martes, 6 de diciembre de 2016

EL TXISTULARI LUIS LOPEZ DE VERGARA Y LAS ALBORADAS EN LA VILLA



Recordando a los txistularis portugalujos, nos encontramos con que tras pedir el retiro por motivos de edad Benito Ocariz en 1930, es Luis López de Vergara, quien figuraba ya en 1931 en la nómina del Ayuntamiento como empleado municipal desempeñando el cargo de txistulari 1º, acompañado de Benjamín Hernández como atabalero.
La foto superior no muestra a Vergara en la portada de la revista Txistulari y acompañando a Benito Ocariz, vestidos de gala.
Un escrito de Vergara nos sirve para tener noticias de las “alboradas” en la Villa, de la que nos habló hace tiempo el difunto Celes Vergara.
Lo hemos encontrado en el Archivo Histórico Municipal y se trata de una denuncia que hizo ante el alcalde, en 1933, por la que nos enteramos de que la existencia de “alboradas” matutinas en las fiestas patronales eran a cargo exclusivo de los txistularis municipales.
En su exposición decía que en la Villa al igual que “era costumbre en todo el país, en los días de fiestas titulares de cada pueblo, el txistulari municipal era el encargado de hacer las alboradas al vecindario”.
En este recorrido musical por las calles del pueblo a primera hora de la mañana, prestaban una especial dedicación a determinadas casas de gente importante portugaluja, tanto por su posición social, política o económica. Estas familias que valoraban mucho el aspecto de distinción que representaba tenían habitualmente con ellos un detalle que se acompañaba con dinero.
El que las alboradas solo las diesen los txistularis municipales, según Vergara, se debía a “ser esta costumbre una práctica establecida como complemento al escaso sueldo que los tamborileros reciben por sus servicios de todos los municipios; y tanto es así que son muchos los Ayuntamientos que tienen reglamentada esta práctica de las alboradas en los contratos de servicios y reglamentado también la percepción proporcional cuando son en la banda municipal dos o más los tamborileros municipales que dan las alboradas”.
El sueldo Vergara era de 750 ptas al año, por 360 de su atabalero, cuando el organista Pedro Lizarraga cobraba 1.600 ptas o un guardia municipal, 2.840 ptas.
La citada denuncia se debía a que el día de San Roque, Vergara había sorprendido a otro txistulari de la banda de Música, Ignacio Aguirregabiria, dando también alboradas, con lo cual él consideraba “atropellados sus derechos morales, ya que no existen escritos” y para evitar que esto fuera un “caso inicial de futuros abusos”. El alcalde decretó que no se permitiera tocar alboradas a nadie que no fuera el “tamborilero municipal”.

Estas “alboradas” que en la práctica son sinónimos de “dianas”, no tenían nada que ver con la tradicional diana de los programas festivos donde encontramos a “la Banda de Música con alegres dianas” (en 1931), “diana por los tamborileros” (1932), o “pasacalles por la banda de tamborileros con cabezudos” (en 1934 y 1935), y que indudablemente tenían reminiscencias militares de cuando éstos estaban acuartelados en la Villa.


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Tras pasar esta noticia a Portugaleteko Txistu Zaleak, Jon Iñaki nos indica: Los txistularis nunca hemos tocado marchas militares al amanecer para que la tropa abandone la cama. Hemos tocado y tocamos marchas al amanecer como pasacalles para dar un carácter festivo al despertar de los convecinos.
Por su parte José Ignacio Ansorena nos dice: Hablas de la diferencia entre dianas y alboradas. Es cierto que en español, diccionario de la RAE, en algunas de sus acepciones son términos sinónimos. Y en la música en general también. Pero entre txistularis la palabra alborada tenía una acepción concreta, algo distinta.
Se trataba de la serenata que en un día señalado para determinadas personas notables de la localidad (su onomástica en general, pero también la boda de una hija, el agasajo a un invitado excepcional...) ofrecían los tamborileros en el portal o bajo el balcón de la casa. Y en estos casos, el nexo con el horario matutino desaparecía. Es decir, lo habitual es que se realizarán en las sobremesas. Los txistularis se acercaban a la casa, interpretaban sus piezas y eran agasajados con café, copa y puro, o con dulces, además de una suculenta propina.
Hasta tal punto era esto así, que los ayuntamientos en los contratos de los tamborileros municipales tenían reglamentado este aspecto. Hasta el tanto por ciento que del dinero recaudado se llevaba cada miembro del grupo (primero el que más, el atabalero el que menos), para evitar discusiones que llegaron a ser frecuentes. En San Sebastián esta costumbre se ha mantenido hasta el año 1965 aproximadamente. Los nuevos txistularis seguimos llevando a cabo tan solo para familiares y amigos, o por alguna petición especial, pero nunca a cambio de dinero. Sin embargo, hasta esas fechas aproximadamente era práctica habitual y sus ingresos constituían una parte importante del sueldo del txistulari. Algo así como las propinas de los camareros actuales. Y desde luego en Portugalete, como en todas partes los txistularis las interpretaban.

Todavía hoy en día muchas personas me recuerdan que en su infancia los txistularis iban a su casa a dar la alborada por el santo de su madre o su padre. Los días de San Ignacio, Santo Tomás, San José  y otros santos de mucha aceptación, Isidro Ansorena y su banda solían usar un taxi para ir de uno a otro lugar, pues no daban abasto, lo que también da idea del volumen económico que se barajaba. Sobre esta actividad hay anécdotas muy graciosas. En la revista Txistulari  número 149, en la página 48 tenéis una de ellas.




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