sábado, 23 de abril de 2022

RELATOS DEL FIN DE SEMANA: EL BOXEO EN EL FRONTÓN LA ESTRELLA

  


Fragmento de uno de los capítulos de la novela EL CAIMAN EN SU LABERINTO, titulado EL CORTA, de Alberto López, recogido de su facebook:

Entre los recuerdos del pueblo que, con especial cariño solía narrar el Corta, se encontraban los que se referían al frontón La Estrella desaparecido en 1965, donde los domingos se organizaban, inolvidables matinales de boxeo, a las que iba acompañando a su padre gran aficionado al deporte de las doce cuerdas. Yo también fui a algunas de aquellas matinales, acompañando a mi primo Edu, que había comenzado a hacer guantes en un gimnasio de Baracaldo.

En aquella época el boxeo era un deporte que estaba en auge. Había gimnasios en muchos pueblos y barrios de la Margen Izquierda, donde acudían muchos jóvenes, hasta el punto que, en el mundillo del box, se le llamaba el Bronx. Incluso en Portugalete, en el estupendo edificio del batzoki de la calle Nueva (a mediados de los 60 comenzó a llamarse la Cuesta de las Maderas, probablemente porque se asentaron allí varias carpinterías) que el nuevo Régimen había incautado tras la guerra, para concentrar en él sus distintas organizaciones sociales y al que rebautizó con el nombre de Casa de España, la OJE abrió un gimnasio, para atraer a los chavales con la disculpa de hacer guantes.

En sus comienzos, en Inglaterra, el boxeo era un deporte de caballeros. De allí llegó a la Ría en los barcos de carbón, junto con el fútbol. En aquellos años era un deporte popular, de gente humilde y obreros. Pero con la democracia, llegaron con sus prejuicios las clases medias, este país se fue haciendo europeo y lo de hacer guantes (ellos lo llamaban pegarse) comenzó a resultar socialmente incorrecto. No entendieron que el boxeo era bastante más que eso. En los gimnasios, los chavales se formaban haciendo deporte, había un gran compañerismo y los alejaba de las calles. Hoy es un deporte que languidece.

Desde los humildes graderíos corridos de madera del frontón la Estrella, y de aquel ring de andar por casa, montado sobre la cancha con un precario armazón de madera, se aficionó al deporte de las doce cuerdas. Su padre le enseñó lo que era un jab, un uppercut, un crochet, un swing o el clinch, palabras de una sonoridad exótica, que ya nunca olvidaría. Y comenzó a asistir a un gimnasio que regentaba un viejo campeón de España de los medios, y a hacer guantes con otros muchachos, mostrando un cierto estilo y una buena pegada, hasta el punto que llegó a disputar algunos combates como aficionado en el peso pluma.

Por La Estrella pasaron, el elegante púgil canario Tony Falcón que, se quedó a vivir en un barrio obrero de la Ría, el bravo Romaniega de Gallarta, que se zafaba aguantando lo indecible a la espera de colocar su golpe definitivo en busca del knockout, el bilbaíno Senín, que tenía una gran clase y estuvo en los juegos olímpicos, Beraza, el ídolo de Erandio, un púgil bronco que se pasó después a la lucha libre, el tinerfeño Sombrita, el sin par Fred Galiana, campeón en tres categorías nacionales y en una europea, que en La Estrella puso el título nacional en juego frente Romaniega, Madrazo el boxeador bilbaíno de las Cortes, el barrio de las putas, campeón de España de los súper ligeros y medios, un púgil elegante con un gran juego de piernas que hacía un boxeo muy bonito, parecido al de Luís Aisa, otro habitual de La Estrella, también campeón nacional en la categoría pluma, ambos con poca pegada pero verdaderos estilistas del jab y elegantes poetas del ring.

Luis Aisa, que era aragonés, había sido campeón de España de los pesos pluma aficionados en 1962, año en que debutó como profesional. Llegó a Portugalete con veintitrés años para celebrar unos combates por el norte, se casó con la hermana de su preparador, tuvo tres hijos y se radicó en la villa. Se proclamó campeón de España del peso pluma en 1964, en el campo de futbol de Las Llanas de Sestao. Después disputó el título europeo, y ganó a los puntos, pero inexplicablemente los jueces se tiraron para atrás y declararon vencedor a su contrincante. Como no tenía padrinos y no se dejaba comprar, no pudo contra los manejos sucios del mundo del boxeo. Pero nunca, ni dentro ni fuera del ring lo dejaron fuera de combate. Acabaría regentando el bar familiar de su mujer en la calle Santa María. Le apodaban, no sé porque, Guay. Era un bar con fotos de combates famosos y carteles de inolvidables veladas. Allí tenía Aisa colgados cuadros con las características fotos de boxeador en guardia, algunos carteles de sus combates, la del campeonato de La Llanas y otros recortes de prensa. Había también una bandera roja y una ikurriña, un poster del Che, otra de la Pasionaria y algunas con diputados y políticos comunistas que, venían de Madrid para algún acto político, y los dirigentes locales los pasaban por el bar de Aisa donde se fotografiaban con el ex boxeador. Y es que Aisa era un boxeador comunista, que no ocultaba su ideología, lo que, en aquellos años, no le beneficiaba en nada para su carrera en el ring.

A su tertulia y a tomar unos txikitos, acudían a diario los muchos aficionados que por entonces tenía el boxeo en la villa. El bar se llamaba “El Oro del Ring”, no sé si por la conquista de algún trofeo o medalla de oro, o porque Aisa era en el fondo un púgil wagneriano. Fue una pena que aquel bar no se conservara como museo, formando parte de la pequeña historia local, pero ya he dicho que los tiempos que vinieron después, no fueron muy propicios para este deporte.

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