante por mi boca llamados acudieron,

se iba poblando el barco que partía a mi patria…

Zarpó del puerto fluvial de Pauillac el 4 de agosto de 1939. El viaje duró 30 días, y los últimos días de navegación los hizo cerca de la costa y a oscuras, por temor a sufrir atentados de submarinos alemanes.

Durante esos 30 días de travesía, los refugiados se organizaron para ayudar a la tripulación del barco a preparar las comidas, limpiar los baños o encargarse de la enfermería, espacio que fue testigo del nacimiento de dos criaturas. Por su parte los vascos como se ve en una fotografía crearon su coro para animar la travesía.

El día 26 de agosto el barco atracó en Arica, en donde descendieron un grupo de pasajeros que se instalaron en dicha ciudad del norte de Chile y el 2 de septiembre, lo hizo en el puerto de Valparaíso para desembarcar a la mañana siguiente recibidos por autoridades civiles como el entonces ministro de salud Salvador Allende, y Pablo Neruda, militares, dirigentes políticos, de sindicatos, estudiantiles, y numeroso público, que entonaban canciones republicanas para recibirlos.

De este contingente, un grupo subió a un tren directamente para la Argentina, otro grupo mayoritario viajó en tren a Santiago y alrededor de 600 se quedaron en la ciudad de Valparaíso, sobre todo aquellos con oficios relacionados con el mar, como pescadores, marinos, patrones de cabotaje, etc.

Valentín fue uno de los que se quedaron en Valparaíso, la misma ciudad en cuya bahía falleció el 12 de junio de 1942 a causa de una “contusión cerebral seguida de asfixia por inmersión” como consta en el documento Autorización de sepultación, seguramente mientras se encontraba sumergido a causa de algún trabajo que realizaba como buzo en el puerto de Valparaíso.

La muerte le sobrevino cuando todavía ni siquiera se habían cumplido 3 años desde que llegó a Chile. Fue sepultado el día 13 de junio de 1942 en el Mausoleo de la Sociedad Española de Beneficencia del Cementerio nº 2 de Playa Ancha (Valparaíso).

 


 


lunes, 8 de junio de 2020

JORGE SAVIN FERNÁNDEZ (1914-1973). EMINENTE MÉDICO GINECÓLOGO


Estamos ante un médico que destacó en el campo de la cirugía ginecológica, y si muchos portugalujos le recuerdan por su clínica del Ojillo, compañeros que trabajaron con él tanto en la sanidad pública, en Portugalete como el Dr. Ángel Alday o los que lo hicieron en Libia, le consideraron una verdadera eminencia en el quirófano.

Había nacido en Gallarta y como muchos otros portugalujos “bajaron del monte” para establecerse en la Villa. Su abuelo, un ingeniero de minas italiano, Antoni Savinni, había venido a trabajar aquí donde casado con una joven vascofrancesa, creó la familia Savin o Sabin, según el gusto de cada descendiente. Y su padre Federico Savin Echevarne (1885-1968) casado con Ángeles Fernández García (1888-1979) nacida en Santurce, se preocupó de que su hijo pudiera seguir su vocación por la medicina enviándole a estudiar a Valladolid.

Jorge destacó ya en sus estudios de medicina con notas muy brillantes y fue allí donde le sorprendió el estallido de la guerra civil, siendo incorporado a los servicios médicos de batallón de requetés Tercio de Begoña donde fue herido en el pecho por la metralla de una bomba.

Quizás al ser hospitalizado en el Hospital de San Juan Bautista conoció a la que luego sería su mujer Guadalupe Barroso González de Durana (1917-1995) que prestaba servicios de enfermera. Hija de Rodrigo Barroso Tuduri con tienda de zapatos en la calle del Medio y luego otras de tejidos, había nacido en La Arboleda poco antes de que la familia se trasladase a la Villa. En el recuerdo familiar quedó el hecho de que en los primeros años del siglo Dolores Ibarruri “La Pasionaria” estuviera sirviendo en su casa.

Tras casarse, ya con el título de médico, estableció en 1942 su consulta de MEDICO TOCOLOGO, en su domicilio de la calle San Roque nº2.

En estos años 40, teniendo como comadrona a la popular Josefa Arostegui, ayudó también a venir al mundo a muchos portugalujos. Al margen de sus fuertes convicciones religiosas, ayudando a muchos de sus pacientes que no disponían de medios, pronto destacó por ser un gran profesional.

Tras los primeros años de consulta en su citado domicilio, la trasladó al muelle Nuevo, a la casa que tenía su compañero José Mª de Iturriaga que ejerciendo en Sestao vivía en el chalet Villa San José del Ojillo con su madre, y quien a finales de 1949 al jubilarse quiso volver a vivir al Muelle, pasando Savin al Ojillo donde viviría con su familia y establecería su Clínica de Maternidad.

En 1950 obtuvo por concurso la plaza de facultativo especialista del Seguro Obligatorio de Enfermedad en la especialidad de ginecología y al inaugurarse el Hospital de Cruces prestaría allí sus servicios. Igualmente fue jefe del hospital de maternidad de Castro.

Su vocación de ayuda a todo el mundo, sobre todo a los más necesitados, hizo que junto con su amigo Angel Alday y el pediatra Zubimendi, promovieran la creación en Ortuella de lo que empezó siendo Dispensario antituberculoso, el primer centro de salud de la localidad. Allí se volcaron de manera altruista, sin cobrar nada a cambio, en atender a la gente más humilde de la zona minera.

Tras su etapa en la Clínica del Ojillo, cuyo último parto que asistió fue en 1964 con Mª Carmen Mendizabal esposa de su compañero Angel Alday, su vida dio un cambio total dedicando su experiencia a salvar vidas en uno de los países africanos con el sistema de salud más atrasado como fue el entonces reino de Libia, donde no tenían ni un solo médico de origen libio.

Allí luchando contra una cultura atrasada y en ocasiones inhumana, comenzó en la Clínica INAS realizando un trabajo serio. Enseguida destacó en su entorno profesional siendo nombrado director del Hospital Central de Tripoli, teniendo a su cargo médicos egipcios, yugoslavos y españoles.

En aquel cargo, con su prestigio profesional, sus conocimientos de idiomas, árabe, inglés e italiano y su personalidad humana, se relacionó con las primeras autoridades del país (en una carta a su hija les hablaba del rey como muy amable aunque enfermo), que le concedieron la nacionalidad libia obligándole a profesar el islam, un verdadero castigo para un hombre católico como él, devoto de la virgen de Begoña, de rezo diario del rosario, obligado a no poder entrar en la iglesia y a hacer el ramadán en el trabajo. Aceptó la situación recordando lo que le decía su madre: “Un hombre debe saber sufrir en silencio”.

En 1969 se produjo la revolución militar de Gadafi, con fuerte represión y expulsión de los numerosos extranjeros que había en el país, manteniéndole a él al frente de la sanidad como base para establecer un eficiente sistema de salud público y gratuito.

Ya para entonces había empezado a sufrir problemas de salud que paulatinamente fueron a más y a pesar de que era consciente de que debía dejar de trabajar, lo siguió haciendo hasta que al final ya era tarde.

En 1973 fue trasladado en un avión oficial a Madrid, al actual Hospital Marañón, donde le atendió el Dr. Salas que había sido compañero suyo en Tripoli, ingresando casi en coma. Consciente de su situación les anunció muy bajito, en italiano, “domani muoro” y al día siguiente murió. Tenía 59 años.

 Mi agradecimiento por la información y fotografías

  a Pedro Llinares,  Mª Angeles Savin y a Jesús Colet