sábado, 3 de diciembre de 2016

EL RELATO DEL FIN DE SEMANA: LA TROMPA



Ayer, en un comercio local, vi un bailarín de esos. Pequeña, para lo que yo usaba hace cincuenta años, pero ha puesto un ON en mi disco duro craneal.
Era nueva, ó sea: tenía la coronilla roja, cosa que, decían los chicos mayores, desequilibra el giro según nuestro modo de bailarlas. Hay otras formas, mas lo aprendido de joven, perdura.
Pues, bien, hoy he vuelto y la he comprado. Meterla en mi bolsillo, ha sido una gran sacrificio. La madera nueva pedía "guerra", o sea actividad, y no he discutido con ella.
Me he venido a casa, le he cortado la coronilla, he puesto una moneda de dos reales -todavía tengo-, en el final del cordel y he salido al muelle.
Es día de escuela, eran más de las once, casi mediodía, lo que significa que no había niños a quienes enseñar y ante quienes presumir. Pero ha sido maravilloso compartir el arte y el recuerdo.
Día soleado y, en menos de dos minutos, el baile de la trompa era contemplado por una decena de abueletes entre paseantes y pescadores recién desembarcados tras el final de la jornada faenando.
Y las caras, ah!,... los semblantes y mohines expresaban recuerdo, envidia,… y la sonrisa, a boca cerrada, era de auténtica felicidad.
Eran otros niños conmigo, a pesar del pantalón mahón, de las arrugas, de las canas y de la barba sin afeitar. 
No sé si os habéis fijado en que, desde hace mucho tiempo, no se ven niños en las calles bailándolas. Y no he encontrado otro quehacer que compartir el artilugio con ellos. Años, si, hasta para regalar, pero el arte del baile de la trompa, no lo hemos olvidado, no. Como nadar o andar en bici.
Tras diversas tiradas, en un pequeño paréntesis que he aprovechado y he ofrecido la trompa al, aparentemente, mayor de todos. Y ha aceptado. He oído palmas, casi aplausos, y frases de ánimo. Le conocían.
Se ha hecho el silencio mientras el señor ha enrollado la cuerda. Ha tomado un segundo para calcular el tiro y ha lanzado la trompa hacia arriba. Al caer, la ha recogido con agilidad en la palma de la
mano extendida, donde ha seguido girando unos segundos, sin tocar el suelo. Los ¡bien! y las palmas sonando, han dejado de ser suaves para ser clamorosos.
Tras eso, nos hemos fundido en un corro relatando nuestras propias experiencias con la madera giratoria.
Y les he hablado de jugar las perras gordas sacadas del corro a golpe del cuerpo de la trompa o del eje, siempre que gire, o un juego similar consistente en chocar la trompa propia contra otra trompa, propiedad de alguno de los jugadores del grupo, el que la tiraba peor en la tanda de inicio, que se ponía en el centro del círculo. Eso era válido mientras la trompa del tirador girara después del choque. Son juegos que ellos también habían practicado.
Hemos recordado los lugares. En mi caso, el corto tramo llano poco más arriba de la Clínica de Savín, donde, en los primeros sesenta, ya era posible jugar sin que la trompa se enfilara cuesta abajo por El Ojillo, cuyo asfaltado, desde el Cristo hasta la ermita blanca de San Roque, era reciente.
No he olvidado hablarles de los "Trompalaris de Urioste", que llegaron a salir en el Estudio Abierto de Íñigo, cosa que, algunos, recordaba con agrado.   
La trompa, es un juguete muy antiguo: en Grecia y Roma los niños ya jugaban con ellas. Platón hace alusión y Catón, el censor, ya las describe como juego sin violencia y educativo.
Tener una trompa bien pintada y libre de marcas de golpes era un orgullo. Y, en el Portu que yo recuerdo, eso, era muy valorado.


MARTINTXU

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