sábado, 28 de mayo de 2016

EL RELATO DEL FIN DE SEMANA: AIRES DE PORTUGALETE



En distintas ocasiones, portugalujos tanto residentes aquí como en otra parte de la península o al otro lado del Atlántico (recuerdo el caso de nuestro amigo Fran, del Ganerantz) nos han enviado escritos de diversa extensión y temática por si pudieran ser de nuestro interés.
Normalmente no les hemos encontrado encaje en el formato de nuestro blog, pero por otro lado, el tratarse de portugalujos que nos siguen desde lejos creemos que bien se merecen nuestra atención, así que vamos a estudiar para darlos a conocer.
De momento para aquellos relatos cortos que se pueden leer de un tirón en una entrada de este blog, les abriremos el apartado del FIN DE SEMANA como hemos encabezado esta entrada.
Empezamos hoy con estas líneas que nos envía Martín U. Landa, a las que hemos ilustrado con tres personajes que él cita: Pruden el colchonero del Ojillo, Felipe Llorca, el practicante, y Martina vareando la lana de los colchones:

¿A qué huele Portugalete?
Gran pregunta que me hacía un par de semanas atrás, bajando por la calle de Enmedio, después de recorrer El Ojillo, mi Ojillo, viendo las novedades.
Creo que aquí, falta algo. Ahora, Portu, no tiene los aromas de que poseía en mi infancia, olores recordados y, si dormidos a veces, jamás olvidados, pero que, en el paseo por los parajes de mi tiempo en la chiquillería, despiertan y vuelven, saludan y se quedan un rato conmigo, husmeo su esencia y su presencia, llaman a otros recuerdos, otras fragancias, otros efluvios, otros vapores,... y el placer es imparable. Cuando llega.
Ayer, oculto ya el sol, su luz se apaga en la tarde, oscurece, las nubes engordan semejando gigantescos algodones, destella el relámpago, suena el trueno, primeras gotas de lluvia de tormenta,... ¡huele a tierra mojada!,  ese era un  aviso para correr a casa antes de quedar empapado.
Se sostiene el aroma a ozono, es muy agradable,... mmmm!!.  Es uno de mis primeros recuerdos. Pero no dura mucho, no; la vida moderna no da para esos excesos hedonistas  y solitarios.
Vuelven a mi vivencia las campas de verdes pastos de Bautista, las huertas de Pablo y de Martin, los prados de Repélega y de Los Hoyos, de la  campa de "El Gordo", escenario de grandes partidos de  fútbol,... en los primeros años sesenta.
Y de más lugares, que, por asociación memorística, vienen a decirme dónde estuve y me recuerdan los días de mi infancia y adolescencia.
A saber: si abro la puerta de La Exquisita (ya no está), junto al cine Ideal, el "Revi", se podía notar, en una aspiración, el alma de las especias y semillas exóticas utilizadas en sus elaboraciones. Ah! sus mostachones, mmmm!!, exquisitos. Y cómo olvidar, los olores a pan recién hecho que emanaban de la panadería de Garaizábal, frente a la escuela de Zubeldia, sin dejar de lado los resultados de la siega en la citada campa de El Gordo ó en las de El Pasiego: efluvios bien dignos de formar parte de un perfume masculino.
Un olor peculiar es el que se nota desde la puerta en la carnicería de Gárate -así huele la buena carne-, tan peculiar como el ambiente de "El Metro" -ah! Puri, Conchi, Justo- y sus pintxos "de todo", pero no me puedo olvidar de sus aceitunas negras: nunca las he encontrado con sabor igual.
Si alguien de la villa olvida los olores que vienen de la cocina de "El Siglo", le retiramos el saludo,  y si, además, no reconoce el olor a motor de gasolino que se percibe en "la fábrica de tubos”, sobre el embarcadero de El pasaje, le quitamos el carnet de portugalujo.
Hay dos lugares: el astillero de los Astondoa y la colchonería de Eulogio, luego de Pruden, donde, los niños no éramos espantados y en un ratito, aprendíamos, sin preguntar, que cada madera tiene su aroma identificador, del mismo modo que el vino de las barricas de Acha.
Y ¿quién de nosotros no recuerda los olores en el muelle durante el cebado de los palangres de Nisio? Eran los mismos que respirábamos en las escaleras del paseo de “La Punta”, las que dan a la dársena de Peñota, mientras teníamos echado el retel para nécoras...  que algunos venderían después a cocineros locales para engrosar un poco la "paga" semanal.
Un aroma humilde, a buen aceite, que sigue en mi memoria, es el que emitían las churrerías del Muelle Viejo, una a cada lado de las escaleras que dan a la plaza. Y mira que en Madrid presumen de que sus churros y sus porras son mejores. Ya, por aquí.
A estas alturas, me parece que quedamos pocos que puedan recordar el aroma a húmedo en el vestuario del campo de San Roque. El mismo que se apreciaba en el “Callejón del  muerto” y en las escaleras de la bajada del campo de la iglesia a la estación.
Quizá alguno más, hayamos retenido en la memoria el olor a éter en el Cuarto de Socorro, donde Felipe Llorca. Años después echo de menos, los aromas en las zapaterías de la calle de Enmedio.
Hay algo que no termino de encontrar, debo de estar yendo a la caducidad. Creo que en Portu hubo algunos eucaliptus y recuerdo el aroma de sus vahos, pero no consigo situarlos; quizá en la campa de la ermita, ó ¿ésos eran plátanos?, ó acaso en la explanada, ante el lavadero de Zubeldia.
Me vais a perdonar por dejar lo más íntimo para el final: a) los olores de la lana de los colchones que vareaba mi abuela Martina y b) el aroma de las chinchortas que traía a casa. Tantos años después... no sé dónde las adquiría.
Quizá el error está en la pregunta del inicio: es lo más parecido a preguntarme por el olor de  las nubes en Portugalete, por el tacto de las paredes, por el sabor,…
¿El sabor?,… no, los sabores de Portugalete merecen un tratamiento, que, aunque sea de lejos, 560 km., y pasados 40 años, recibirán un próximo repaso.

Un abrazo a todos:


Martintxu

2 comentarios:

  1. Entrañable relato de aquel Portugalete que se fue. Martintxu, para refrescarte la memoria con el olor de los eucaliptos, date un paseo virtual por la finca del castillo de Chávarri, la finca de la casa de Chapa, en la chabola de Txuli (Landaberri), en Zomillo, en la finca de Goytia junto a la ermita de San Roque, en el campo de La Florida, en Abaro (Salto), en la bajada a Galindo desde Rivas (todavía sobreviven), en la huerta de las monjas de Santa Clara junto a la tapia de la Calle Nueva, también hubo dos hermosos en el andén de la estación de la Plaza.....
    Jose Luis Garaizabal

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